La supresión del servicio de Rodalies en Cataluña ha vuelto a colapsar, por segundo día consecutivo, el transporte público por carretera hacia Barcelona, especialmente en el Maresme, donde miles de vecinos dependen del tren para desplazarse cada mañana por trabajo o estudios. A pesar del aumento de autobuses y frecuencias, el servicio sigue siendo claramente insuficiente para absorber toda la demanda que habitualmente se concentra en las líneas ferroviarias.
En Mataró, la ciudad más poblada del Maresme y punto de salida de muchas líneas hacia Barcelona, se han registrado largas colas desde primera hora de la mañana, en plena hora punta y bajo la lluvia, para poder subir a un autobús en dirección a la capital catalana. En muchos casos, los vehículos han salido completos y han dejado usuarios en tierra en la segunda o tercera parada, una imagen que ya se repitió el miércoles y que pone en evidencia el límite operativo del sistema alternativo.
La operadora Moventis, encargada del servicio interurbano, ha reforzado el dispositivo con 26 autobuses adicionales procedentes de otras empresas del grupo. De estos, 16 se han destinado al Maresme, principalmente para reforzar las conexiones Mataró–Barcelona, y se han incrementado las frecuencias de las líneas e11.1, C10 y 804, las más utilizadas para los desplazamientos laborales. En el Vallès Occidental, se han incorporado 10 autobuses más, sobre todo en la línea Sabadell–Barcelona.
A pesar del refuerzo, la demanda supera ampliamente la oferta. El bus interurbano, que ya suele ir lleno en días normales, no puede asumir la avalancha de viajeros que habitualmente utiliza el tren. Este embudo de movilidad también se ha trasladado a la C-32, donde el tráfico ha empeorado por varios accidentes a la altura de Mataró y Badalona y por las retenciones generadas por el aumento de vehículos privados.
El colapso llega en un contexto en el que Cataluña continúa sin ningún servicio de Rodalies por la plantada de los maquinistas, que reclaman medidas de seguridad tras los incidentes de los últimos días. Sin tren y con los autobuses insuficientes, el Maresme vive un auténtico cuello de botella de movilidad, con la sensación generalizada de que Barcelona queda más lejos que nunca.
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