La polémica generada por la triple interpretación del himno español durante la Procesión General de Viernes Santo no es un detalle menor ni una cuestión de gustos. Afecta principios básicos de cualquier democracia, como el respeto al carácter religioso de los actos de culto y la necesidad de preservar la convivencia evitando la instrumentalización política de la fe.
La Semana Santa es, por definición, un espacio de devoción y patrimonio compartido, no un escenario donde introducir símbolos de Estado que desvirtúan su sentido y lo convierten en un campo de confrontación. Las procesiones salen de Santa María con presbíteros y consiliarios, hecho que explicita su naturaleza religiosa. La Iglesia es responsable de su contenido y el gobierno municipal lo es de lo que ocurre en el espacio público, sobre todo en actos con apoyo institucional.
La Procesión General fue declarada Patrimonio Cultural de la Ciudad el año 2013 gracias a un modelo pactado que generó un amplio consenso político. Cuando un acto es patrimonio se convierte en un bien colectivo que Ayuntamiento, Iglesia y Comisión de Semana Santa tienen el deber de preservar. Después de lo que ha pasado este año es legítimo preguntarse si aquel consenso sería posible hoy.
En algún artículo se ha insinuado que Esquerra Republicana habría sugerido, sin decirlo, que esta situación no debería repetirse, pero no quiero que haya equívocos. El himno de España no debe sonar en la Procesión General de Mataró, no por identidad, sino por respeto institucional, neutralidad religiosa y convivencia.
La Semana Santa no puede ser utilizada para marcar territorio en un espacio que debe ser estrictamente religioso y comunitario, y menos aún cuando es la extrema derecha quien instrumentaliza este símbolo con voluntad de politizar el acto y dividir a la ciudadanía. Sorprende que algunos caigan de cuatro patas y acepten argumentos sobre libertad de expresión o autonomía organizativa cuando, en realidad, se utiliza políticamente un patrimonio que es de toda la ciudad.
No se trata de impedir que nadie se exprese, sino de evitar que un acto religioso se convierta en un acto político. La neutralidad es una garantía de respeto para todos y es lo que ha permitido que la Semana Santa en Mataró haya sido, durante años, un espacio de convivencia y equilibrio.
Hay que tener presente el contexto histórico del símbolo. El himno español fue impuesto por el franquismo el año 1942 y mantenido durante la transición sin un debate democrático real, en un momento en que los militares todavía condicionaban la vida política. El régimen utilizó la religión como instrumento ideológico y convirtió el nacionalcatolicismo en su relato central, con una Iglesia española, no la catalana, que actuaba como legitimadora.
Franco desfilaba “bajo palio” y en muchas procesiones se obligó a interpretar el himno como muestra de adhesión. Para mucha gente, escucharlo en un acto religioso todavía evoca aquella etapa de imposición y de confusión entre fe y poder.
La triple interpretación de este año no puede ser leída como un gesto espontáneo. Fue planificada y no buscaba la paz ciudadana, sino marcar presencia política en un espacio religioso. Y tampoco es cierto que solo el Mataró entre rondas se sintió incómodo. Mucha gente de toda la ciudad, incluyendo a personas poco identificadas con el renacimiento procesional, vivió aquel momento como una imposición.
Reducirlo a un debate territorial es una simplificación que no ayuda a entender la profundidad del problema, y tampoco es un debate de origen ni de pensamiento político. Lo que se cuestiona no es la identidad de nadie, sino la politización de un acto religioso que debería ser de todos.
El debate no va de gustos ni de identidades, sino de si un símbolo de Estado con una fuerte carga histórica y un uso político evidente puede formar parte de un acto religioso que es patrimonio de toda la ciudad. Si queremos preservar la convivencia y el respeto institucional, la respuesta es que no.
La Setmana Santa ha construido con los años un equilibrio frágil entre tradición, devoción y convivencia, y romper este consenso pone en riesgo un modelo que ha permitido que todo el mundo se sienta cómodo. Por eso hay que preservarla como un espacio neutral y respetuoso, una responsabilidad que recae sobre todo en las instituciones.
Mataró ha sabido proteger aquello que es de todos y ahora lo tiene que volver a hacer para que la fe no se convierta en motivo de confrontación y el patrimonio compartido continúe siendo un espacio de respeto y dignidad.
Si alguien piensa repetir la jugada, o incluso triplicarla otra vez, San Simón y las Santas Juliana y Semproniana tendrán que bajar a decir que basta, no fuera a ser que alguien piense que en Mataró ya no queda nadie con dos dedos de frente.