Con el último día de enero el Monumental ha retomado su programación estable de teatro y danza. En este segundo tramo de temporada, que se extenderá hasta comienzos de mayo, seis espectáculos ocuparán su escenario. El primero ha sido ‘Ai! La misèria ens farà feliços’, una pieza escrita y dirigida por Gabriel Calderón fruto de una coproducción del Teatre Lliure y el Festival Temporada Alta,
Autor aclamado
Escritor, dramaturgo y actor uruguayo, Calderón es autor de una treintena de obras representadas en diversos países. En dos ocasiones ha sido merecedor del Premio Nacional de Literatura de Uruguay. Durante algunos años ejerció como Director Nacional de Cultura y más tarde fue también Director General y Artístico de la Comedia Nacional de aquel país.
En 2008 se dio a conocer en Cataluña, cuando participó en Temporada Alta con ‘Mi muñequita’, un espectáculo que la crítica internacional ha considerado como uno de los más trascendentes del teatro uruguayo contemporáneo. En 2020 estrenó ‘Historia de un jabalí (o algo de Ricardo)’ en el mismo festival gerundense.
Desde entonces este monólogo creado y dirigido también por él e interpretado magistralmente por Joan Carreras, que escenifica los apuros de un actor secundario cuando debe enfrentarse al personaje protagonista del célebre Ricardo III de Shakespeare, se convirtió en un fenómeno teatral aclamado por doquier. Entre otras extensas giras, regresó en tres ediciones más a Temporada Alta, hizo temporada en Barcelona y Madrid, ganó dos premios Butaca y uno de la Crítica, además de un Max, y en 2024 consiguió ser la primera obra representada en catalán —en casi ochenta años de existencia— en la sección oficial del Festival de Aviñón, en Francia, considerado el escaparate teatral más prestigioso del mundo.
Expectativas incumplidas
Tantas y tan buenas credenciales previas, mira por dónde, juegan en contra de ‘Ai! La misèria ens farà feliços’. Porque el producto que esta vez ofrece Calderón, que él denomina comedia filosófica, no satisface las expectativas suscitadas por su flamante trayectoria. Tiene poco sentido. Si en su texto anterior hacía un juego virtuoso de teatro dentro del teatro para analizar los mecanismos del poder y de la ambición humana entrelazando en escena la rebuscada personalidad del monarca sin entrañas descrito por Shakespeare con las vivencias contradictorias del actor que debe encarnarlo, ahora su propuesta peca de superficial. Ni la vehemencia de los cuatro grandes intérpretes que se dejan la piel logra levantarla. Son Pere Arquillué, Daniela Brown, Joan Carreras y Laura Conejero, que hacen un esfuerzo que sí es de agradecer.
En escena, desde el principio, se ve otro escenario en su interior, creado por la escenógrafa mataronina Laura Clos ‘Closca’: una tarima que se sostiene sobre caballetes con una tramoya ostensible que recuerda a las tablas desmontables que durante siglos habían sido el soporte físico del oficio itinerante de los comediantes. Es la evidencia de que el autor uruguayo ha optado nuevamente por hacer teatro dentro del teatro, un ejercicio creativo usado con buenos resultados a lo largo de la historia por grandes dramaturgos, desde el propio Shakespeare a Jean Genet, pasando por Corneille, Pirandello o Brecht, porque permite desdoblar la ficción y posibilita al espectador una mirada dual.
Distopía
Es con este recurso metateatral que ‘Ai! La misèria ens farà feliços’ adquiere aires de distopía, un imaginario totalitario. Estamos en un momento impreciso del tiempo futuro en el que el desarrollo de la inteligencia artificial y de la robótica han deshumanizado la actividad escénica y los androides han ocupado el lugar de los actores. Los pocos que aún quedan de carne y hueso han sido relegados a funciones subalternas en un espacio indecoroso y se les administran ingredientes programados para controlar su estado anímico y sus reacciones. Solo pueden subir al escenario o bien en los tiempos muertos de las representaciones que hacen los robots o bien cuando alguno de estos falla. Incluso cuando el patio de butacas no está lleno, se completa con autómatas. El arte ha quedado sometido al dictado de los algoritmos y, por tanto, a las conveniencias y al beneficio de la oligarquía tecnológica que lo domina todo.
Tema vigente
Se trata de un punto de partida interesante que podría tener un buen desarrollo dramático, porque las incógnitas y los temores que suscita la generalización galopante en todos los ámbitos de la actividad humana de una inteligencia artificial en manos de unos pocos caciques tecnológicos es un tema de reflexión muy actual y necesario.
La realidad cotidiana nos dice que puede llegar un tsunami capaz no solo de trastocar la economía, la política, el equilibrio territorial, la sostenibilidad, la seguridad, los tratados internacionales, la comunicación, los transportes, la salud, la educación o el mundo del trabajo y el empleo. Porque la subordinación al utilitarismo y al relativismo moral, producidos por la dependencia de la lógica de la aceleración y de la optimización algorítmica, también puede tener efectos perversos sobre el pensamiento, las emociones, la conciencia, la creatividad e incluso la propia naturaleza humana y la convivencia democrática. Ciertamente.
Ocurrencias
Pero en la obra de Calderón vista en el Monumental el argumento se queda corto. Ni llega a alzar el vuelo ni profundiza en nada. Y con un hilo tan fino, la función acaba cayendo por la pendiente de la caricatura, encadenando poco más que ocurrencias de comicidad doméstica. Incluso el título está cogido con pinzas. Con el acrónimo inglés de la inteligencia artificial (AI) usado como interjección, el autor se recrea con el primer verso que dice el personaje de Segismundo en ‘La vida es sueño’ de su homónimo del siglo XVII Pedro Calderón de la Barca. No hay como tener un apellido ilustre para no afinar demasiado e inventarse una ocurrencia más…
Sin embargo, el talento interpretativo del póquer de actores y actrices con que cuenta ‘Ai! La misèria ens farà feliços’ merecería un destino mejor. Desaprovechados.

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