Una convocatoria difundida inicialmente en TikTok —y posteriormente por otras redes— desencadenó en los disturbios del pasado 24 de octubre en el centro de Barcelona, que terminaron con un centenar de detenidos, muchos de ellos menores de edad. Mucha gente se pregunta quién hay detrás de estos hechos vandálicos y qué intereses tiene, pero la realidad quizás es más áspera. El quién y el porqué son solo síntomas de una corriente de fondo más amplia: la viralización de la morbosidad, como única respuesta a las crisis —también de valores— que asolan nuestra sociedad. Estos hechos ponen en evidencia un problema sobre el cual hace tiempo que deberíamos haber actuado: la influencia desmesurada de TikTok sobre nuestros adolescentes.
Como profesor de secundaria, observo con preocupación cómo esta red social condiciona cada vez más los referentes, los intereses, las actitudes e, incluso, los valores de una parte importante del alumnado. No hablamos simplemente de una aplicación para entretener, sino de una plataforma que compite directamente con los agentes serios que los deberían formar como futuros ciudadanos.
TikTok representa la máxima expresión de la cultura de la inmediatez o, dicho de otra manera, encarna los peores males de las pantallas y las redes sociales. Se trata de vídeos brevísimos con imágenes impactantes y estímulos constantes, consumidos uno tras otro sin parar. La aplicación está pensada para captar la atención del usuario y retenerlo enganchado a la pantalla indefinidamente, en un formato que no admite argumentos ni matices, y busca la dopamina fácil: un robo, un cuerpo sexualizado, o cualquier situación morbosa. Las consecuencias cognitivas ya empiezan a ser estudiadas seriamente. Una revisión del 2025 de 71 estudios, encontró una asociación entre un consumo más elevado de vídeos cortos y peores indicadores de atención y control inhibitorio.
Mientras escribo esto, siguen proliferando modas virales que asaltan las pantallas de nuestros jóvenes: los therians, las llamadas batallas de aura y todo tipo de ‘retos’ que adquieren popularidad a una velocidad inimaginable. Lo más preocupante es que, aquello que el algoritmo convierte en tendencia, crea una realidad colectiva que los jóvenes necesitan reproducir.
Aún mucho más preocupante es la vehiculación de las pulsiones más bajas por esta plataforma: los discursos machistas, xenófobos y de extrema derecha. Vemos a 'influencers' que provocan conflictos, mensajes que criminalizan a migrantes o vídeos que cosifican a las mujeres. A esto se añaden trends como las tradwives, que idealizan los roles patriarcales, o tendencias de bailes sexualizantes. Una investigación de la University College London de 2024 constató que, en cuentas que simulaban perfiles de chicos adolescentes, los contenidos misóginos recomendados por TikTok pasaban del 13% al 56% en cinco días. Un estudio de la Universitat Ramon Llull de este año también ha analizado cómo los códigos virales de TikTok contribuyen a normalizar los relatos de la extrema derecha.
En las aulas, estas influencias afectan la manera de entender las relaciones afectivas por parte de los jóvenes, y esta exposición cuesta mucho de contrarrestar solo con talleres de educación sexual y la acción tutorial. TikTok —y otras aplicaciones y redes— contribuyen a crear un ecosistema digital que normaliza determinados modelos de conducta: compartir la ubicación con la pareja, controlar con quién se relaciona o exigir explicaciones sobre cada movimiento que hace.
Y TikTok no solo crea fenómenos juveniles, sino que se ha convertido en su principal fuente de información. El 24 de octubre me pilló en medio de Plaça Catalunya con los disturbios, y tuve que ir a coger el metro en Universitat. Allí, unos chicos se preguntaban entre ellos qué estaba pasando. La respuesta fue inmediata: entrarían en TikTok para informarse. Según el informe Digital News Report 2026, cuatro de cada diez jóvenes de 18 a 24 años consumen semanalmente noticias a través de esta plataforma. La información, la desinformación y el entretenimiento se mezclan en un mismo flujo macabro.
Ante esta realidad, apelar exclusivamente a la responsabilidad de las familias es insuficiente. Un padre puede decidir que su hijo no utilice TikTok, pero no puede evitar la presión social de los compañeros y, en esta edad, la necesidad de pertenencia es muy importante. 'Curiosamente', en China, país de origen del TikTok, la plataforma equivalente dispone de un sistema mucho más restrictivo para los menores de 14 años, que tienen activado obligatoriamente un modo protegido con restricciones horarias y una selección de contenidos adaptados. ¿Y entonces, por qué aquí tenemos que aceptar una exposición tan salvaje a todo tipo de contenidos?
Por suerte, el mundo educativo cada vez es más consciente de los perjuicios de las pantallas y del mal uso de las redes, y eso explica los últimos cambios pedagógicos en relación con los móviles y las nuevas tecnologías en nuestros centros; pero eso solo no es suficiente. Habría que exigir al menos una versión restringida de TikTok, sin algoritmos adictivos ni contenidos perjudiciales. La escuela debe educar en el pensamiento crítico, el respeto y la igualdad, pero esta tarea se vuelve extraordinariamente difícil cuando competimos diariamente con una plataforma que premia los valores contrarios. No podemos seguir exigiendo a la escuela que resuelva unos problemas que, como sociedad, permitimos que se fabriquen y se multipliquen en las pantallas de nuestros hijos.
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