No tiene mucho sentido ir en contra de la defensa del descanso de las personas, la verdad. A nadie se le pasa por la cabeza que esto sea una buena idea. Básicamente porque dormir, y dormir bien, representan uno de esos momentos de plenitud absoluta que te reconcilian con cualquier percance que te haya pasado.
Pero lo intentaré hacer. No como un ataque al sueño, evidentemente, pero sí en defensa de la vida urbana. Porque la ciudad, entre otras muchas cosas, debe ser un espacio de descanso, claro, pero no solo eso. No puede ser que, a partir de esta verdad, se formalice una política y una construcción oficial monolítica que no acepte grietas dentro del espacio en el que nos encontramos. La ciudad, por definición, es un entorno mucho más caótico, imprevisible, ingobernable y conflictivo. Toda una serie de adjetivos que, para mí, son de lo más atractivos. La ciudad es, en definitiva, un espacio de socialización que no siempre se puede controlar.
Los recortes en los horarios festivos en el marco de la fiesta mayor, Les Santes, responden a una mirada y voluntad política de domesticar un entorno, la ciudad, que históricamente siempre ha constituido un ecosistema donde la razón y el caos entran en conflicto. Y como ya son muchos los que defienden una ciudad obedecible y obediente, pues no creo que pase por nada por querer romperlo un poco todo y generar un poco de conflicto. De hecho, el conflicto tiene muy mala prensa, pero sin él nunca habríamos avanzado socialmente.
Volviendo a la fiesta y la reducción de horas de ocio nocturno. Me enfada este tema, me enfada mucho. Supongo que cada uno tiene sus manías, y una de las mías es ver cómo las ciudades, en este caso Mataró, se convierten en no-lugares. Es decir, la construcción de espacios que no existen, la simplificación identitaria. Mataró, como buen cachorro metropolitano, ha accedido al juego del modelo ejemplarizante que se ha ido consolidando en Barcelona en las últimas décadas, el de una ciudad que poco a poco va desapareciendo.
La fiesta es, en sí misma, un elemento que identifica el lugar que habitamos con una manera de entender la vida. A menudo, esta identidad local es mucho más universal de lo que nos pensamos, incluso con las mismas prácticas festivas, pero por el lugar, el momento y las personas que la ejecutan cada fiesta se convierte en única. Por lo tanto, defender la fiesta es defender la vitalidad del lugar donde vivimos. También defender, de alguna manera, el caos que pueda surgir de ella. Sin ella, o con una graduación menor de ella, se desdibuja y se simplifica la vida urbana de nuestro entorno, se mimetiza y pasa a ser mucho más homogénea culturalmente.
Supongo que habrá quien dirá que unas pocas horas de menos en el calendario festivo no tienen demasiada importancia. Que no es para tanto. Y sí, dentro de una lógica obedecible y obediente, es así. Desde un punto de vista de ciudades de revista, no se puede hacer ninguna objeción. Pero como decía, cada uno tiene sus manías, y la de preservar la vida urbana, donde el ocio dentro de un marco festivo tradicional y popular es primordial, para mí es una de ellas. Lo es porque la fiesta es una excepción a la regla. Es un paréntesis en el calendario, un momento que corta con la normalidad y que rompe con la normatividad de los días. Es el momento, además, en que la acción traspasa paredes y se sitúa en las calles, conocidos en este mundo en el que vivimos como espacio público.
Normalmente, e históricamente, la fiesta ha mantenido una relación tensa entre lo oficial y lo que se convierte en popular. Entre lo normativo y la acción de la ciudadanía, esta última cada vez más limitada. Un buen ejemplo es la verbena de Sant Joan, en la que durante siglos las hogueras populares han hecho brillar la noche hasta el amanecer. Una realidad que poco a poco ha quedado cercenada por este monitoreo excesivo de la acción popular. En este sentido, el problema no son unas horas de fiesta de más o de menos, como la concepción de las calles como un lugar donde tienen que pasar cosas. Cosas que, históricamente, no siempre han podido controlar los poderes de turno.
No digo que un ayuntamiento no deba planear, organizar y ejecutar unas políticas, ni mucho menos. No es esto una defensa ultraliberal del derecho individual, antes al contrario. Defiendo, y pienso firmemente, que los ayuntamientos deberían intervenir más y mejor, pero siempre entendiendo y concibiendo la fiesta y la calle como un espacio donde la energía ciudadana da pie a salir de la norma y abrir rendijas que, en la suma, no tienen ningún interés mercantil o financiero. En el que la finalidad sea la misma reproducción de vivir viviendo, y no la consecución de un ocio como producto. No puede ser que, en favor de una supuesta convivencia ciudadana, desvistamos elementos que dan esta vitalidad urbana, la fiesta, mientras no damos herramientas para que las personas que conforman esta vitalidad puedan seguir ejerciendo su derecho a la ciudad. Uno de los casos más flagrantes es el del ocio nocturno, apartado de la ciudad y privatizado por unos pocos. Pérdidas colectivas y ganancias individuales.
Cerrando el tema de las horas de menos en la fiesta mayor. Es plausible que un ayuntamiento acepte el discurso del descanso de sus ciudadanos, es evidente. Supongo que debe dar votos, no sé ni me interesa mucho eso. Pero este discurso, esta verdad convertida en tótem monolítico, no deja de ser una forma política para convertir las calles en espacios donde no pase nada. Es una acción para expulsar la socialización del espacio público si no está reglamentada a través de la terraza de un bar o un concierto con aforo limitado. El objetivo, por tanto, es poner fin a aquello azaroso que puede pasar en la ciudad y controlar, hasta el último detalle, la cara ingobernable, imprevisible, caótica y conflictiva de la vida urbana. Una cara que, si desaparece, nos condena a vivir en un no-lugar.