Carregant...
Los hijos en el adiós

Cabré Junqueras

Los niños y los funerales: un tabú que se desvanece

Incluir a los niños en los rituales de despedida puede ayudarles a comprender la muerte y a elaborar el duelo de manera sana: Cabré Junqueras invita a esta reflexión

La muerte es un tema que, tradicionalmente, se ha mantenido alejado del mundo infantil. Durante años, la idea de que los funerales no eran lugar para los niños se ha repetido como una norma no escrita. Sin embargo, cada vez más familias y profesionales del duelo cuestionan esta creencia y reivindican la importancia de incluir a los niños en los rituales de despedida. El funeral, sostiene la psicología, no es únicamente un acto social: es un espacio para dar sentido, simbolizar la pérdida y empezar a elaborar el duelo.

La pregunta, pero, continúa siendo la misma: ¿cuándo y por qué es adecuado que los niños vayan a un funeral? La respuesta no es universal, pero hay algunos puntos clave. En primer lugar, hay que tener en cuenta la edad y el grado de comprensión. La muerte puede explicarse a partir de los tres o cuatro años con un lenguaje sencillo y concreto: la persona ya no vuelve, el cuerpo deja de funcionar, y esto forma parte de la vida. Ocultar el concepto o endulzarlo con metáforas puede generar más confusión que protección.

En segundo lugar, hay que ofrecer libertad de decisión. No todos los niños viven la despedida de la misma manera y es legítimo que un niño no quiera asistir. La clave es informarles de qué pasará: que habrá gente triste, que quizás alguien llorará, que el cuerpo puede estar presente o no, y que cada uno expresa las emociones a su manera. Esta anticipación evita el impacto emocional inesperado y les da herramientas para sostener la escena.

Los expertos coinciden en que participar en un funeral puede tener beneficios. Permite entender la muerte como una realidad compartida y no como un tabú; da permiso para expresar emociones y hace visible que el dolor forma parte del vínculo. También ayuda a evitar que los niños se sientan excluidos de lo que está pasando y construyan fantasías propias —a menudo más duras que la realidad—. Además, los rituales sirven de anclaje: encender una vela, llevar un dibujo o decir unas palabras puede ser una manera amable de despedirse.

Aun así, también hay que tener cuidado de no forzar la situación. Si el vínculo con la persona fallecida era lejano o reciente, si el momento es demasiado intenso o si el niño muestra un miedo persistente, se puede plantear un ritual alternativo: visitar un lugar significativo, mirar fotografías o escribir una carta.

El dolor, como la vida, también se educa. Incluir a los niños en los funerales no es exponerlos al sufrimiento, sino darles herramientas para comprenderlo, transitarlo e integrarlo con naturalidad. Y quizás, en el futuro, agradecerán no haber sido apartados de esta primera despedida.