: Hace unos días, caminando por el paseo marítimo de Mataró, vi a una familia intentando captar la puesta de sol con el móvil. A su lado, decenas de personas pasaban sin ni siquiera mirar el mar. Unos minutos después, la fotografía ya debía estar en las redes sociales. La puesta de sol, sin embargo, ya había desaparecido.
Vivimos convencidos de que necesitamos ir lejos para descansar, cuando quizás lo que realmente necesitamos es recuperar otra manera de habitar el tiempo. En una sociedad obsesionada con la inmediatez, donde parece que siempre hay que buscar la novedad y acumular experiencias, quizás deberíamos hacer una pausa y formularnos tres preguntas sencillas: ¿dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Estoy disfrutando del entorno que me rodea?
A veces, lo que necesitamos no es descubrir un lugar nuevo, sino volver a mirar con atención aquello que la rutina ha convertido en invisible. El verano parece ofrecernos esta oportunidad. Las vacaciones nos prometen desconexión, pero a menudo las convertimos en una nueva lista de tareas: verlo todo, fotografiarlo todo, compartirlo todo. Nos obsesionamos con demostrar a los demás que estamos disfrutando y, paradójicamente, acabamos sin disfrutar de nada. Parece que las vacaciones solo existen cuando las compartimos a través de una pantalla.
Mientras tanto, miles de personas llegan al Maresme buscando aquello que nosotros, quienes vivimos allí, a menudo dejamos de ver. El mar, los pueblos y las plazas son los mismos para todos. Lo que realmente cambia es la manera como los miramos. Quizás los visitantes no descubren un Maresme diferente; simplemente lo contemplan sin el peso del hábito.
El problema no es que hayamos dejado de tener tiempo, sino que hemos dejado de prestar atención. La rutina tiene una extraña capacidad: convierte lo extraordinario en ordinario. Nos acostumbramos tanto a aquello que nos rodea que dejamos de verlo. Y, cuando dejamos de admirar, dejamos de hacernos preguntas.
Prestar atención es, en el fondo, una manera de cuidar. Solo cuidamos aquello que somos capaces de ver, y solo vemos de verdad aquello a lo que dedicamos tiempo. Quizás por eso acabamos valorando más los paisajes lejanos que las calles por las que paseamos cada día. No porque sean más bellos, sino porque los miramos con una curiosidad que hemos dejado de ejercer en nuestra casa.
Quizás por eso los filósofos, ya desde la antigua Grecia, han considerado la admiración el punto de partida de toda forma de sabiduría. Admirar no es buscar constantemente lo extraordinario, sino aprender a mirar de otra manera lo que ya tenemos delante. No porque vivieran rodeados de paisajes extraordinarios, sino porque aprendieron a mirar con profundidad aquello que tenían delante.
Quizás esta es una lección que todavía hoy sigue vigente. La cuestión no es si el Maresme es lo suficientemente bonito. La cuestión es si nosotros todavía somos capaces de mirarlo con ojos nuevos.
Este verano, mientras muchos visitantes descubrirán el Maresme por primera vez, nosotros tenemos una oportunidad diferente: redescubrirlo. Caminar sin prisa, sentarse delante del mar, sin ninguna otra finalidad que contemplarlo, conversar sin mirar el reloj, perdernos por las calles de nuestro pueblo como si también fuéramos visitantes o simplemente dejar pasar la tarde en una terraza.
Quizás, este verano, el viaje más importante no consiste en recorrer más kilómetros, sino en recorrer con una mirada diferente los lugares que ya forman parte de nuestra vida. Porque, a veces, el viaje más largo no es el que nos lleva más lejos. Es el que nos devuelve, con una mirada nueva, al lugar donde siempre hemos estado.