El próximo 6 de febrero comenzarán los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina d'Ampezzo, en Italia. La gran cita de los deportes de nieve concentra todas las miradas cada cuatro años de la misma manera que cada 1 de enero es tradicional seguir -junto con la Marcha Radetzky de Viena- los Saltos de esquí de Garmisch-Partenkirchen, dentro de la famosa competición de los Cuatro Trampolines. En Mataró, capital del Maresme libre y tropical, el mundo del esquí y los deportes de invierno nos puede quedar un poco lejos, pero no es el caso de Bernat Solà Pujol, un mataronense de pies a cabeza que tuvo una gran carrera en la disciplina más espectacular, en la que se vuela literalmente a muchos metros de altura. Una trayectoria interrumpida pero que aún le permite atesorar récords y poder hablar de ello, como hacemos este mes en Capgròs.
¿Cómo hace un chico de Mataró para llegar a los saltos de esquí?
A través de mi padre, que era muy deportista y miembro de la UEC Mataró. Él había sido aficionado al esquí de aquellos de antes, que subían en tren y después caminaban hasta la montaña. Nos apuntó a un curso de esquí en Núria cuando yo tenía 6 años. Y a mí los deportes, francamente, se me daban muy bien: allí es donde empecé a esquiar y enseguida aprendí. Jordi Aymat, gran impulsor del deporte, convenció a mi padre.
La primera vez que te enfrentas a un trampolín debe ser...
Al principio, con 8 años, vas un poco asustado porque vas directamente al de 30 metros, que podía ser una rampa a nivel del suelo o una estructura metálica o de madera, una rampa artificial que aún impresionaba más. Los trampolines de aquella época no estaban tan bien preparados: había hielo, la traza no siempre era buena, el material era ruinoso... Caías mucho. En un Campeonato de España me eché atrás.
Con 15 años dejas Mataró. ¿Cómo reaccionan los amigos?
Mucha gente ni siquiera sabía bien qué eran los saltos de esquí. Todavía se hacía el salto del 1 de enero en Garmisch, pero no todo el mundo tenía claro de qué se trataba. La reacción era a menudo “¡vaya, qué atrevido!”. Había mucho desconocimiento. Pero lo entendían: yo volvía por Santes, en verano, en épocas en que no entrenábamos tanto, y mantenía las amistades del colegio.
¿Por qué eras la Hormiga Atómica?
El mote era porque yo era el más pequeño del equipo y, aun así, plantaba cara a los más grandes y les daba caña. La broma se quedó.
¿Qué se siente en pleno vuelo?
Cuando ya eres profesional, es concentración máxima. Sabes que vuelas y que estás jugando con presiones de aire muy fuertes. El salto se decide en el impulso, que son décimas de segundo. La clave es la dirección y el ‘timing’: ni demasiado tarde ni demasiado pronto respecto a la nariz del trampolín. En el momento en que sales, ya sabes si el salto será bueno o no.
¿Cuáles son los mejores saltos?
Guardo muy buen recuerdo de los puntos que conseguí en la Copa del Mundo en Sapporo: fui el primer español que puntuaba en una prueba allí. También tengo marcados los récords de España, con 141 metros, y sobre todo el momento de pasar de trampolines olímpicos (90 y 120) a los trampolines de vuelo, donde pasas de 120 a 180 metros. La primera noche antes de saltar en un trampolín de vuelo no dormí.
¿Qué te reprochas? ¿Dónde fallaste?
Quizá los Juegos Olímpicos. En Sarajevo 84 fui con 18 años, muy joven. Sirvió para coger experiencia, pero aún me estaba formando. La ciudad era preciosa y muy dinámica. Por eso después dolió tanto ver las imágenes de la guerra... En Calgary 88 iba con más ilusión, más preparado, pero entre la presión de los Juegos, que son cada cuatro años, y el hecho de que no acertamos con el material, me quedó la sensación de que no pude rendir al máximo. Después hubo reproches federativos: decisiones que no se entienden, como no dejarme competir en Garmisch un año en pleno Cuatro Trampolines, cuando estaba en plena forma. Me hacía mucha ilusión porque salía por televisión y me podían ver los amigos y la familia, y la federación me dijo que no fuera. Aún hoy no sé por qué.
¿Por qué se acabaron los saltos de esquí, de golpe, en 1996?
Para mí fue el despropósito más grande del deporte español. En aquel momento éramos tres entrenadores. Yo había decidido quedarme con los pequeños, teníamos: los juveniles ya se estaban colando en los resultados internacionales, técnicamente eran muy buenos, escogíamos a los chicos, teníamos el trampolín de La Molina plastificado, que permitía saltar en verano, tres equipos bien definidos, un presupuesto ajustado pero bien aprovechado, y toda una infraestructura detrás… Y de golpe, sin aviso, me comunican que rescinden mi contrato. Dejaban el salto de esquí español sin entrenadores y, de facto, eliminaban la especialidad.
¿Por qué?
Yo veo varias cosas: desconocimiento total de lo que se había construido, cambios de dirigentes federativos, la aparición del snowboard —una nueva especialidad para repartir el ‘pastel’— y también cierta catalanofobia. Los saltos se hacían mayoritariamente en Cataluña y eso, a algunos, no les gustaba.
Debe ser un golpe duro.
Cuando te lo comunican te quedas en blanco. Yo tenía unos 30 años y toda mi vida laboral había sido saltar y, después, entrenar. No tenía experiencia en nada más. Fue un golpe duro, pero no tuve mucho tiempo para hundirme: había que sobrevivir.
¿Te sientes reconocido en Mataró?
Yo diría que sí, teniendo en cuenta que es un deporte minoritario. Durante muchos años, cada cuatro años, con los Juegos, se volvía a hablar del tema y la gente lo recordaba. Me eligieron mejor deportista de Mataró, y la gente de mi quinta o mayor me conoce. Las generaciones más jóvenes, no tanto.
Lideraste una protesta.
En mi época éramos “profesionales amateurs”: dedicación absoluta, pero premios económicos prácticamente inexistentes. Yo veía 100.000 espectadores en las pruebas, pancartas publicitarias por todas partes, televisión, patrocinadores… y nosotros, los protagonistas, casi no cobramos nada. Lideramos una protesta en uno de los principales trampolines y en cinco minutos nos dieron la razón. Y empezamos a cobrar. Fue el origen del sistema actual.
¿Sigues los saltos por TV?
Sí. Ahora las imágenes son espectaculares: drones siguiendo a los saltadores, cámaras lentas que muestran cómo se dobla el esquí con la presión del aire… Si además te lo explican bien, engancha mucho. Ahora bien; ver un salto en directo es brutal: el ruido al cortar el aire, 100.000 espectadores.
¿Te gustaría que tu hijo volara también?
Tiene dos años y medio y todavía no ha visto la nieve. Si de mayor prefiere el fútbol o el tenis, ningún problema (ríe). De momento le hemos comprado un trineo para empezar. Si le gusta, adelante, y si no, que haga lo que quiera.
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