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Salva Fernàndez

Nadie puede disuadir la Noche Loca

La cita más importante de Santas mantiene su carácter masivo y tradicional a pesar de la programación paralela

Quince minutos antes de empezar el Desvelo Bellugóshabía poco movimiento a la Riera, como si la expectación por uno de los actos más emblemáticos de las Santas hubiera desaparecido de un año por la otra. Nada de todo esto. Sobre las once y media salían los gigantes del Ayuntamiento y empezaba el Bequetero en una calle llena a rebosar. Cómo el año pasado. Como la otra. Cómo siempre. La Noche Loca es la noche más esperada de la Fiesta Mayor de Mataró y nadie la puede ni la podrá disuadir nunca. La fiesta en la playa del 'Parió Tour' no dejó más libre el camino de los gigantes hasta plaza Santa Anna, y a pesar de que se podría llegar a considerar quehabía menos volumen de gente que el año pasado, la diferencia no es remarcable ni concluyente.
 
Y hasta quince se contó entre la multitud durante múltiples veces. Con empujones, con saltos de los que no recuerdan que tienen gente al lado, con una aglutinación de humanidad que provocaba que no se pudiera ni bajar a tierra para contar como marca la tradición. Y quince. Y qué. El Desvelo Bellugós es el que es y atrae a quien atrae. Menos padres osados –irresponsables- con cochecitos de niños pequeños respeto otros años y la misma sensación de diversión, alud humano que no te permite ver atrás quién está empujando y esfuerzo físico a caballo entre la tradición y la animalada de la juventud desbocat. Del que bebe, del que aprovecha las Santas para salir cuando por edad todavía no le corresponde, del que disfruta de su fiesta mayor. De todos ellos y de otros muchos que también esperan con ganas el Desvelo Bellugós. En común tienen que no lo dejarán de presenciar por una sesión de música a la playa que pueden vivir cualquier fin de semana. El Bequetero suena una vez al año.
 
La noche loca se mantiene como la gran cita de Santas, a pesar de tener un desarrollo marcadamente irregular. De la intensidad del desvelo a todos niveles –físico, musical, incluso de olfato- se pasa al intrascendente concierto de plaza Santa Anna, donde toca cargar pilas. Beber. Los locales con cervezas a un euro se imponen a los que triunfaron con ofertas a dos. Y hacia arriba. La subida es mucho más tranquila y menos masiva. El ejemplo es que aquí sí se puede uno agachar para contar hasta quince junto a los gigantes; a la bajada apenas se respira.
 
Con los gigantes durmiendo dentro del Ayuntamiento, el correfoc recupera la intensidad de la noche con la lluvia de fuego de las diableses, las tracas que cubren el cielo y las figuras. Es la hora de la adrenalina pura y del abuso. La hora de los que se disfrazan de ladrones y bailan bajo el fuego, la hora de quien domina el elemento quemando y lo usa para bañar a los que danzan, atacar a los que se anxoven en los portales. Hora de los valientes. Para hacer frente al fuego y para hacer frente al calor de todo: carrerillas, ropa, momerota. Y de nuevo larga pausa. Altibaix hasta la rociada.
 
Si no hay efecto dissuassori al desvelo, menos a la Rociada. Los actos son los mismos, las liturgies también. Espera más de la cuenta antes no arranca, como no puede ser de otro modo, con la voz de Espertac Peran. 23 años de rociada anuncia, la pregunta es si la voz de estas más de dos décadas siempre ha sido la suya. Posiblemente no, pero lo parece. En todo caso, 'We are Young' abre la sesión reivindicando un acto que vive del agua. Agua que sale con Blues Brothers, como siempre. El 'cómo siempre' no sería problema si no fuera por el pupurri musical -hay canciones nuevas, pero la sensación es que cada año suenan las mismas- que se diluye entre los litros de agua que van cayendo.

A la cabina, un discjoquei que cambia bruscamente de pistas y que tiene bajo el brazo dos noticias: una mala y una de buena. La mala es que su principal habilidad es sacar los graves de las canciones de manera aleatoria y a menudo. La buena, que sabe volverlos a poner. Entre esto y las continuas interrupciones, ya sea para hablar en un intento fallado de animar al respetable –al contrario, cortan el ritmo- o para pedir que nadie suba a las estructuras de la pista, sería de suspenso. Pero el agua que cae todo lo salva. Es la rociada, y tanto es que se mezcle el chipirón con fiestas paganas, Flying Free de Puente Aéreo y el enésimo hit de Pitbull. Mientras caiga mucha agua. Hasta que la noche loca, por la noche, ya notenga nada.
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