David González Rubio va fuerte juega en casa. El periodista de Mataró presenta este jueves 28 de mayo en la Biblioteca Antoni Comas de Mataró su libro Cancelar lo humano (Albada Editorial), un ensayo que analiza los dilemas del posthumanismo, el transhumanismo y la relación cada vez más estrecha entre tecnología y condición humana. De la mano de la Asociación Cultural Valors, González Rubio encontrará un espacio especialmente adecuado para conversar sobre los riesgos de la ciborgización de la vida cotidiana, las promesas de las tecnologías emergentes y los límites de la libertad humana en plena era digital. El codirector de Valors, Joan Salicrú, conversará con el autor en una entrevista que conecta pensamiento, periodismo, humanismo y debate público desde Mataró. Desde Capgròs hemos conversado con González. Una conversación que, como el libro, básicamente hace reflexionar.
¿Cómo está yendo el recorrido del libro?
El libro se presentó en Barcelona y, poco a poco, ha ido haciendo su recorrido. No es un libro pensado para todos los públicos, porque es un ensayo con una reflexión filosófica de fondo, pero está interesando a la gente. Es un libro que necesita ir haciendo camino, porque plantea preguntas que requieren tiempo y debate.
¿De dónde nace Cancelar lo humano?
El origen del libro es un trabajo de final de grado de Humanidades en la Universitat Oberta de Catalunya. En aquel trabajo me centré en la cuestión de los posthumanismos, es decir, en diferentes corrientes de pensamiento que acaban planteando la posibilidad de un nuevo tipo de ser que sustituya al ser humano tal como lo hemos entendido hasta ahora. De corrientes de este tipo hay tres principales. El primero es el posthumanismo filosófico; el segundo, el transhumanismo; y el tercero, la Singularidad. Los tres, cada uno a su manera, plantean una transformación profunda de lo humano, ya sea desde un punto de vista filosófico, tecnológico o directamente informacional. El posthumanismo filosófico parte de la idea de que el ser humano, tal como lo hemos concebido desde el Renacimiento y la Ilustración, ha fracasado como centro de todo. Propone evolucionar hacia una existencia nueva en la que el hombre ya no ocupe esta posición central, sino que establezca una relación más horizontal con la naturaleza, con el resto de seres y también con las máquinas. En este marco aparece la idea del cíborg, de la hibridación entre humano y máquina. El transhumanismo es más práctico. Defiende que, gracias a las nuevas tecnologías, podemos superar los límites físicos, biológicos y psíquicos del ser humano. Su horizonte es convertirnos en una especie de superhumanos, en una nueva especie tecnológica. Este movimiento está muy vinculado a las revoluciones en biotecnología, nanotecnología, inteligencia artificial y otros campos emergentes. La Singularidad es otro tipo de posthumanismo que plantea una existencia sin soporte biológico. Ya no hablaríamos de un cuerpo mejorado, sino de una existencia puramente informacional. Para decirlo de manera sencilla: una conciencia descargada en un ordenador central, una nueva humanidad virtual que viviría en un entorno tecnológico.
¿Esto es ciencia-ficción o ya forma parte de la realidad?
No es solo ciencia ficción. Evidentemente, algunas de estas ideas parecen extraídas de un capítulo de Black Mirror, pero la realidad es que la humanidad está sometida a unos impactos tecnológicos cotidianos inéditos. La máquina nunca había estado tan cerca del ser humano, y la posibilidad de que la máquina acabe sustituyendo funciones humanas nunca había sido tan real como ahora. El transhumanismo presenta la evolución tecnológica como nuestro destino natural, incluso como una forma de convertirnos en dioses. Pero yo no tengo nada claro que el resultado de esta evolución sea algo divino. Quizás nos convertiremos en otra cosa, pero no necesariamente mejor ni más humana.
¿El libro parte de una mirada de tecnoangustia?
No exactamente. De hecho, una de las cosas que intento combatir es más bien lo contrario de la tecnoangustia: lo que yo llamo "euforia cíborg". Es el sentimiento de que todo es posible con la tecnología, de que todo se arreglará con la tecnología, de que seremos más felices que nunca y de que incluso acabaremos venciendo a la muerte. Esta euforia cíborg se ve en el marketing digital y en el discurso de los grandes tecnomagnates. Hay todo un relato que dice que la tecnología es nuestro destino, que es fantástico abrazarla sin reservas y que, incluso, como seres humanos, podemos ser cancelados. La promesa es que dejaremos atrás las enfermedades, las limitaciones y, en el límite, la muerte. Todas ideas que ahora son más posibles que nunca. Los avances en biotecnología, nanotecnología, robótica, internet, información e inteligencia artificial hacen que ideas que antes parecían solo especulativas hoy tengan una base técnica y económica mucho más real.
Palantir y su manifiesto pueden ser un muy buen ejemplo.
Palantir es relevante porque muestra que el debate tecnológico no es solo filosófico o científico, sino también político y económico. Peter Thiel, el patrón de Palantir y uno de los grandes nombres del mundo tecnológico surgido del entorno de PayPal, aparece en la parte final del libro, que es la más política. El libro habla de la libertad en relación con la máquina y sostiene que esta libertad está hoy amenazada por determinados desarrollos tecnológicos. Thiel representa una determinada idea de libertad propia de algunos tecnomagnates: una libertad sin limitaciones. Es una libertad que no quiere quedar limitada por las libertades de los demás. Pero precisamente cuando la libertad de uno tiene que convivir con la de los demás, aparece la democracia. Por eso es tan significativa aquella idea suya según la cual democracia y libertad habrían dejado de ser compatibles, cosa que es más que problemática porque si la libertad es absoluta y no acepta límites, puede justificarlo casi todo. También la libertad de trascender el propio cuerpo y dejar de ser humano; la libertad de convertirse en una nueva existencia tecnológica, en una nueva especie, en un híbrido, en un cíborg o en una experiencia de vida virtual. El problema es que esta supuesta libertad puede acabar cancelando lo humano. Hay gente muy poderosa dedicando millones y millones a investigar estas posibilidades. La cuestión no es si todo esto pasará mañana, sino que ya hay recursos, intereses y discursos muy potentes orientados hacia aquí.
#Valores aloja la presentación en #Mataró de 'Cancelar lo humano' (@AlbadaEditorial), de @Davizgonrub, en la biblioteca #AntoniComas (@bibliosmataro) el jueves día 28 a las seis y media de la tarde. ¡Apuntadlo en la agenda!https://t.co/371h9ToKxi
— Revista Valores. Filosofía de la actualidad. (@revistavalors) May 13, 2026
¿Ante esto, habría que recuperar algún tipo de humanismo?
Sí, pero no un humanismo ingenuo ni antitecnológico. La tecnología no puede ser ajena a lo humano, porque forma parte de su experiencia histórica. Ha hecho cosas muy buenas y también cosas muy malas. Lo que hace falta es entenderla como una realidad humana, cargada de intereses, valores y consecuencias. No podemos dar por sentado que la tecnología sea neutral, porque no lo es. Detrás de la explosión tecnológica actual hay intereses concretos. Y esto no quiere decir que tengamos que rechazarlo todo, pero sí que no podemos renunciar a conocer quién hay detrás, qué quiere y con qué finalidad actúa. Algunos discursos tecnológicos presentan la muerte como una especie de ideología que puede ser superada por la tecnología. Pero aquí aparece una contradicción muy fuerte. Si alguien dice que quiere superar la muerte y a la vez gana millones desarrollando tecnologías vinculadas a la inteligencia militar, hay que preguntarse qué muertes importan y cuáles no. Probablemente se trata de salvar una parte muy concreta y privilegiada de la humanidad.
¿Por lo tanto, detrás de la promesa tecnológica hay también una cuestión de poder?
Exacto. Detrás de esta tecnología que a menudo se nos presenta como fantástica y maravillosa hay una serie de intereses que debemos tener en cuenta. Es muy difícil decir que podemos detener todo esto, pero no debemos renunciar a saberlo. No debemos dejar de mirar críticamente quién dirige estas tecnologías, con qué objetivos y con qué consecuencias.
¿Cómo podemos protegernos? ¿Debemos ser una especie de eremitas tecnológicos?
No, de ninguna manera. El libro no es un panfleto contra la tecnología. La tecnología forma parte de la experiencia humana, para bien y para mal. No se trata de demonizarla ni de convertirnos en ermitaños tecnológicos. Lo que propongo es incorporarla con distancia crítica, sin dar por sentado todas las cosas que puede producir y sin tener una actitud ingenua ante ella.
Pues insisto. ¿Qué podemos hacer como ciudadanos?
La primera cosa es pensar en ello. Preguntarnos hasta qué punto la tecnología está sustituyendo formas de relación más humanas: hablar con la gente, discutir con ella, felicitarla, abrazarla, amarla. Debemos preguntarnos hasta qué punto dejamos que la tecnología haga estas funciones en nuestra vida. Hay que preguntarse cuánto hace que no nos relacionamos con ciertas personas cara a cara y, en cambio, lo hacemos solo por WhatsApp o por redes sociales. También hay que pensar cuánto tiempo de nuestra vida dedicamos a la tecnología. Es evidente que vivimos en un mundo tecnológico y que muchas herramientas son necesarias para trabajar y vivir, pero esto no nos impide pensar en ello críticamente.
¿Esta distancia crítica también tiene que ver con la democracia?
Sí. Debemos pensar que hay gente muy poderosa que, con todo esto, quiere poner en cuestión sistemas de autogobierno como la democracia. No se trata de volver a la edad de piedra, porque eso sería ridículo e imposible. Pero sí que hay que desarrollar una ética alrededor de la tecnología, una ética positiva que nos permita decidir qué queremos preservar. Una pregunta muy simple: si hago diez WhatsApps a una persona, ¿quiere decir que ya no hace falta mantener una conversación cara a cara o tomar un café con ella? Este tipo de preguntas pequeñas son importantes porque nos obligan a ver qué estamos sustituyendo y qué estamos perdiendo.
¿La presentación del libro en Mataró puede ser también un ejemplo de esta necesidad de presencialidad?
Sí, por supuesto. Una presentación presencial, organizada en un espacio local y compartida con otra gente, ya es una manera de poner en práctica esta reflexión. La tecnología no es solo una cuestión global o abstracta; también forma parte de las realidades locales, de la vida cotidiana e íntima de cada persona. Todo esto se ve en nuestros pueblos y ciudades. Hay más de 8.000 millones de habitantes en el mundo y más de 6.000 millones tienen móvil. Seguramente nunca había existido una herramienta tecnológica tan masivamente compartida. Por eso nos afecta tanto y por eso también debemos pensarla desde la proximidad. Necesitamos ciudades y pueblos que vuelvan a ser espacios vividos por personas. No espacios desérticos como durante la pandemia, cuando nos relacionábamos casi únicamente a través de la tecnología. Necesitamos ciudades para seres humanos, no para máquinas ni para seres humanos cada vez más fusionados con la máquina. En nuestro caso no deberíamos perder la cultura de las plazas, del salir, del charlar, del encontrarnos. Esta cultura mediterránea y local de la conversación y de la presencia es profundamente humana. Y precisamente por eso no deberíamos dejarla perder.
¿Del 0 al 10, qué grado de optimismo tiene?
No sería un optimismo ingenuo, pero sí que hay una cierta esperanza. Creo que cuando mucha gente se dé cuenta de que debe detenerse y preguntarse “¿dónde estoy?” y “¿cómo me estoy relacionando con los demás?”, empezará a ponerle pros y contras. Y quizás empezará también a marcar una cierta distancia con todo esto. No podemos detener el mundo tecnológico, pero sí que podemos pensarlo, discutirlo y ponerle límites. La clave es no vivirlo con ingenuidad ni con euforia acrítica. Debemos ser capaces de preguntarnos qué ganamos con la tecnología, pero también qué podemos estar perdiendo como humanos.
Comentarios