El 10 de febrero se celebra el Día Internacional de las Legumbres, una cita instaurada por las Naciones Unidas para concienciar sobre los beneficios nutricionales de este alimento milenario y sobre su papel clave en una alimentación sostenible y accesible. Si bien las legumbres nunca han desaparecido de nuestra dieta, la ciencia de la nutrición y las políticas de salud pública han recuperado en los últimos años un mensaje claro: hay que comer más y más a menudo.
Las legumbres —garbanzos, lentejas, judías, guisantes, alubias o habas, entre muchos otros— destacan por un perfil nutricional que hoy todo el mundo reconoce como ejemplar. Son ricas en proteínas vegetales, aportan carbohidratos complejos, son bajas en grasas, no tienen colesterol, aportan fibra, hierro, potasio y folatos, y presentan un índice glucémico bajo. Todo ello las hace especialmente adecuadas para la prevención y control de la diabetes, la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares y la obesidad. A la vez, su alto contenido en fibra favorece el bienestar intestinal, la microbiota y la sensación de saciedad, un elemento relevante en un contexto de aumento del sobrepeso a escala global. Por ello nutricionistas y organismos internacionales coinciden en recomendar consumir legumbres entre 3 y 4 veces por semana, como mínimo. A pesar de todo, el consumo real aún queda lejos de esta recomendación.
Economía, conservación y versatilidad
Uno de los grandes factores que explican el éxito universal de las legumbres es que combinan salud, economía y conservación como casi ningún otro alimento. Son baratos, tienen larga durabilidad, no requieren refrigeración, son fáciles de transportar y se pueden consumir tanto secos como cocidos, tanto en casa como en comedores escolares y colectivos, como en gastronomía profesional. Además, son capaces de adaptarse a recetas de todo el mundo: desde un hummus a un estofado de lentejas, pasando por ensaladas, cremas, hamburguesas vegetales o platos de cuchara tradicional. La divulgación nutricional también apunta que el consumo debe empezar desde muy pequeños. Las guías actuales recomiendan ofrecer legumbres a partir de los 6 meses, cuando se inicia la alimentación complementaria. Introducirlos pronto facilita tanto la aceptación del sabor como el hábito de consumo a largo plazo, un aspecto decisivo en salud pública.
Con la crisis climática, el aumento del precio de los alimentos y los retos nutricionales globales, las legumbres emergen como una respuesta eficaz, asequible y transversal. Son saludables, económicos, sostenibles y universales. Pero también tienen una dimensión local que vale la pena reivindicar: el territorio agrícola que cuida su cultivo, la temporada que les da sentido y la gastronomía que los hace cultura.
Guisante del Maresme
- Conocido también como Guisante Garrofal o de Llavaneras, es considerado una auténtica ‘perla verde’ por su dulzura y textura.
- Temporada: febrero – mayo.
Mongeta del Ganxet
- Variedad emblema del territorio, con Denominación de Origen Protegida en el Maresme y Vallès. De sabor suave y textura cremosa, es muy apreciada gastronómicamente y destaca por su valor proteico y vitamínico.
- Temporada: noviembre – marzo.
Judías del Maresme
- La cuenca de la Tordera es tierra de alubias, donde se cultivan variedades como la alubia de la nieve, la de la floreta, la del sastre, la del bitxo, la de la rodilla de cristo o la menuda ojo ros.
- Temporada: noviembre – diciembre.
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