Hay una Calella antes del turismo y otra muy diferente después. La primera acunaba su día a día entre el olor a salitre y el ruido de los telares: una villa marinera, astillero y comercial que, sobre todo desde el siglo XIX, latía al ritmo de una industria textil potente. La segunda es la que todo el mundo reconoce hoy en el mapa del Mediterráneo: el entramado de hoteles, terrazas, apartamentos y acentos de todas partes del mundo. Entremedio no hubo un cambio cualquiera, sino una transformación económica y social que enseñó los dientes en los años cincuenta y estalló con toda la fuerza durante los sesenta.
Y es que Calella no nació para los de fuera. Viene de mucho más lejos. Superado un tramo oscuro de guerras y epidemias, el siglo XVIII trajo un crecimiento económico y demográfico intenso a remolque del campo, la pesca, los astilleros, las encajeras y el comercio marítimo. En el XIX, el textil y las rutas transatlánticas tomaron el relevo. Más tarde, el 1 de agosto de 1861, el ferrocarril hizo su entrada oficial y ligó la villa al resto del litoral. En aquella época, las fábricas y el comercio eran el verdadero corazón que hacía latir la economía local.
Una estampa antigua de Calella
La imagen de la villa de mar de toda la vida no es ningún invento reciente. En 1790, según la documentación histórica municipal, en la arena de Calella se contaban 60 barcas de pesca y 370 hombres registrados como gente de mar. ¡Las drassanes de Calella se situaban en la zona donde hoy se encuentra el paseo Manuel Puigvert, y los barcos se construían directamente sobre la arena de la playa.
A partir de 1854, la ciudad vivió un fuerte auge en la construcción de grandes barcos y embarcaciones de pesca, lo que convirtió a Calella en un referente del sector naval en la costa catalana. Mientras tanto, en las casas, cerca de un millar de mujeres manejaban los bolillos para elaborar encaje. Era una economía diversificada mucho antes de que nadie pronunciara la palabra turismo.
Antiguos astilleros de Calella
El modelo viejo se tambalea y abre la puerta a los visitantes
El turismo no desembarcó cuando las industrias iban a pleno rendimiento, sino precisamente cuando el modelo tradicional empezaba a derrumbarse. El mismo consistorio sitúa la caída del sector textil en el mismo momento en que la actividad hotelera cogía una velocidad endiablada, especialmente a partir de los sesenta. La demografía lo confirma: después de tres décadas de estancamiento (entre 1930 y 1960), la población se disparó durante los sesenta y los setenta.
En los años cincuenta y sesenta, los primeros alojamientos nacieron al amparo de negocios familiares. Muchos vecinos, de hecho, empezaron abriendo las puertas de su casa para acoger a los primeros veraneantes. Pero para entender por qué todo fue tan rápido, hay que levantar la mirada y observar qué pasaba en el resto del continente.
Una ola europea que chocó contra el Mediterráneo
En los años sesenta, el turismo de masas remodeló de arriba abajo la costa catalana. El fin de la autarquía y la apertura internacional de 1959 abrieron el grifo a los visitantes extranjeros, que encontraban aquí precios bajos, buen tiempo y paisaje. No fue solo un cambio de políticas; cambió la manera de viajar. Se popularizaron los vuelos chárter, se desarrolló la automoción y los operadores turísticos pusieron el ojo en los destinos mediterráneos.
Calella lo tenía todo a favor: playa, sol, clima mediterráneo, conexión directa por tren y una población con tradición comercial y empresarial. La base ya estaba; solo había que levantar el edificio. Europeos de todas las condiciones empezaron a viajar cuando las vacaciones dejaron de ser un lujo de pocos, fenómeno vinculado directamente a la bonanza económica y a los cambios sociales que se vivían aquellos años en el conjunto del continente, y también en Catalunya.
Playa de Calella
De la cama de casa a los grandes bloques de hormigón
La transformación se hizo por etapas. De las habitaciones alquiladas y las iniciativas familiares se pasó, de repente, a una industria hotelera profesionalizada a gran escala.
Este 'boom' dejó una huella profunda sobre el territorio. La fiebre turística de los sesenta y primeros setenta llenó la costa de grandes bloques de apartamentos, hoteles, campings y urbanizaciones, casi siempre con poca regulación urbanística. Calella fue uno de los exponentes más claros: el crecimiento demográfico y la llegada de inmigración borraron la fisonomía tradicional de la villa en pocos años. La ciudad que había crecido mirando al oleaje y a la fábrica pasó a vivir, definitivamente, de la arena y los servicios.
Una maquinaria pensada para acoger
Las cifras actuales muestran la magnitud de la planta turística. Según el Idescat, en 2025 Calella sumaba 43 establecimientos hoteleros, con una capacidad de 10.845 plazas entre hoteles, hostales y pensiones. Aparte, contaban con 529 viviendas de uso turístico (HUT), que aportaban 2.910 plazas más.
Calella atrae a cientos de miles de turistas
En cuanto al movimiento de gente, los datos del Tourism Data System (recogidas por Calella Comunicació) contabilizaron 461.364 turistas alojados en hoteles durante 2025, que generaron 1.820.465 pernoctaciones y una ocupación hotelera media del 73,3%. Un dato ilustrativo: tres de cada diez turistas hoteleros de todo el Maresme (el 31,8%) se alojaron en Calella, sin contar el público de campings y apartamentos.
Pero este volumen enseña la cara B: la dependencia económica. El mismo balance de 2025 revela que las pernoctaciones cayeron un 4,8% respecto al año anterior y deja claro que la actividad continúa teniendo un fuerte componente estacional.
El fenómeno, detrás de una vitrina
La misma ciudad que se transformó de arriba abajo por el turismo tiene hoy un equipamiento dedicado a explicar, precisamente, cómo fue todo. El Museu del Turisme de Calella muestra de manera atractiva, didáctica y participativa la historia del turismo y sus efectos socioculturales y económicos a nivel global.
Museu del Turisme de Calella
La visita al Museo propone al visitante dar la vuelta al mundo en un museo, ya que se explica desde la historia de los primeros viajeros y exploradores hasta la actualidad más reciente del sector. Forma parte de los espacios patrimoniales del municipio y no solo se ha pensado para los visitantes; es una herramienta para que los propios vecinos entiendan por qué su ciudad es como es. Durante 2025 recibió 3.227 visitantes (superando los 3.071 del ejercicio anterior), mientras que el conjunto de espacios patrimoniales de Calella registró 26.131 visitas, según datos del Ayuntamiento.
Girar página: la búsqueda de un nuevo modelo
A estas alturas nadie duda de que Calella es un destino turístico consolidado. El debate actual pasa por decidir qué tipo de destino quiere ser en el futuro. En marzo de 2026, el Ayuntamiento dio un paso adelante presentando la nueva marca turística "Calella te da vida", que sustituye el lema anterior y articula la promoción alrededor de cuatro ejes: deporte, gastronomía, cultura y naturaleza. Todo ello se enmarca en el Plan de Sostenibilidad Turística en Destino, financiado con fondos europeos Next Generation.
La idea de fondo es dejar de presentar la ciudad exclusivamente como un destino de playa y potenciar experiencias para todo el año. Diversificación y desestacionalización: dos palabras clave para una ciudad que se acostumbró a hacer la mitad de la caja durante las vacaciones de verano.
El Ironman de Calella, competición de referencia internacional de este deporte de resistencia
El turismo deportivo es la cara más visible de esta apuesta. Calella lleva años acogiendo competiciones de primer nivel, con el Ironman Calella-Barcelona como gran escaparate internacional. En 2025, la prueba reunió a 3.300 atletas de 96 países, y el Govern español la ha declarado Acontecimiento de Excepcional Interés Público hasta 2027. El objetivo es directo: que un deportista no venga solo a pasar un fin de semana de verano, sino que genere actividad en periodos de menor demanda.
Más argumentos más allá de la arena
Pero la diversificación va más allá de las carreras. La nueva estrategia quiere poner en valor recursos que siempre han estado en la ciudad, pero que habían quedado en un segundo plano respecto a la playa: el Faro de Calella, las Torretes, el patrimonio modernista, el centro histórico, la cultura popular, los espacios naturales o el mismo Museo del Turismo. En el año 2025, por ejemplo, se lanzó una campaña específica en el mercado francés para vender la ciudad como un destino atractivo más allá del verano.
En el fondo, es una segunda reconversión. La primera fue pasar de una economía textil y marítima a una economía basada en el turismo de masas. La segunda, mucho más sutil, consiste en conseguir que la ciudad no dependa exclusivamente del modelo que la hizo crecer. Si en los años cincuenta y sesenta Calella supo aprovechar la revolución turística europea, ahora el reto es conseguir que el turismo sepa encontrar la Calella que sigue viva más allá de la playa.