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Enfaixa't

Cugat Comas

Hacer piña en la escuela, los beneficios de los castells en el instituto

La primera actuación conjunta de cuatro centros educativos reunió entre 250 y 300 alumnos en el local de los Capgrossos

 

La primera diada castellera escolar de Mataró fue un éxito y, sobre todo, sirvió para vivir una jornada diferente de las habituales. Diferente por el formato, diferente por los protagonistas y diferente por el ambiente. El local de los Capgrossos de Mataró se llenó el pasado 17 de abril, desde las 17:30 h, de alumnos, profesorado y familias en la clausura del proyecto Enfaixa’t, una iniciativa pionera que ha llevado los castells a cuatro institutos de la ciudad y que ha convertido el mundo casteller en una experiencia educativa compartida.

La jornada, que también abría el fin de semana de jornada del local, reunió entre 250 y 300 alumnos de los cuatro centros participantes, con una asistencia final destacada a pesar de que, por cuestiones de horario, no todos los jóvenes que habían trabajado el proyecto en clase pudieron estar. El recuento final dejó 120 alumnos del Thos i Codina, 60 de Laia l’Arquera, 24 del Mar Mediterrani y 15 de Santa Anna. Más allá de la cifra exacta, lo que quedó claro es que la respuesta fue muy buena y que la ciudad asistió a una experiencia que tiene recorrido.

 

Desde el punto de vista casteller, la jornada dejó castells de 3 y de 4 y también algunas de las estructuras más destacadas que se habían intuido en la previa, en la que se habían trabajado estructuras de esta altura con ‘acotxaneta’, tal y como explicaba David Minguillón, coordinador del proyecto y miembro de los Capgrossos.

Y así fue: se pudieron ver algunos castells de 5 y de 4 con acotxaneta —es decir, con aixecador y anxaneta a la vez—, que acabaron siendo una de las imágenes más celebradas de una tarde marcada más por el compañerismo que por cualquier espíritu competitivo.

Naturalizar el contacto de la piña

Este era, de hecho, uno de los grandes aciertos de Enfaixa’t. La jornada no se planteaba como una competición entre centros, sino como la culminación de un proceso de aprendizaje hecho en las aulas y en los patios. “Se ha hecho una situación de aprendizaje en los centros, en algunos casos de 3 o 4 sesiones, y hasta 5 semanas con el Thos i Codina”, explicaba Minguillón. El trabajo hecho, por lo tanto, no ha sido anecdótico ni puntual, sino sostenido e integrado dentro del trabajo escolar. Y aquí es donde el proyecto ha brillado con más fuerza. Minguillón destacaba como una de las grandes victorias que “el alumnado le ha perdido la fobia” a los castells y que, “de un rechazo inicial, un gran porcentaje ha pasado a divertirse y entender qué función podían hacer y aplicarse”. Esta evolución es, seguramente, la mejor noticia de todas: ver cómo chicos y chicas que al principio miraban la piña con recelo han acabado entendiéndola como un espacio de confianza y de cooperación.

Naturalmente, el proceso también ha dejado dificultades. El mismo coordinador señalaba algunas de las principales: “la vergüenza del contacto”, especialmente a la hora de cerrar una piña en una edad delicada; “la capacidad de sufrimiento y resistencia para aguantar un castell”; y también “la individualidad versus el trabajo en grupo o la fuerza del colectivo”. Es decir, el reto de abandonar el “qué hago yo” para ponerse al servicio del conjunto. Pero precisamente aquí reside el valor educativo de la propuesta: los castells obligan a confiar, a sostener y a entender que el resultado solo llega cuando todo el mundo suma.

El presidente de los Capgrossos, Sergi Montero, lo resumía con claridad: “Muchas veces cuesta que la gente se acerque a los castells y con este proyecto hemos trabajado con los institutos mucho más allá de la educación física, apostando por una educación en valores que ha tenido muy buena acogida”. La frase describe perfectamente el espíritu de la jornada. Minguillón añadía aún una reflexión reveladora, “Te das cuenta de lo difícil que es enseñar castells y de la suerte que tenemos con el tronco en Capgrossos”. Una observación que explica tanto la complejidad de este universo como el mérito de lo que se ha conseguido en esta primera prueba piloto del programa educativo.

Por eso, una vez terminada esta primera jornada, la sensación general es que Enfaixa’t ha llegado para quedarse. Tanto desde los centros como desde los propios alumnos, los profesores y la colla hay una apuesta clara por la continuidad. Porque los castells, esta vez, no solo han levantado estructuras: también han levantado vínculos, autoestima y ciudad.


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