La Navidad de 1962 ha quedado marcado en la memoria colectiva de varias generaciones de mataronins. Fue el año de la Nevada, así, en mayúsculas. No hubo ningún fenómeno meteorológico durante el siglo XX tan impresionante y que generara tantas conversaciones como aquella enorme precipitación de nieve que va col•lapsar Mataró. La mayoría de municipios catalanes sufrieron las consecuencias, pero a la capital del Maresme es especialmente recordada porque la virulencia del fenómeno contrastó del todo con su clima especialmente suave y benigno, propio de una ciudad mediterránea. Tanto, que 50 años después es un hecho inolvidable para quien lo vivieron, y nadie ha escapado a su relato. Este diciembre se cumple medio siglo de la grande nevada y Mataró lo conmemora con una exposición que se podrá ver a partir del día 21 de este mes a Can Palacete, el Museo Archivo de Santa Maria y la sede de la Unión Excursionista de Cataluña. Además, el tradicional cuento de Navidad de Renacuajo, escrito por Manuel Cusachs e ilustrado por Agnès Vallès, puerta por título "Aquella Navidad, cuando Mataró se vistió de blanco". Una vía para dar a conocer a los más pequeños aquel fenómeno, que seguramente todavía tardará muchos años al repetirse.
Que nieve a primera línea de mar es un hecho por si mismo poco habitual. Que la nieve cuaje es una estampa que se repite muy pocas veces en las ciudades costeras. Pero que se acumule más de medio metro de nieve, tal y como pasó por la Navidad de 1962, es del todo extraordinario. La Asociación Catalana de Meteorología (ACAM) publicó en 1997 un extenso reportaje sobre las condiciones meteorológicas que lo comportaron. Un anticiclón al sector de Dinamarca y una depresión entre Cerdeña y el norte de África dejó un pasillo de aire gélido procedente de Siberia. en tan sólo 24 horas, entre los días 23 y 24 de diciembre, las temperaturas bajaron de la orden de 10°C. La depresión situada en el Mediterráneo aportaba la humedad necesaria porque las precipitaciones fueran generalizadas. Alrededor de las 12 de la noche, coincidiendo con la Misa del Gallo, empezaron a caer los primeros copos de nieve a las ciudades costeras como Mataró. El día de Nadal no paró de nevar hasta la noche. Por Santo Esteve, Mataró se despertó de blanco, con gruesos de nieve que llegaban a los 70cm, según datos de la estación meteorológica que había a las Escuelas Pías Santa Anna.
Coches cubiertos de nieve. Vecinos armados con palas abriéndose camino desde la puerta de casa. Esquiadores que utilizaban las calles de la ciudad como si fueran pistas de los Pirineo. Niños que se las ingeniaban para crear trineos improvisados y deslizar a toda velocidad por los viales, parques y plazas. Muchedumbres de fotógrafos aficionados y profesionales de procesión para inmortalizar un momento irrepetible. Carreteras y vías de tren cortadas al tránsito. Muñecos de nieve a cada esquina. Manuel Cusachs recuerda especialmente dos estampas. "La luz tan intensa de la mañana de Santo Esteve, con un día radiante sin ninguna nube y el solo reflejándose a la nieve que se acumulaba por todos lados", por un lado, y "el silencio absoluto" que se vivía en la ciudad, puesto que ningún vehículo motorizado pudo circular.
El historiador mataroní Nico Guanyabens, miembro del Museo Archivo, apunta que es "de puro sentido común" que la nevada dejara esta impronta tan grande en la memoria colectiva y que todavía hoy sea recordada. "Se produjo por Nadal, en días festivos donde todo el mundo estaba en casa, la nevada fue increíblemente abundante y nunca más se ha vuelto a repetir". Mataró vivió una Navidad blanca, con todo el mundo quién podía envolviéndose en abrigos y saliendo a la calle a comprobar con sus propios ojos que aquello que vivían era real. En aquellos tiempos, la cámara fotográfica ya se había extès como aparato doméstico, muchos hogares tenían una. Es por este motivo que la cantidad de testigos fotográficos de Mataró nevada es muy grande.
La mayoría de instantáneas, pero, sólo muestran la cara amable y divertida de la nevada, que evidentemente comportó un terrabastall muy importante para la vida cotidiana de la ciudad, nada acostumbrada a estas inclemencias meteorológicas. "Los problemas llegaron cuando la nieve se convirtió en hielo", recuerda Manuel Cusachs. Los resbalones, contusiones y huesos rotos estuvieron a la orden del día. Las forneries, lecherías y ultramarinos hicieron caja vendiendo mucho género a ciudadanos atemorizados que la ciudad quedara bloqueada. Bomberos y Cruz Roja tuvieron que redoblar esfuerzos. Muchos mataronins tuvieron que subir a los tejados de sus hogares para sacar la nieve que se acumulaba y hacía peligrar el techo. Relats de la época hablan del uso de tractores para ir a buscar los muertos de aquellos días a los hogares y poderlos enterrar, y de mujeres parteres transportadas en el hospital en literas entre la nieve. El tránsito rodado y la circulación de los trenes no se pudo recuperar hasta después de una semana, y no fue hasta pasado Reyes que la situación se normalizó del todo. Pero todos los problemas que comportó quedaron en un segundo plan ante el extraordinario capítulo que había vivido la ciudad. "Para los quién lo pudimos vivir, fue una experiencia bellísima", concluye Cusachs.
Que nieve a primera línea de mar es un hecho por si mismo poco habitual. Que la nieve cuaje es una estampa que se repite muy pocas veces en las ciudades costeras. Pero que se acumule más de medio metro de nieve, tal y como pasó por la Navidad de 1962, es del todo extraordinario. La Asociación Catalana de Meteorología (ACAM) publicó en 1997 un extenso reportaje sobre las condiciones meteorológicas que lo comportaron. Un anticiclón al sector de Dinamarca y una depresión entre Cerdeña y el norte de África dejó un pasillo de aire gélido procedente de Siberia. en tan sólo 24 horas, entre los días 23 y 24 de diciembre, las temperaturas bajaron de la orden de 10°C. La depresión situada en el Mediterráneo aportaba la humedad necesaria porque las precipitaciones fueran generalizadas. Alrededor de las 12 de la noche, coincidiendo con la Misa del Gallo, empezaron a caer los primeros copos de nieve a las ciudades costeras como Mataró. El día de Nadal no paró de nevar hasta la noche. Por Santo Esteve, Mataró se despertó de blanco, con gruesos de nieve que llegaban a los 70cm, según datos de la estación meteorológica que había a las Escuelas Pías Santa Anna.
Coches cubiertos de nieve. Vecinos armados con palas abriéndose camino desde la puerta de casa. Esquiadores que utilizaban las calles de la ciudad como si fueran pistas de los Pirineo. Niños que se las ingeniaban para crear trineos improvisados y deslizar a toda velocidad por los viales, parques y plazas. Muchedumbres de fotógrafos aficionados y profesionales de procesión para inmortalizar un momento irrepetible. Carreteras y vías de tren cortadas al tránsito. Muñecos de nieve a cada esquina. Manuel Cusachs recuerda especialmente dos estampas. "La luz tan intensa de la mañana de Santo Esteve, con un día radiante sin ninguna nube y el solo reflejándose a la nieve que se acumulaba por todos lados", por un lado, y "el silencio absoluto" que se vivía en la ciudad, puesto que ningún vehículo motorizado pudo circular.
El historiador mataroní Nico Guanyabens, miembro del Museo Archivo, apunta que es "de puro sentido común" que la nevada dejara esta impronta tan grande en la memoria colectiva y que todavía hoy sea recordada. "Se produjo por Nadal, en días festivos donde todo el mundo estaba en casa, la nevada fue increíblemente abundante y nunca más se ha vuelto a repetir". Mataró vivió una Navidad blanca, con todo el mundo quién podía envolviéndose en abrigos y saliendo a la calle a comprobar con sus propios ojos que aquello que vivían era real. En aquellos tiempos, la cámara fotográfica ya se había extès como aparato doméstico, muchos hogares tenían una. Es por este motivo que la cantidad de testigos fotográficos de Mataró nevada es muy grande.
La mayoría de instantáneas, pero, sólo muestran la cara amable y divertida de la nevada, que evidentemente comportó un terrabastall muy importante para la vida cotidiana de la ciudad, nada acostumbrada a estas inclemencias meteorológicas. "Los problemas llegaron cuando la nieve se convirtió en hielo", recuerda Manuel Cusachs. Los resbalones, contusiones y huesos rotos estuvieron a la orden del día. Las forneries, lecherías y ultramarinos hicieron caja vendiendo mucho género a ciudadanos atemorizados que la ciudad quedara bloqueada. Bomberos y Cruz Roja tuvieron que redoblar esfuerzos. Muchos mataronins tuvieron que subir a los tejados de sus hogares para sacar la nieve que se acumulaba y hacía peligrar el techo. Relats de la época hablan del uso de tractores para ir a buscar los muertos de aquellos días a los hogares y poderlos enterrar, y de mujeres parteres transportadas en el hospital en literas entre la nieve. El tránsito rodado y la circulación de los trenes no se pudo recuperar hasta después de una semana, y no fue hasta pasado Reyes que la situación se normalizó del todo. Pero todos los problemas que comportó quedaron en un segundo plan ante el extraordinario capítulo que había vivido la ciudad. "Para los quién lo pudimos vivir, fue una experiencia bellísima", concluye Cusachs.