Una botella de plástico llena de agua, bien tapada y colocada en el suelo, justo al lado de una fachada. Quizás dos. O tres, distribuidas estratégicamente a lo largo de una pared. ¿Qué hacen estas botellas en la calle? ¿Alguien se las ha olvidado? Y, sobre todo, ¿sirven realmente para algo? La respuesta es una de esas pequeñas curiosidades de la vida urbana que parecen sacadas de una recopilación de sabiduría popular: las botellas pretenden evitar que los perros y las perras orinen en ese punto.
No es ningún invento nuevo. El truco de las botellas de agua contra los pipís de los perros tiene décadas de historia, ha ido pasando de boca en boca y periódicamente vuelve a aparecer en las calles. También se puede localizar en diferentes puntos de Mataró, donde algunos vecinos las colocan junto a las fachadas con la esperanza de impedir que la entrada de su casa se convierta en un urinario canino. Una solución barata, sencilla y aparentemente inofensiva. Pero, ¿funciona?
¿Qué se supone que hacen las botellas de agua?
La teoría más extendida sostiene que la luz reflejada o refractada por el agua desconcierta a los perros, les incomoda o les provoca una especie de rechazo instintivo que les hace alejarse de ese lugar. Según otras versiones, los animales verían reflejos extraños o incluso su propia imagen, y eso les haría desistir de marcar territorio. La explicación suena lo suficientemente plausible como para haber sobrevivido durante años. Pero tiene un problema: no hay evidencia científica sólida que demuestre que poner botellas llenas de agua junto a una fachada impida que los perros orinen en ella. De hecho, varios ayuntamientos han cuestionado esta práctica. En 2017, por ejemplo, el Ayuntamiento de El Prat de Llobregat anunció que retiraría las botellas depositadas en las aceras porque consideraba que no eran efectivas.
La cuestión es que los perros deciden dónde orinar guiados sobre todo por el olfato, no por los reflejos de la luz. Para los animales, el pipí no es solo una necesidad fisiológica, sino también una manera de comunicarse con otros perros. A través de la orina dejan información olfativa y marcan territorio. Por eso es tan habitual ver un perro que se detiene en una esquina, olfatea una pared y deja unas gotas. Después llega otro perro y repite la operación. Una esquina que ya huele a orina puede convertirse en un punto de marcaje recurrente. Y si el perro detecta un olor que le despierta el interés, un recipiente transparente lleno de agua difícilmente será suficiente para hacerle cambiar de opinión. Es posible que algún animal evite puntualmente una botella, pero esto no demuestra que sea un sistema repelente fiable.

Mataró, una ciudad especialmente poblada de perros
La presencia de botellas delante de las fachadas es también una manifestación de una realidad que Mataró conoce bastante bien: la convivencia entre los animales de compañía y el espacio público es uno de los grandes retos cotidianos de la ciudad. Y no es una cuestión menor, porque Mataró ha destacado históricamente por tener una proporción especialmente elevada de perros respecto a la población.
Según datos del Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya difundidas en 2021, Mataró era la ciudad catalana de más de 100.000 habitantes con más perros por habitante. Entonces se contabilizaban 16.338 animales identificados, aproximadamente uno por cada ocho personas. En noviembre de 2022 ya constaban 16.594 perros identificados, según datos veterinarios recogidos en documentación municipal. Esto no significa que tener muchos perros implique necesariamente más incivismo. El problema no son los animales, sino los propietarios que no respetan las normas y permiten que determinadas fachadas, esquinas, farolas y aceras se conviertan en puntos habituales de micciones.
No es solo mal olor: los orines también dañan farolas y fachadas
Una de las consecuencias más evidentes de los orines de los perros es el mal olor, especialmente intenso durante los meses de calor. Pero los efectos van más allá: la orina puede deteriorar los revestimientos de las fachadas, ensuciar las paredes y favorecer la corrosión de los elementos metálicos del mobiliario urbano. En Mataró, este problema tiene una factura económica considerable. Según datos municipales publicados por Capgròs en marzo de 2026, el Ayuntamiento ha destinado cerca de 462.500 euros en diez años a prevenir y reparar desperfectos causados por los orines de los perros en las farolas de la ciudad. Los daños en los elementos metálicos del alumbrado no son únicamente una cuestión estética: pueden afectar a su resistencia y generar problemas de seguridad.
Es comprensible, pues, que algunos vecinos, cansados de limpiar siempre el mismo rincón de su casa, acaben recurriendo al truco de las botellas, aunque no tenga una eficacia demostrada.

¿Qué dice la normativa municipal de Mataró?
Mataró lleva años intentando combatir este problema mediante ordenanzas y campañas de concienciación. La Ordenanza municipal sobre tenencia, protección y control animal establece que los responsables de los animales deben evitar que orinen en las fachadas de los edificios, en el mobiliario urbano, en los monumentos y en los espacios infantiles. También obliga a diluir con agua las micciones que los animales hagan en la vía pública. Es importante destacar que echar agua después de un orín no autoriza a dejar que el perro orine en cualquier superficie. La normativa prohíbe ensuciar fachadas y mobiliario urbano aunque posteriormente se enjuaguen.
El consistorio ha llevado a cabo campañas informativas y controles policiales para fomentar una tenencia responsable, con mensajes como 'Cuida la ciudad como cuidas a tu perro'. Las recomendaciones municipales pasan por llevar agua para diluir los orines, recoger los excrementos y procurar que los animales utilicen los espacios adecuados. Tampoco está permitido esparcir azufre o lejía por las aceras para ahuyentarlos, ya que pueden comportar riesgos para los animales, las personas y el entorno.

Las botellas que sí sirven
Si las botellas llenas de agua no tienen una eficacia demostrada como repelente, ¿cuál es la alternativa? La respuesta es menos pintoresca: educación de los animales, responsabilidad de los propietarios y limpieza adecuada de los espacios afectados. La mejor manera de evitar que una fachada se convierta en un punto recurrente de micciones es impedir que los animales orinen en ella, conduciéndolos hacia los espacios apropiados. Y aquí aparece la gran ironía de toda esta historia: las botellas sí que pueden ser útiles contra los pipís de los perros, pero no dejándolas plantadas al lado de la pared, sino llevándolas encima y utilizando el agua para enjuagarlos.
La próxima vez que alguien pasee por Mataró y encuentre una botella de agua al pie de una fachada, ya sabrá qué significa. Es muy probable que detrás haya un vecino harto de encontrarse cada mañana la misma mancha y el mismo olor en la entrada de casa. El truco tiene una larga tradición, pero la persistencia de una creencia no la convierte en una solución eficaz. El reto no es conseguir que los perros tengan miedo de una botella de plástico. Es conseguir que sus responsables entiendan que tener perro implica cuidarlo, pero también cuidar la calle que compartimos todos. Y esto, a diferencia del misterioso poder de los reflejos del agua, sí que puede funcionar.
Las noticias más importantes de Mataró y Maresme, en tu WhatsApp
- ¡Recibe las noticias destacadas en tu móvil y no te pierdas ninguna novedad!
- Entra en este enlace, haz clic en seguir y activa la campanita
Comentarios