Hablar de la propia despedida puede parecer una conversación incómoda. A menudo la evitamos porque nos da respeto, porque no queremos preocupar a la familia o porque pensamos que ya habrá tiempo. Pero dejar dichas algunas preferencias puede ser, precisamente, una manera de cuidar a las personas que queremos. Cuando llega una muerte, los familiares tienen que tomar muchas decisiones en muy poco tiempo y en un momento de dolor. Saber qué quería aquella persona puede aliviar mucho este peso.
Prever la propia despedida no quiere decir obsesionarse con la muerte. Quiere decir mirarla con naturalidad y pensar cómo nos gustaría que fuera aquel momento. Hay quien tiene claro si prefiere entierro o incineración. Hay quien querría una ceremonia religiosa, un acto civil o una despedida muy íntima. También se pueden dejar indicaciones sobre música, lecturas, flores, fotografías, personas que querríamos que participaran o incluso el tono de la ceremonia.
Estas decisiones no tienen que ser complicadas. A veces basta con hablarlo en familia o escribir unas notas. Otras personas prefieren dejarlo más formalizado, especialmente si tienen voluntades concretas. También existen documentos como las voluntades anticipadas, que sirven para expresar decisiones relacionadas con la atención sanitaria cuando la persona ya no las pueda comunicar. Son herramientas diferentes, pero todas parten de una misma idea: facilitar las cosas cuando llegue un momento difícil.
Muchas familias explican que, cuando sabían qué quería la persona muerta, vivieron la despedida con más serenidad. No porque el dolor desaparezca, sino porque hay menos dudas. Hacer sonar aquella canción, leer aquel texto o respetar aquella manera de ser puede dar la sensación de que el último adiós es fiel a la vida de quien se va.
También es importante entender que no hay que decidirlo todo. La vida cambia, las preferencias también, y cada uno puede llegar hasta donde quiera. Lo más valioso es abrir la conversación sin miedo. Puede ser en una comida familiar, en un paseo o en un momento tranquilo. No hay que convertirlo en un tema solemne; se puede hablar de manera sencilla.
Prever la propia despedida es un acto de responsabilidad, pero también de afecto. Es decir a quienes nos quieren: "Cuando llegue el momento, no tendréis que adivinarlo todo". Y esta tranquilidad, en medio del duelo, puede ser un último gesto de cuidado.
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