Hay espacios que no salen en las rutas habituales, que no tienen escaparates relucientes ni novedades recién salidas de la imprenta, pero que sostienen, con una constancia admirable, el verdadero latido de la lectura. En Mataró, en el barrio de Rocafonda, uno de estos lugares respira cada tarde entre estanterías llenas y cajas que van y vienen: Llibre Viu.
Entrar allí es una experiencia. No es exactamente una librería, ni una biblioteca, ni un almacén. Es todo eso a la vez, y algo más: un espacio de encuentro, de transmisión y de segundas oportunidades. “El Llibre Viu es una asociación cultural sin ánimo de lucro que nos dedicamos a la promoción de la lectura y de los libros”, explica su presidente, Fernando Calderón. Una definición clara, pero que se queda corta para describir todo lo que allí pasa. Porque aquí, cada libro tiene una historia antes —y otra después.
El origen del proyecto es, como tantas buenas ideas, profundamente local. Hace más de dos décadas, un grupo de vecinos del barrio, encabezados por Francesc Rogés, librero de segunda mano, decidieron dar continuidad a su fondo cuando se jubiló. “Con estos amigos montaron esta asociación, hicieron los estatutos y pidieron al Ayuntamiento un local”, recuerda Calderón. En 2006, el proyecto encontraba casa donde todavía hoy arraiga fuerte, en la calle del Poeta Josep Punsola 31. Si no habéis ido, no sabéis lo que os perderéis.
Y no es una ubicación cualquiera. “Es neurálgico, es descriptivo de la naturaleza de Llibre Viu”, dice. Porque es, antes que nada, un proyecto de barrio. Un espacio abierto, con una clientela diversa, que refleja la pluralidad de Mataró. Aquí conviven lectores habituales, curiosos ocasionales, estudiantes, familias y personas que quizás no pisarían nunca una librería convencional.
Dar y recibir: el ciclo infinito del libro
La idea es tan sencilla como poderosa: recoger libros y darles una nueva vida. “Lo hacemos a través de este espacio de intercambio de libros, pero también con donaciones a diferentes entidades”, explica Calderón. El flujo es constante. Cada día entran libros por la puerta. Muchos.
Hablamos de cifras que impresionan: decenas de miles de volúmenes anuales. Pero no todo vale. Hay un trabajo invisible, paciente, casi artesanal, que lo sostiene todo. “Somos muchos voluntarios, nos repartimos las tareas: hay quien recepciona, quien hace la selección, quien clasifica, quien informatiza”, detalla. Solo una parte de los libros —aproximadamente la mitad— acaban expuestos. El resto se deriva a otros circuitos: donaciones a bibliotecas, escuelas, entidades sociales o incluso proyectos de cooperación internacional. “Aquí los libros solo se tiran como última opción. Si pueden tener otra vida, la tendrán”, resumen desde la asociación.
Voluntariado y comunidad
Llibre Viu no se entendería sin las personas. Más de 200 socios apoyan el proyecto, y una quincena de voluntarios sostienen el día a día. Son maestros, bibliotecarios, lectores apasionados. Gente que dedica tardes enteras a ordenar, recomendar, escuchar.
Porque una de las claves del espacio es el acompañamiento. Aquí no solo se encuentran libros: se encuentran lecturas. “Lo más importante es buscar libros que puedan interesar, que sean atractivos”, explica Calderón. Especialmente con los más jóvenes. “Les tienes que vender un poco la película: prueba este, mira este otro… y poco a poco les vas entrando”. Es una tarea casi pedagógica. No es casualidad: muchos de los voluntarios son maestros. Y eso se nota en la mirada, en la manera de orientar, en la voluntad de despertar curiosidad.
Con los años, Llibre Viu se ha convertido en mucho más que un espacio de intercambio. Es un recurso cultural para la ciudad. “Hay escuelas que han montado biblioteca gracias a nosotros o que la van renovando”, explica Calderón. También trabajan con centros educativos para facilitar libros de lectura obligatoria, que después vuelven al circuito.
Además, han desarrollado una base de datos propia para gestionar parte del fondo. “Cada día hay siete u ocho demandas de gente que quiere libros”, dice. Investigadores, estudiantes, lectores con intereses concretos. Personas que buscan aquel título difícil, descatalogado, inesperado. Y que, a veces, lo encuentran aquí. Porque Llibre Viu tiene también esta dimensión de archivo imprevisible. “Aquí o está o no está”, dice Calderón con una sonrisa. Pero cuando está, puede ser un pequeño tesoro.
El espacio y los límites
El éxito del proyecto tiene también sus retos. El principal, el espacio. Las estanterías están llenas, los rincones aprovechados al máximo, las cajas se acumulan. “Hemos llegado a hacer montañas porque no nos cabían”, explica. Por eso reclaman un espacio complementario que permita gestionar mejor el volumen de libros.
También han detectado cambios en el flujo de entrada. Después de la pandemia, por ejemplo, recibieron muchas bibliotecas particulares procedentes de domicilios vaciados. “Eran colecciones muy grandes y muy valiosas”, recuerda. Ahora, en cambio, la curva se ha estabilizado.
Sea como fuere, la necesidad está ahí. Y la respuesta, también.
En un mundo acelerado, donde los libros a menudo tienen una vida comercial efímera, Llibre Viu propone otra temporalidad. Aquí, los libros esperan. Se recomiendan. Se redescubren. Y vuelven a circular. Es, en esencia, una economía de la confianza y de la cultura compartida. Un lugar donde el valor no es el precio, sino el recorrido.
Quizás por eso, quien entra, repite. Porque más allá de los libros —que hay miles— hay algo difícil de definir: una manera de entender la lectura como bien común. Y en tiempos en que hay que reivindicarla más que nunca, espacios como este no solo son necesarios. Son imprescindibles.
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