Estos días, las calles de Mataró y del Maresme vuelven a llenarse de mochilas. Empieza un nuevo curso y, con él, reaparecen las discusiones sobre exámenes, deberes, pantallas, motivación, ratios y resultados. Pero, antes de preguntarnos si la escuela funciona bien, quizás deberíamos hacernos una pregunta más sencilla: ¿qué le pedimos?
Que enseñe. Pero también que eduque, que fomente el espíritu crítico, que reduzca las desigualdades, que prepare para el mundo laboral, que enseñe a convivir y que forme ciudadanos responsables. Cada vez parece que esperamos más cosas de la escuela. Y quizás esto nos obliga a preguntarnos si todas estas funciones pueden recaer sobre una misma institución.
Aristóteles ya entendía la educación como algo más que transmitir conocimientos: educar tenía que ver con formar una manera de vivir. Pero esto plantea una pregunta incómoda: ¿quién decide qué manera de vivir debemos transmitir?
Cuando decidimos qué estudia un alumno de un instituto de Mataró, no estamos eligiendo solo unos contenidos. También estamos diciendo qué consideramos importante que conozca. ¿Por qué matemáticas? ¿Por qué historia? ¿Por qué literatura o filosofía? ¿Y qué pasa con aquello que no parece tener una utilidad inmediata?
John Dewey defendía que la educación no es simplemente una preparación para la vida futura, sino una forma de vida en sí misma. En la escuela no solo se aprende una asignatura. También se aprende a escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo, a trabajar con personas que no hemos elegido, a equivocarnos, a defender una idea y a descubrir que quizás estábamos equivocados. Una parte importante de aquello que la escuela enseña no aparece en ningún examen.
Pero tampoco todos los alumnos llegan al aula desde el mismo lugar. Dos jóvenes pueden compartir instituto, profesores y libros de texto y, sin embargo, tener experiencias familiares, recursos culturales y oportunidades muy diferentes. Pierre Bourdieu mostró cómo estas diferencias pueden acabar influyendo en las trayectorias educativas. La escuela puede intentar compensarlas, pero difícilmente puede eliminar por sí sola las desigualdades que existen fuera de sus paredes.
Y aquí aparece una cuestión que, a menudo, queda en segundo plano: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de la escuela?
Le pedimos que enseñe, eduque, iguale oportunidades, integre, motive, detecte problemas, prepare para el futuro y forme ciudadanos críticos. Pero si esperamos que la escuela resuelva todos estos problemas, quizás acabemos olvidando que la educación no es responsabilidad exclusiva de los centros educativos. También es responsabilidad de la sociedad que los rodea.
Hannah Arendt entendía la educación como la responsabilidad de los adultos de introducir a los jóvenes en un mundo que ya existe. Pero estos jóvenes, precisamente porque todavía no han quedado completamente ligados a este mundo, también deberán transformarlo.
Esta es, quizás, la paradoja de la escuela: debe introducir a los alumnos en el mundo que hemos construido, pero también prepararlos para transformarlo y reparar aquello que hemos dejado pendiente durante años.
Por eso, ahora que los centros educativos de Mataró y del Maresme vuelven a abrir sus puertas, el debate no debería empezar solo preguntándonos si los alumnos estudian lo suficiente, si tienen demasiados deberes o si el sistema funciona mejor o peor.
Antes deberíamos preguntarnos qué esperamos que haga una escuela.
Porque detrás de cada currículum, cada examen y cada asignatura hay una decisión mucho más profunda: ¿qué tipo de personas queremos ayudar a formar y qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando las educamos?