En Mataró nos pueden llamar cabezones. Nos pueden reprochar que somos especiales, que hacemos cabezonadas, que tenemos un punto de terquedad, que nos cuesta ponernos de acuerdo y que demasiado a menudo nos miramos el ombligo para acabar descubriendo que el del vecino es más bonito. Pero hay un día al año que podemos sacar pecho sin ningún tipo de complejo. El 28 de octubre, día de Sant Simó, somos mejores que el resto. O, como mínimo, más dulces. Porque mientras medio mundo ya piensa en disfraces de Halloween y el otro medio prepara panellets, en Mataró tenemos una cita gastronómica exclusiva: comernos el sable de Sant Simó. Y eso, amigos, no lo puede decir todo el mundo.
El sable de Sant Simó es el dulce más genuinamente mataroní, una especie de roscón de brioche con forma de espada curvada que cada año reaparece en los escaparates de las pastelerías y panaderías de la ciudad. También en la explanada de la ermita donde se celebran las fiestas. No lleva corona, no esconde haba ni rey y no hay que esperar a Reyes para zampárselo. Es nuestro, tiene fecha propia y convierte un miércoles cualquiera, como el de este 2026, en una jornada gastronómicamente festiva. ¿Laborable? Sí. Pero con sable, que es otra cosa.

De los piratas al mazapán: ¿de dónde sale el sable de Sant Simó?
La tradición tiene una explicación que nos remite al Mataró marinero y a los ataques de los piratas que durante siglos amenazaron la costa del Maresme. Los pescadores y navegantes invocaban a Sant Simó para que los protegiera de los corsarios. La ermita que lleva su nombre, al este de la ciudad, es testimonio de aquella devoción marinera. El sable evoca precisamente el arma de los piratas. Una manera muy mataronina de girar la historia: aquello que antes daba miedo ahora nos lo comemos de postre.
El origen exacto del dulce no está documentado, pero ya hay referencias a los sables de Sant Simó en el primer cuarto del siglo XX. En el año 1924 la prensa ya hablaba de las paradas tradicionales que los vendían en la romería. Por lo tanto, no es ningún invento moderno para quedar bien en Instagram. Es una tradición con más de un siglo de historia acreditada, probablemente vinculada a los antiguos roscones de fiesta.

De mazapán, de cabello de ángel y para todos los gustos
El sable clásico es un roscón de pasta de brioche, dorado al horno, habitualmente decorado con fruta confitada y azúcar, que adopta la característica forma de espada. El relleno más tradicional es el mazapán, pero el de cabello de ángel también tiene una parroquia fidelísima. Hay versiones más sencillas, otras más generosas en decoración y formatos para familias numerosas o para golosos que no quieren compartir. Y aquí aparece otra de las gracias de la fiesta: cada mataroní acostumbra a tener su sable preferido y la pastelería o panadería de confianza donde ir a buscarlo. Los panaderos y pasteleros locales mantienen viva la costumbre, año tras año, haciendo que esta especialidad sea una de las pocas tradiciones gastronómicas que todavía movilizan buena parte de la ciudad. Incluso las franquicias recién llegadas, pícaras, se suman.
Eso sí, un consejo importante: vale más encargar el sable con antelación o, como mínimo, tener claro dónde lo iremos a comprar el día antes de Sant Simó. Sobre todo porque muchas pastelerías cierran los lunes y no conviene dejar el descubrimiento de nuestro establecimiento preferido para última hora. Lo más práctico es informarse de los horarios, reservar el sable que queremos y asegurarnos de que el día 28 no nos quedaremos sin. Porque ser capgròs tiene un punto de gracia, pero quedarse sin sable por falta de previsión ya es hacer el ridículo.

Una fiesta que también se come
Sant Simó es mucho más que el roscón. Es la ermita, la romería, los gigantes, las familias, las escuelas y aquel Mataró que conserva costumbres que no necesitan reinventarse cada temporada. Este miércoles 28 de octubre, el entorno de la ermita volverá a ser uno de los escenarios principales de la celebración, con los sables como grandes protagonistas gastronómicos de la jornada. Pero el ritual también se practica en casa, en el trabajo, a la hora de comer, para merendar o con las sobras del día siguiente. Porque el sable se comparte, pero también se defiende encarnizadamente si queda el último trozo.
Somos capgrossos, sí. Pero tenemos un dulce que es patrimonio sentimental de la ciudad. Y si fuera no saben qué es un sable de Sant Simó, peor para ellos. Nosotros, el 28 de octubre, tenemos una obligación deliciosa: comprarlo, cortarlo y comérnoslo. Y demostrar, al menos un día al año, que en Mataró somos más dulces que nadie.
Las noticias más importantes de Mataró y Maresme, en tu WhatsApp
- ¡Recibe las noticias destacadas en tu móvil y no te pierdas ninguna novedad!
- Entra en este enlace, haz clic en seguir y activa la campanita

Comentarios