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Simó López

La piscina donde hemos crecido

Artículo de opinión de Simó López, concejal del grupo municipal de Esquerra Republicana de Mataró, sobre la necesidad de una nueva piscina municipal en la ciudad.

y hay lugares que entran en tu vida sin que te des cuenta. Un día vas con la escuela y, cuando lo piensas, han pasado cuarenta años. A mí me ha pasado con la Piscina Municipal de Mataró.

No he nadado grandes distancias, pero sí que he pasado muchas horas, he conocido a mucha gente y me he llevado recuerdos que me han acompañado siempre. Los primeros son de cuando iba a la E.G.B. en la Escola Balmes. Nos llevaban a aprender a nadar. Bueno, a aprender a no ahogarnos. Yo era discreto dentro del agua, empecé en el nivel rana y, con esfuerzo, llegué al pulpo. Mi futuro deportivo ya quedaba claro.

Aquellos años la piscina también vivía un momento importante. En 1986 cerró para hacer una gran reforma y reabrió en 1987 con una piscina pequeña, un gimnasio y unos vestuarios nuevos. Con el tiempo he pensado que aquella piscina pequeña fue una decisión brillante, ayudó a cientos de niños a perder el miedo al agua y dio calidad de vida a muchas personas mayores que podían hacer ejercicio tocando de pies. Un espacio que unió generaciones que, de entrada, no tenían nada que ver.

Y después estaban las personas. Pepet, o Berni, como lo conocía todo el mundo, siempre dando vueltas para que todo funcionara. De aquellas figuras discretas que, si un día faltan, todo el mundo las echa de menos.

La vida fue pasando. Volví una temporada con una compañera del instituto, más tarde llegaron los estudios, el trabajo, las obligaciones. Hacia 2010 me vuelvo a apuntar con Adrià, un compañero de trabajo. El médico me recomendó nadar y, como de técnica iba justo, me inscribí en el curso de perfeccionamiento de las siete de la mañana. Aquel cursillo me regaló mucho más que una mejor brazada.

La piscina tenía seis carriles, aunque a menudo nadábamos siete. Alguna uña dejó la vida, algún manotazo también, pero nunca una mala palabra. Nos conocíamos todos. Aquella falta de espacio, que hoy vemos como una limitación, creó un ambiente especial.

Fue allí donde conocí a Pere, Glòria, Susanna, Neus y toda la pandilla, Phelps, Quim, Xavi, Quique, Francisco, Urbi… Sin quererlo, acabamos haciendo una pequeña familia. Después de nadar venía la sauna, y aquellos veinte minutos eran mágicos, arreglábamos el mundo, hablábamos del Barça, de política, de Mataró, de salud… y también de cuestiones profundas como si pesa más un elefante o una jirafa. No sé si llegamos a alguna conclusión, y quizás es mejor así.

Los años siguen pasando y un día te das cuenta de que ya no eres tú quien aprende a nadar, son tus hijos. Los apuntas a los cursillos y, mientras ellos están dentro del agua, tú esperas, saludas a la gente de siempre y soportas aquel calor tan característico. Sin quererlo, tus hijos están aprendiendo a nadar exactamente en el mismo lugar donde lo hiciste tú. Y también tomas conciencia de la cantidad de horas que ha dedicado la familia, especialmente mi madre, que tantas veces ha llevado a mis hijos cuando yo no podía estar. Gracias, madre. Y gracias a todos los abuelos y abuelas que, día tras día, hacen este papel discreto pero imprescindible.

Con el tiempo he entendido que la Piscina Municipal no era solo una piscina. Mucha gente iba cada mañana no solo para hacer metros, sino para encontrar a los amigos, tomar el café, explicar cómo iban los nietos, reír un rato, salir de casa, sentirse útiles, mantener una rutina y reírse de todo lo que hiciera falta.

Muchas eran personas mayores. Y digo eran porque, como sabéis, hoy la Piscina Municipal sigue cerrada. A menudo, cuando hablamos de políticas sociales, pensamos en grandes planes. Pero una buena política social es tan sencilla como tener una piscina municipal abierta, bien mantenida y cerca de casa. Mantener activas a las personas mayores, ayudarlas a socializar, combatir la soledad no deseada y facilitar que sigan cuidándose también es hacer política. Y esto es lo que Mataró ha perdido por culpa de años de falta de planificación, de mantenimiento y de decisiones que siempre llegaban tarde.

También he ido al Sorrall, que es una magnífica instalación. Pero si vives en el Palau, Rocafonda, Molins, Cirera o en muchos puntos de la ciudad, ir allí no es práctico, está lejos, mal comunicado y convierte una hora de piscina en media mañana. Y, mientras la piscina pública seguirá cerrada durante mucho tiempo, hay que encontrar soluciones para que la gente no pierda este espacio de salud y convivencia. En Mataró hay otras piscinas, y por eso, desde Esquerra hemos propuesto que el Ayuntamiento llegue a acuerdos con más instalaciones, igual que ya ha hecho con el Sorrall, para que nadie quede desatendido mientras esperamos la nueva piscina.

La piscina que conocí de pequeño es, prácticamente, la misma que ha llegado hasta hoy. Han pasado cuarenta años desde la reforma de 1986. En este tiempo Mataró ha crecido, ha superado los 130.000 habitantes, han aparecido nuevos barrios y nuevas necesidades. La piscina, en cambio, se ha ido quedando pequeña hasta que un día dijo basta.

Cuando paso por delante del edificio no pienso en las vigas ni en las patologías estructurales. Pienso en Berni, en Phelps, en Neus, en los desayunos, en los debates de la sauna, en los niños haciendo la rana, en mis hijos aprendiendo a nadar en el mismo lugar donde lo hice yo. Pienso en una ciudad entera.

Por eso creo que el debate va mucho más allá de reparar una cubierta o reforzar una estructura. Va sobre qué modelo de equipamientos queremos dejar a las próximas generaciones.

Yo no quiero una piscina nueva porque la actual se haya hecho vieja, la quiero porque Mataró ha crecido, porque los niños de hoy merecen una instalación pensada para la ciudad y no para la ciudad de hace cuarenta años.

También para que las personas mayores sigan encontrando salud, amistad y compañía y los padres puedan llevar a sus hijos igual que nuestros padres nos llevaron a nosotros.

Y la quiero porque, dentro de cuarenta años, algún niño que hoy todavía está en el nivel rana pueda escribir un artículo parecido a este. Quizás contará otras historias, tendrá otros amigos, discutirá sobre otras cosas en la sauna, si es que todavía existen y, con un poco de suerte, nadará mejor que yo.

Me gustaría pensar que acabará escribiendo la misma frase que hoy escribo yo, que aquella piscina fue mucho más que una piscina. Fue un trozo de su vida.

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