Hace días que, a raíz de un registro en el despacho personal de Rodríguez Zapatero, salieron dentro de una caja fuerte unas joyas que un tasador valoró en una cifra elevada. O quizás no tanto, siempre he pensado que ante determinadas cantidades que asustan al personal los ricos de verdad se deben de reír a carcajadas. Su propietario no ha aclarado todavía cómo llegó a poseerlas. No sé, perdonadme, si está obligado a explicarlo. Mi presunción, parece que muy compartida, es que pueden ser obsequios que tiempo atrás se acostumbraban a hacer a raíz de encuentros entre mandatarios políticos. Expliqué en aquella entrada los obsequios de cortesía que yo recibía, que evidentemente eran en consonancia con mi relativa insignificancia. Antes se llamaban "francesillas", obsequios extraordinarios que representaban de poco importe para quien los entregaba.
Ahora hace unos días, Ernesto Ekaizer —que parece tener buenas fuentes de información— hizo un escrito en El Periódico donde explica los obsequios de cortesía que presuntamente la monarquía saudí hizo a las más altas instancias del Estado con motivo de unas gestiones diplomáticas que interesaban bastante a los árabes ahora hará unos veinte años.
Respecto a la capacidad del juez y de la policía para averiguar el porqué Rodríguez Zapatero tenía unas joyas guardadas, el catedrático Pérez Royo escribió hace días un artículo que me pareció revelador de la deriva judicial y policial que hay instaurada en este momento en el país.
Este tema de los obsequios de cortesía se fue corrigiendo poco a poco, acentuándose mucho después de la crisis económica de 2008. La respuesta general de las democracias occidentales a aquella situación —protegiendo al mundo financiero y haciendo recaer el ajuste en la población en general y en las clases populares— comportó por todas partes reacciones airadas contra la clase política que todavía hoy son bien manifiestas. De aquella lluvia, estos lodos. El tema —que también afectó a las empresas privadas aunque de esto no sabemos mucho ya que no hay tanta obligación de transparencia— ha llegado a extremos paranoicos, hasta el punto de juzgar con ojos de ahora —tanto por el mundo de la información como sorprendentemente por la judicatura— hechos de un período anterior en que había otras costumbres y comportamientos. Que ahora no sean bien vistos, implica no aceptarlos ni repetirlos, pero hay que entenderlos en el contexto de cuando se produjeron.
Un alto cargo de la administración catalana me explicó una anécdota que ilustra adónde hemos llegado en esta respuesta. En una comida oficial en la que él era el anfitrión, a la hora de los postres algunos de los invitados cambiaron los postres por un "chupito" de licor. Como no variaba el coste de la comida, que ya estaba tasado reglamentariamente, nadie pensó que habría problemas a la hora de presentar la factura a la intervención de cuentas. Bien, resulta que no hubo problema con el coste de la comida, pero sí con la reglamentación de que no podían -en este tipo de comidas- tomarse bebidas de más de 20 grados de alcohol. Quien me lo explicaba me dijo que para solucionar la cuestión pagó los "chupitos" de su bolsillo y zanjó el tema.
Pensé si no habíamos hecho más gasto público con el coste de un funcionario repasando las facturas de restaurante de los cargos públicos. El tema viene de que se ha perdido el sentido de la medida, de la proporción, del sentido común (quizás es que nunca lo ha habido). Ahora -y las redes sociales lo amplifican- todo está bajo sospecha. Cualquier denuncia -cierta o falsa, real o inventada- es rápidamente recogida por alguien que le da pábulo y se genera una bola (muchas veces de mierda) muy difícil de detener. Que hay comportamientos inadecuados y punibles, cierto, los hay. Pero se ha creado un clima que hace muy difícil la convivencia, todo son motivos para la crispación, no hay ninguna perspectiva, tanto de los posibles infractores como de los denunciantes.
Las normativas que se establecen son para cumplirse o modificarse, si es necesario, por los procedimientos establecidos. Ahora, la justicia patibularia nos puede llevar a una sociedad resentida y amargada.