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Salva Fernàndez

La noche del 25, clásica y loca a partes iguales

Desvelo Bellugós, Correfoc, Rociada y bebida a precios populares son los reclamos de la Noche más movida de Santas

A las 23.20h de la Noche del 25 hay dos tipos de persona. Las que ya han cogido lugar a la Riera para contar hasta quince y las que, estén cenando en casa de amigos o en restaurantes del centro, son conscientes que quizás hacen tarde a la cita. El desvelo bellugós abre la noche más loca de Santas, la más clásica y la más masiva. La riera es llena a rebosar, y cuando salen los gigantes –Robafaves como gran protagonista- parece que aparezcan las grandes estrellas del rock. Empieza el bequetero, y contar hasta quince. La gente se empuja, salta y brinca. Mica en mica se va bajando, como siempre, a ritmo de la Agrupación Musical del Maresme hasta plaza Santa Anna. Mientras una niña pide a su madre "marchar a casa", normal teniendo en cuenta donde lo han metido (a los pies de un gigante, en medio de bestias saltando), otros empiezan a levitar sin tener en cuenta la retahíla de golpes que reciben.

Sigue bajando el desvelo, y creciendo las sensaciones. Mientras algunos niños –según algunas por el•lícules típicas y tópicas, el reflejo del alma- miran con cara de asustados ante el que pasa al suyo cercando, alguno de los sentidos más básicos van creciente. El que sólo es sudor y pasión ante el Ayuntamiento se convierte en el sentido del olor a humanidad a los pies de la Riera, tocando la plaza santa Anna. No es por menos, contar hasta quince más de diez veces mientras unos empujan y todos sudan provoca reacciones muy naturales de los cuerpos. Y más si algún valiente decide que se puede sacar la camiseta sin agua por el medio -no es momento de rociada- y con la intención de chocar contra sus homónimos mientras el Bequetero siga contando.

Un golpe acabado, de nuevo el concierto de siempre –estéril, poco interesante por la mayoría- hace de impàs mientras se espera el siguiente escenario. La mayoría busca bebida en los bares y calles del cercando, pasando el rato hasta que el bequetero, el desvelo, vuelve a subir por la Riera. Por allá donde ha venido. Se sube de nuevo, con menos masificación que la bajada y con más dispersión –cervezas a dos euros en la Calle Pujol, por ejemplo, son un buen reclamo- hasta que se acerca la segunda etapa. Durante la subida, niños que se van tapando con una concentración suprema, como si se jugaran la Champions. Otros, de más maduros, también con la mirada fijo, como conscientes que contar hasta quince no los vale. Sólo el fuego, las chispas y la adrenalina del correfoc.

De nuevo, pasado este momento clásico de Santas, un impàs que se supera en base de frankfurts de la Riera, de botellóns legales (algunos así definen la Fiesta Mayor de Mataró), y de música de los establecimientos del centro. Mica en mica se sube hasta el Parque Central, donde la rociada espera para aglutinar a gente heterogenia bajo el agua. Y con una variedad musical envidiable. Ni Sala Privado es capaz de combinar con éxito el remix de Rafaela Carrà de Bob Sinclair con los Amigos de las Artes o Manel. El periodista Espertac Peran, eterna voz de la rociada, consigue de nuevo que le respondan negativamente (No!) a alguna de sus arengas -a la pista parece gustar poco- pero a cambio sigue sonando la música. Algunos lucen cuerpos de meses de gimnasio, otros de meses de cervezas. Muchos, no lucen, sólo siguen la fiesta. Sea bajo el agua, sea bajo el aroma curioso y mezclado que se encuentra al césped del Parque Central o sea cerca de las barras. Son las Santas, y todo el mundotoma parte a su manera. Pero la mayoría con más alcohol de la cuenta. Aquello que decían del Arrebato necesario. De la cordura imprescindible, un tanto por ciento muy elevado, no seenrecorda. Tampoco hace falta. La resaca está por eso.
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