Quizás el festivo debería ser el 24 y no el 23 de abril. Atención a la idea que hace suya rápidamente el padre que intenta estirar a las hijas hacia casa cuando, en un día normal, ya haría horas que estarían en el sobre y planchando la oreja. El día de Sant Jordi se alarga en Mataró tanto que se desborda al día siguiente. Y despertarse el 24 puede ser un suplicio para todos. Quizás el festivo debería ser el 24 de abril, dicen. Si no para todos, sí uno de aquellos escolares que se hacen de vez en cuando sin encomendarse demasiado a nada. La hacemos tan grande por el día que la propuesta parece tener sentido…
La razón de este desfalco horario y emocional se llama Fogonada, el correfoc de Sant Jordi que culmina el ritual de la diada y que este 2026 celebró sus 30 años. Es una rúbrica compartida y cada vez más masificada, desbordante. Es tan multitudinaria que ya hay quien se mira haciendo muecas el día de la semana en que cae para saber si quizás habrá demasiada gente, como si fuera un 25 de julio. Cosas de mataronenses. A la Fogonada va muchísima gente aunque empiece a la hora en que los niños deberían irse a la cama. Siguen la historia, apoyan al Drac, bailan con los Tabalers do Maresme —que también están de aniversario— y tratan de seguir a las Diablesses. Que no es poca cosa. Este es el juego hasta que se llega a las plazas, donde se hacen los voltafocs.
Los tres momentos culminantes de la Fogonada, con la canción homónima como himno nacional del mataronismo, son estos mares de chispas en que se convierten las plazas Gran, de Santa Maria y del Ajuntament. Una danza de color naranja hipnótica, como si fuera un mantra del deleite. Este año, por cierto, con pirotecnia renovada, como detectaron los más ávidos. Los ‘patums’, los cohetes que enciende el Drac y que llevan en las manos los fogueros y las Diablesses, eran de algún proveedor nuevo y causaron dos efectos compartidos de forma automática. Uno, que todo el mundo que se metió dentro quedó negro de hollín como si saliera de trabajar en una mina de carbón. El otro, que la chispa que hace no cae. Los voltafocs tenían menos fuego. Misma luz pero menos fuego, para entendernos. Y un correfoc va de eso, ¿no?
Final feliz y Verkami abierto
El Voltafoc final, como siempre, vino precedido de la irrupción a caballo de Sant Jordi y la lucha entre el caballero y el Boc. Todo un espectáculo. Todo ello, incluido el concierto final, con La Coixinera radiante sobre el escenario, donde amenizó un poco el baile y aprovechó para recordar que tiene un Verkami abierto para su nuevo disco. Que el espíritu de la Fogonada les empuje a conseguirlo.
Con el final de la fiesta y los operarios recogiendo de madrugada, los últimos valientes ya se recogían casi a la una menos cuarto. La chiquillería, se ha de suponer, dormía rendida. Como los padres. Había vuelto a ser Sant Jordi y, con argumentos, hay quien piensa que quizás sí que el festivo, bien pensado, debería ser el 24.
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