Y si fuera a la inversa? Y si fuera que la economía de nuestro país genera tanto de paro porque la estrategia ha sido hacer perder valor al trabajo en vez de darle el valor que tiene o, para ser más exactos, el valor nuevo que tiene y que tiene que tener?
Fijaos. Todas las reformas de nuestro país me refiero a las laborales han ido precedidas de una crisis económica. Y la solución, la reforma laboral, ha comportado como consecuencia la pérdida de derechos de los trabajadores, sobre todo en cuanto a la seguridad de su puesto de trabajo. Ahora, santo volvamos, la respuesta a la crisis pasa por la enésima reforma laboral y para facilitar a la empresa el hecho de desprenderse de las personas que trabajan. Nadie me podrá discutir que cada reforma laboral ha provocado una desvalorització del factor trabajo. A pesar de mejoras salariales y de condiciones de trabajo evidentes, la percepción que tenemos las personas asalariadas es que ha perdido valor; lo medimos en positivo por la seguridad que da el trabajo fijo o indefinida y en negativo por el incremento de la inseguridad del puesto de trabajo, la temporalidad y la precariedad.
La crisis social (bajada espectacular de la demografía de finales de los años setenta) y el crecimiento económico provocaron la llegada de mano de obra extranjera. Las personas inmigradas se han incorporado a sectores de mano de obra intensiva o de atención a las personas, añadiendo un plus de desvalorització del factor trabajo. Aquí paga la pena recordar, pero, aquello que pedimos mano de obra y nos vinieron personas.
El no-reconocimiento del fin de la era fordista, allá por la segunda mitad del siglo XX, comportó que se teoritzés sobre el fin del trabajo. Se confundió el cambio del trabajo y de las relaciones laborales y también del papel que este tiene en la economía y en las sociedades en proceso de globalización, con el fin del trabajo como entidad y como valor.
Las personas trabajadoras, y toda la sociedad, tienen que cambiar su visión del trabajo; cambio que tiene que ser cultural y de mucha profundidad. Se tendrá que entender que la creatividad y la calidad del trabajo no sólo son condiciones para medir la riqueza de un país sino que son un factor de competitividad de las empresas. Yendo más allá, y ahora que se habla del necesario e imprescindible cambio de modelo productivo, hay que decir que las empresas que siguen una estrategia basada, no en el hecho de dar valor al trabajo sino en su desvalorización en el hecho de bajar costes laborales para competir con las economías menos evolucionadas, están condenadas, más temprano que tarde, a desaparecer. Oi que a todos nos vienen a la cabeza muchos ejemplos?
Un apunte pienso que no es sobrer: todo esto también vale para las administraciones y empresas públicas, para el sector público en general, sean estas de gestión directa, concertada o subcontratada. Las reformas en este sector no tienen que venir por los cambios puramente administrativistes o de gestión más moderna; hay de haber un cambio profundo de la concepción jerarquizada de las administraciones públicas, que probablemente ya se da en determinadas y minoritarias parcelas de la gestión pública, y que se tiene que hacer extensivo a todas.
Se tiene que abandonar, de una vez por todas, el trabajo fordista o trabajo abstracto (hago el que me dicen que haga y bastante), y sustituirlo por el trabajo concreto o trabajo pensado. Hay que hacer que la persona que trabaja sea el centro y el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva manera de organizar la empresa.
Abandonar el fordisme, y también el taylorisme, es una necesidad cada vez más urgente. Es del sorprendiendo las raíces que té aquello de "la empresa es mía y nadie me tiene que decir el que tengo que hacer"; cómo también parece mentira que en los tiempos que corren, todavía el "venerable" Estatuto de los trabajadores, tan remendado que ya no parece el mismo, nos diga solemnemente que la capacidad organizativa de la empresa se competencia en exclusiva del empresario. Las complejidades de los procesos productivos, también de las empresas de servicios, hacen más necesario que nunca que la creatividad y la calidad del trabajo que hay que exigir a los trabajadores vayan acompañadas de la posibilidad de asumir más responsabilidades y tomas de decisión en el trabajo, y si queréis de una autoridad más horizontal y más compartida.
Viene a ser aquello que siempre repetía Marcelino Camacho los primeros años de la democracia: "Se necesario que la democracia entre en las empresas".
Fijaos. Todas las reformas de nuestro país me refiero a las laborales han ido precedidas de una crisis económica. Y la solución, la reforma laboral, ha comportado como consecuencia la pérdida de derechos de los trabajadores, sobre todo en cuanto a la seguridad de su puesto de trabajo. Ahora, santo volvamos, la respuesta a la crisis pasa por la enésima reforma laboral y para facilitar a la empresa el hecho de desprenderse de las personas que trabajan. Nadie me podrá discutir que cada reforma laboral ha provocado una desvalorització del factor trabajo. A pesar de mejoras salariales y de condiciones de trabajo evidentes, la percepción que tenemos las personas asalariadas es que ha perdido valor; lo medimos en positivo por la seguridad que da el trabajo fijo o indefinida y en negativo por el incremento de la inseguridad del puesto de trabajo, la temporalidad y la precariedad.
La crisis social (bajada espectacular de la demografía de finales de los años setenta) y el crecimiento económico provocaron la llegada de mano de obra extranjera. Las personas inmigradas se han incorporado a sectores de mano de obra intensiva o de atención a las personas, añadiendo un plus de desvalorització del factor trabajo. Aquí paga la pena recordar, pero, aquello que pedimos mano de obra y nos vinieron personas.
El no-reconocimiento del fin de la era fordista, allá por la segunda mitad del siglo XX, comportó que se teoritzés sobre el fin del trabajo. Se confundió el cambio del trabajo y de las relaciones laborales y también del papel que este tiene en la economía y en las sociedades en proceso de globalización, con el fin del trabajo como entidad y como valor.
Las personas trabajadoras, y toda la sociedad, tienen que cambiar su visión del trabajo; cambio que tiene que ser cultural y de mucha profundidad. Se tendrá que entender que la creatividad y la calidad del trabajo no sólo son condiciones para medir la riqueza de un país sino que son un factor de competitividad de las empresas. Yendo más allá, y ahora que se habla del necesario e imprescindible cambio de modelo productivo, hay que decir que las empresas que siguen una estrategia basada, no en el hecho de dar valor al trabajo sino en su desvalorización en el hecho de bajar costes laborales para competir con las economías menos evolucionadas, están condenadas, más temprano que tarde, a desaparecer. Oi que a todos nos vienen a la cabeza muchos ejemplos?
Un apunte pienso que no es sobrer: todo esto también vale para las administraciones y empresas públicas, para el sector público en general, sean estas de gestión directa, concertada o subcontratada. Las reformas en este sector no tienen que venir por los cambios puramente administrativistes o de gestión más moderna; hay de haber un cambio profundo de la concepción jerarquizada de las administraciones públicas, que probablemente ya se da en determinadas y minoritarias parcelas de la gestión pública, y que se tiene que hacer extensivo a todas.
Se tiene que abandonar, de una vez por todas, el trabajo fordista o trabajo abstracto (hago el que me dicen que haga y bastante), y sustituirlo por el trabajo concreto o trabajo pensado. Hay que hacer que la persona que trabaja sea el centro y el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva manera de organizar la empresa.
Abandonar el fordisme, y también el taylorisme, es una necesidad cada vez más urgente. Es del sorprendiendo las raíces que té aquello de "la empresa es mía y nadie me tiene que decir el que tengo que hacer"; cómo también parece mentira que en los tiempos que corren, todavía el "venerable" Estatuto de los trabajadores, tan remendado que ya no parece el mismo, nos diga solemnemente que la capacidad organizativa de la empresa se competencia en exclusiva del empresario. Las complejidades de los procesos productivos, también de las empresas de servicios, hacen más necesario que nunca que la creatividad y la calidad del trabajo que hay que exigir a los trabajadores vayan acompañadas de la posibilidad de asumir más responsabilidades y tomas de decisión en el trabajo, y si queréis de una autoridad más horizontal y más compartida.
Viene a ser aquello que siempre repetía Marcelino Camacho los primeros años de la democracia: "Se necesario que la democracia entre en las empresas".