Nuestra civilización necesita hoy mucha movilidad. Movilidad de todo tipo: de mercancías, de personas, de servicios financieros y tecnológicos... No siempre en la historia había sido así. Sí, había una cierta movilidad de muchas cosas, pero era pequeña tanto absoluta como relativamente. La mayoría de personas y cosas se movían poco y en espacios reducidos. De vez en cuando, algún gran desplazamiento migratorio, un descubrimiento que comportaba nuevas rutas, pero después todo volvía a permanecer tranquilo. Esto es Historia, historia pasada. Hoy uno de los rasgos que nos caracteriza es precisamente la movilidad exacerbada, no solo de mercancías sino también de personas, no digamos ya de dinero y de comunicaciones. Hay mucho movimiento. Encontramos raro a aquel que prácticamente no sale de su entorno más inmediato. "¿No has ido a ningún sitio de vacaciones? ¿No has viajado fuera este año?". Sí que se estimula (con más buena voluntad que éxito) los productos de proximidad y los parajes cercanos. Pero el petróleo lo tenemos lejos, aunque el viento y el sol los tenemos encima. Se abren nuevas rutas de tránsito árticas. Es un grave problema cuando se cierran vías estratégicas: estrechos y canales marítimos. Por aire, por mar, por tierra, los ingenios de transporte y las personas no paran: suben, bajan, se van, vuelven... No hace falta que nos detengamos a pensar lo que corre (se mueve) por las redes de cables transoceánicos o desde tierra al cielo y que los satélites después lo devuelven a la Tierra.
Acerquémonos a una movilidad concreta, la de la vida de las personas hoy. La derivada del transporte de mercancías requiere su propio relato. Da igual si es en la ciudad como en el campo. Por estudio, por trabajo, por abastecimientos, por ocio, por salud, por recreo..., a poca gente le caerá la casa encima que se decía antes, quizás solo duermen en ella. Sí que hay medios de transporte colectivo para hacerla, cada vez más y mejores: frecuencias, capacidad, comodidad, precio... Pero no rehuimos, signo de los tiempos, de tener medios propios que nos dan más libertad: de horarios, de posibilidades, de relaciones, de situaciones...
Hay todo tipo de artefactos para hacerlo, pero preferentemente el rey automóvil se ha impuesto. También hay todo tipo de vehículos de dos ruedas, a motor o a sangre. Primero solo los tuvieron los ricos que sustituyeron los carruajes tirados por animales por vehículos a motor hechos artesanalmente. Henri Ford lo trastocó; "si he de vender coches, es necesario que mis trabajadores los puedan comprar."
Los animales de transporte o de carga no se podían dejar en la calle y además tenían sus necesidades. Había que hacerles una cuadra que era preciso mantener más o menos limpia y en condiciones: Allí comían, bebían, reposaban y dormían.
Los artefactos a motor al principio, los de los ricos, tenían dónde guardarlos. En espacios habilitados expresamente, los garajes. Cuando estos vehículos se generalizaron a nadie le pareció mal que se dejaran en la calle. Sí, se ensuciaban más, podías ser objeto de fechorías, sufrían corrosión y desperfectos según las condiciones atmosféricas,... ¡Pero no costaba nada, era gratis! No hay ninguna tasa por utilización del espacio público. "¡Hombre!, está regulado", no se puede dejar en cualquier lugar, pero casi. "¡Pagan impuestos (elIMVTM)!" Sí, pero hace falta un gran gasto para la regulación de cuando se mueven: semáforos, guardias, señalización horizontal y vertical, determinación de usos particulares,... Es un impuesto, no una tasa. No, los que pagan una tasa son solo los que utilizan unos metros de acera para entrar en su garaje. ¡El espacio de circulación, mejor dicho de aparcamiento en la calle, es gratis!
Así vemos el espacio público, los viales de las calles, repletos de hierro sobre cuatro ruedas. También algunos espacios de los arcenes con hierros de dos (tanto motorizados como no). Si se abre un nuevo espacio por cualquier causa no pasa media hora que ya está lleno de vehículos. La visión de las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades es una sucesión de hierros aparcados de colorines diversos. No hace falta decir que los aparcamientos de bicicletas, allí donde se hace más uso y al lado de los intercambiadores de movilidad (estaciones), son verdaderamente dantescos. He visto de dos pisos.
Este es un gran problema urbano. ¿Dónde metemos los ingenios que nos hemos dotado para movernos más y mejor? Cualquier actuación de mejora del espacio público que comporte remover el aparcamiento ya consolidado genera conflicto. Pero se debe afrontar, no podemos acabar sepultados en medio de hierros.
¿Aparcamientos subterráneos, en altura...? ¿Prohibición de comprar vehículo sin tener dónde guardarlo? ¿Cambiar el estilo de vida que comporte menos movilidad? ¿Pensar más el tiempo que precisamos para hacer lo que queremos hacer y hacerlo con otros medios: a pie, en transporte público, compartido,...? Es toda una forma de vida que nos debemos plantear.
Sí, ya sé. He dejado al margen todo el tema medioambiental. Acotar el uso que hacemos de los vehículos a motor con combustible fósil se tiene que hacer, tenemos que reducirlo, pero esto no comporta que disminuya la magnitud del problema de dónde estacionarlos. Este deseo de urbanitas metropolitanos que disponen de sistemas alternativos de movilidad quizás no se puede aplicar a los espacios rurales y a los territorios vacíos. Tampoco a la obligada movilidad derivada de la dispersión de la residencia y de los lugares de trabajo y de la necesidad de conectarlos. Ni qué pensar en lo que tiene que representar la reconversión de la industria de los ingenios de movilidad que ha sido un verdadero motor de las economías occidentales y ahora también orientales.
¿Qué hacemos con el hierro que llena nuestros espacios públicos? ¿Aceptaríamos aparcamientos cerrados, privados o públicos, obligatorios? O, ¿hacemos la vista gorda con los almacenes a la vista que son nuestras calles?
