La vida artística de Manuel Cusachs i Xivillé es una de esas trayectorias que parecen hechas de piedra, bronce, tiempo y fidelidad. Nacido en Mataró en el año 1933 y fallecido en 2019, Cusachs dedicó toda una vida al arte, sobre todo a la escultura, hasta convertirse en uno de los nombres imprescindibles de la creación del Maresme y catalana contemporánea. Su universo abarcó el retrato, la figura humana, la escultura pública, la dimensión religiosa, la memoria literaria y la representación simbólica de un país y de una ciudad.
Su nombre está presente en Mataró y más allá de Mataró. La ciudad conserva piezas suyas en espacios públicos, como la escultura Mataró de la plaza del Ajuntament, el monumento a Salvador Espriu del Passeig del Callao o el monumento dedicado al arquitecto Josep Puig i Cadafalch en el Parc Central. También dejó obra en lugares de gran proyección simbólica, como Montserrat, la Sagrada Familia, el Palau Robert o el Palau de la Generalitat. Pero más allá del currículum, de los encargos y de los reconocimientos, había en Cusachs una manera de entender el arte como una forma de presencia: mirar, escuchar, comprender y convertir una vida en materia.
Por eso tiene tanta fuerza el gesto vivido el pasado 25 de junio, cuando se entregó a la familia Cusachs Colomer el busto de su padre, en la casa de Òrrius. Porque el escultor que durante décadas había dado rostro, volumen y permanencia a tantas personas y figuras relevantes, ahora recibía él mismo, póstumamente, el mismo homenaje. El creador de bustos se convertía en busto. El artista que había fijado en la materia la memoria de los otros quedaba ahora fijado, también él, en una pieza nacida de la amistad, la admiración y la añoranza.
- El relato de este gesto lo firma Francesc Masriera i Ballescà, bajo un título que ya contiene toda la carga narrativa de la historia: 'De la anécdota a la realidad'. (Haga clic en el enlace para leerlo)

Regreso a casa
La imagen tiene una potencia simbólica evidente. El busto de un escultor vuelve al espacio íntimo del artista. Vuelve a casa. Vuelve al estudio, allí donde tantas formas debieron haber empezado a existir antes de ser obra. Y vuelve ante la familia, que recibe no solo una pieza escultórica, sino una forma de compañía. Porque un busto no es solo una semejanza física. En la tradición escultórica, el busto es una manera de retener una presencia. Es una arquitectura del recuerdo. Condensa un gesto, una actitud, una mirada, una manera de estar en el mundo. En el caso de Cusachs, el gesto es todavía más profundo: él, que había dedicado buena parte de su obra a interpretar rostros y figuras, es ahora interpretado por otro artista. Hay, en este hecho, una especie de justicia poética. Manuel Cusachs hizo memoria de los demás; ahora los demás hacen memoria de él. Convirtió personas y símbolos en escultura; ahora es él quien queda convertido en escultura. Trabajó para que el tiempo no borrara del todo ciertas presencias; ahora, póstumamente, alguien ha trabajado para que su presencia tampoco se borre.
La entrega del busto a la familia Cusachs Colomer no es solo una noticia artística. Es también una escena humana. Habla de la fidelidad entre creadores, de la palabra dada, de la memoria compartida y de ese añoro que no busca sustituir la ausencia, sino darle una forma habitable. Joan Solà lo hizo. Y el 25 de junio, en Òrrius, Manuel Cusachs volvió a casa convertido en aquello que él tan bien había sabido hacer de los demás: una presencia escultórica, una memoria tangible, un rostro contra el olvido.

Las noticias más importantes de Mataró y Maresme, en tu WhatsApp
- ¡Recibe las noticias destacadas en tu móvil y no te pierdas ninguna novedad!
- Entra en este enlace, haz clic en seguir y activa la campanita


Comentarios