¿Separar una botella de plástico, una lata o un trozo de papel y depositarlos en el contenedor correspondiente sirve realmente de algo? Ante la creencia extendida de que todos los residuos acaban mezclados y que el esfuerzo individual es inútil, la respuesta es clara: sí, sirve. Tirar los residuos al contenedor que toca permite recuperar materiales, ahorrar recursos naturales y energía, y evitar que una parte de los residuos acabe en sistemas de eliminación final.
Ahora bien, la respuesta tiene matices importantes. Por un lado, lo que hacemos en casa no es reciclar, sino separar. Por otro, a pesar de ser imprescindible, el reciclaje no es la principal solución al problema de los residuos. Como resume Jordi Pons, director de Maresme Circular y responsable de la gestión pública del Centre Integral de Valorització de Residus del Maresme, en Mataró: "Reciclar es imprescindible, pero insuficiente".
Separar cada fracción es clave, pero tan solo es el inicio del proceso
La diferencia clave: separar no es reciclar
Esta distinción no es una simple cuestión de vocabulario. Cuando depositamos los residuos en diferentes contenedores hacemos una separación de residuos en casa. El reciclaje, en cambio, es todo el proceso posterior que hacen las plantas de tratamiento especializadas para transformar estos materiales en nuevas materias primas secundarias.
Según explica Pons, "este primer gesto ciudadano es determinante" porque condiciona la calidad de los materiales recuperados. Cuando un residuo se deposita en el contenedor equivocado se convierte en un impropio. Aunque las instalaciones trabajan para corregir parte de estos errores, el proceso no es infalible y comporta un sobrecoste económico y energético que acaba repercutiendo en el bolsillo del ciudadano.
La planta de tratamiento de residuos del Maresme
El mito del contenedor único y la confusión de cifras
Una de las ideas falsas más arraigadas es que todos los residuos acaban en el mismo lugar. Los materiales separados correctamente siguen circuitos diferentes y se tratan en instalaciones especializadas que los preparan para convertirse en materia prima secundaria. Por eso, depositar cada residuo en el contenedor que le corresponde es esencial para aumentar la recogida selectiva y facilitar su reciclaje. En cambio, cuando un residuo se deposita en el contenedor equivocado, se convierte en un impropio, lo que dificulta y encarece la clasificación y el posterior reciclaje de los materiales.
Hay que diferenciar, sin embargo, entre recogida selectiva y reciclaje efectivo. Para que un material se pueda reciclar con calidad primero se tiene que recoger selectivamente, pero no todo lo que se recoge selectivamente acaba necesariamente convertido en un nuevo producto: durante el proceso de clasificación y tratamiento se retiran los impropios, se pueden producir pérdidas, y también influyen factores como la reciclabilidad de los materiales recuperados o la existencia de un destino real para su reciclaje.
En el Maresme, por ejemplo, en el año 2024 se alcanzó un 48% de recogida selectiva. Esto quiere decir que casi la mitad de los residuos se depositaron en los contenedores separados, pero no que todo este porcentaje se haya reciclado. Una vez los materiales pasan por las plantas especializadas y se descuentan los impropios y los otros factores mencionados (que suelen restar entre 7 y 8 puntos), la tasa de reciclaje real se sitúa en torno al 40%, muy lejos todavía del 65% que la Unión Europea exige para el 2035. De hecho, para llegar a esta meta tendríamos que conseguir un índice de recogida selectiva en torno al 80%.
Los beneficios del proceso y la jerarquía ambiental
Más allá de estas diferencias, el proceso de reciclaje aporta dos beneficios directos:
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Ahorro de recursos: La recuperación de materias primas secundarias reduce la necesidad de extraer nuevos recursos naturales y disminuye el consumo energético y económico respecto a la fabricación desde cero.
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Reducción de desechos: Todo el material recuperado deja de formar parte del volumen que requiere tratamientos finales como la valorización energética o el vertedero.
A pesar de estas ventajas, "desde la perspectiva ambiental el reciclaje no es la máxima prioridad", tal y como recuerda Pons. La jerarquía europea de gestión de residuos establece un orden claro: en primer lugar, la reducción de residuos; en segundo lugar, la reutilización; en tercer lugar, el reciclaje; en cuarto lugar, la valorización energética; y solo en última instancia, la eliminación en vertedero.
Este enfoque obliga a mirar más allá del contenedor y a replantear no solo dónde tiramos los productos, sino qué compramos, cuánto compramos y cómo están diseñados los objetos de consumo.
La compra a granel es una vía para reducir el número de envases y, por lo tanto, la generación de residuos
Corresponsabilidad: ciudadanía, productores y administración
La responsabilidad del sistema no puede recaer únicamente en el consumidor. Para la gestión sostenible de los residuos es necesario un compromiso compartido entre tres actores principales:
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Consumidores: Optando por un consumo responsable, evitando los productos de un solo uso y mejorando la precisión de la separación en el hogar.
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Productores: Apostando por el ecodiseño (crear productos y envases pensados desde el origen para minimizar el impacto) y asumiendo la Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP), la normativa europea que les obliga a hacerse cargo del coste financiero del residuo mediante sistemas como Ecoembes o Ecovidrio.
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Administraciones: Estableciendo las herramientas, las normas y las sanciones correspondientes para los municipios y productores que no cumplan los objetivos de reciclaje.
Nuevos contenedores cerrados en Mataró. Foto: R. G.
Los retos de futuro y la implantación barrio a barrio
Los objetivos europeos de reciclaje son exigentes: alcanzar un 60% de reciclaje en 2030 y un 65% en 2035, así como reducir la presencia de residuos en los vertederos a un máximo del 10%. Para conseguirlo, se deberá llevar a cabo un esfuerzo equivalente al de los últimos veinte años.
En el Maresme, el Centro Integral de Valorización de Residuos permite realizar un pretratamiento del rechazo y destinar a valorización energética la fracción que no se puede reciclar, evitando así el vertedero. Aun así, para aumentar las tasas es necesario transformar los sistemas de recogida mediante herramientas como los contenedores inteligentes o la recogida puerta a puerta.
Dado que estos cambios implican modificar hábitos muy arraigados, se defiende una implantación gradual: hacerlo de manera progresiva, barrio a barrio —como se está trabajando en Mataró—, municipio a municipio, permite acompañar a la ciudadanía y resolver incidencias antes de extender el modelo.
Uno de los camiones que realizan la recogida puerta a puerta en las urbanizaciones de Mataró. Foto: V. B.
La suma de millones de gestos
Ante la magnitud del problema, es habitual pensar que el gesto individual de un solo hogar tiene un impacto insignificante. A pesar de ello, el modelo funciona por acumulación: la suma de millones de acciones individuales genera un resultado relevante, mientras que la renuncia colectiva por desconfianza en el sistema solo empeora sus consecuencias.
Separar correctamente en casa es el primer paso imprescindible de un camino que debe avanzar hacia la economía circular, la reducción y la reutilización. Como concluye Jordi Pons sobre este cambio de mentalidad: "La mejor forma de transformar el sistema es no generar residuos".