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Alejandro Páez Jiménez

Uno no es nadie

Ante un mundo que alimenta el miedo y el individualismo, hay que reivindicar la fuerza de la comunidad, el asociacionismo y la organización colectiva como herramientas para recuperar la esperanza

Pasamos los días bajo una amenaza de catástrofes constante que nos mantienen en un estado de tensión social. Esta tensión nos hace vivir en alerta permanente y se alimenta de todo lo que nos llega cada día: los SMS de Protección Civil que golpean nuestros teléfonos anunciando aguaceros históricos, el avance de fuerzas autoritarias que quieren cargarse el Estado del bienestar o la guerra y la destrucción que vemos por las noticias en Gaza, en Kiev o en Ormuz —que, aunque nos queda lejos, tiene implicaciones directas en nuestra rutina—.

El miedo tiene un componente de adicción superior a otras emociones, por eso se le agita constantemente desde los medios de comunicación y desde la política. En este estado de alerta, donde cualquier desastre es susceptible de convertirse en catástrofe, desconfiamos cada vez más de todo lo que nos rodea. Porque el miedo aísla. Tiene un componente individualizador inmenso. El bombardeo constante de desgracias está consiguiendo una moral derrotada que llega siempre a la misma conclusión pragmática, sacrificar el sentido de sociedad. Cada uno, encerrado en sí mismo, comportándonos como si fuéramos extraños en cuanto al destino de los demás, como relataba Tocqueville.

En este contexto, cabe reivindicar un hecho, ya no social, sino biológico: somos seres interdependientes. Como dice Yayo Herrero, dependemos los unos de los otros y esto implica replantear la idea misma de términos muy gastados como la libertad. "Libertad" no significa no depender de nadie y hacer lo que queramos, sino la capacidad de construir colectivamente las condiciones materiales, sociales y ecológicas que hacen posible una vida digna para todos. Es mucho más complicado que como lo pinta Milei.

La vida humana depende inevitablemente de redes de cuidados mutuos. Por eso es importante que en Mataró haya una vida asociativa fuerte, que reme en favor de valores comunitarios: que se organice para combatir la crisis de la vivienda como la Coordinadora de Entidades por la Vivienda, que imagine una ciudad más verde, como la Comunitat Mataró Regenera!; o que se ocupe de sensibilizar a los vecinos y vecinas sobre las causas justas del mundo, como el Comité de Solidaridad con Palestina. ¿Que quizás alguien se piensa que la precariedad laboral, la crisis climática o la deshumanización que vivimos son problemas privados que tenemos que gestionar solos, cada uno por sí solito?

Si no somos capaces de afrontar juntos el mundo que nos propone este capitalismo de la catástrofe, si no somos capaces de abrir los ojos a nuestros amigos, familia, compañeros de trabajo y a los vecinos, que después forman núcleos, ¿qué haremos? ¿Nos dejaremos comer por estas situaciones?

Hay gente que está perdiendo su trabajo, que no llega a final de mes, gente amenazada de perder su casa, gente asustada que tiene miedo de perderlo todo y que, precisamente por eso, acaba creyendo que no hay nada que hacer. Y no hará nada. Porque el sistema amenaza precisamente aquello que hace posible la vida humana, y lo paraliza con el miedo constante.

De la ilusión vivimos, cantaba Oques Grasses. De la ilusión de replicar la victoria democrática de Lula en Brasil, de frenar en las urnas, con candidatos entusiasmadores, el despotismo trumpista o de revalidar un gobierno de progreso, incluso revolucionario, en el Estado. ¡En este mundo tan atizado por el miedo no está todo perdido! Hay margen para la esperanza para todos aquellos que luchamos por un mundo mejor. En Mataró y en todas partes. Pero solo se consigue si nos reconocemos y nos organizamos en un frente amplio para ganarlo.

Alejandro Páez Jiménez, politólogo mataroní.

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