La directora Isabel Coixet vuelve a plantear en su última película 'Ayer no termina nunca' un drama emocional intenso a partir de una situación extrema. En este caso, el film trata de la muerte de un hijo y los efectos de esta tragedia en la relación de una pareja. Fiel a su propio estilo, Coixet intenta revestir el drama de gran trascendencia a partir de frases rebuscadamente literarias y encuadres muy calculados. Y esta manera de rodar es la que acaba haciendo perder en su cine toda credibilidad y que la emoción de la propia historia acaba siendo impostada y superficial. Es una lástima que el exceso de pedantería se lleve por adelantado todas las buenas ideas –y no se puede negar queha tenido unas cuántas- que se entrevén en el guion de 'Ayer no termina nunca' pero que un golpe filmadas no acaban de funcionar.
Es una buena idea, por ejemplo, la de situar en un futuro cercano , en 2017, la acción de la película, un pretexto que Coixet usa para hablar de la crisis económica actual y advertir que si las vuelves no cambian, y las personas no tomamos conciencia, la situación en el futuro puede ser todavía peor. Es una buena idea situar los personajes en un espacio medio abandonado que describe de forma sencilla tanto la situación social como el emocional de los propios protagonistas. Y también era una buena idea, pero muy arriesgada, basar todo el drama en la larga conversación de dos personajes, un hombre y una mujer, que se reencuentran cinco años después de haberse separado después de la muerte de su hijo. Arriesgada porque el peso del drama y la credibilidad de la historia recae en los actores que interpreten estos personajes y, a pesar de sus esfuerzos más que notables, ni Candela Peña ni Javier Cámara consiguen que nos los creemos en la situación planteada.
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