Hay fiestas mayores que se celebran con sensatez, programa en mano y agua en el bolso. Les Santes no. Llegan, te dicen: "Venga, reina, este año también harás ver que controlas". Y tú, con cierta experiencia en autoengaño festivo, dices que sí.
En Mataró, Les Santes no son solo cinco días de fiesta. Son una manera muy nuestra de perder la compostura sin dejar de sentirnos civilizados. Aquí amamos a Robafaves con una intensidad que, explicada a alguien de fuera, puede parecer preocupante. Pero no lo es. Bueno, un poco sí. De esas preocupaciones bonitas.
El secreto es que Les Santes no se entienden mirando un horario. Se entienden cuando la Riera deja de ser una vía urbana y se convierte en un río humano, alegre, pegadizo y convencido de que dormir está sobrevalorado. Se entienden con la Crida y con el Desvetllament bellugós, cuando la Familia Robafaves sale y Mataró entra oficialmente en ese estado mental que mezcla orgullo local, sudor y cero prudencia.
La Nit Boja es nuestro gran monumento al "yo solo hago un trozo". Una frase que ha destruido más planes familiares que cualquier reunión de comunidad. Empiezas con cara de persona responsable y acabas en la Ruixada con el aspecto de un calcetín centrifugado, pero feliz. Empapada, cansada, con el pelo negociando su dimisión y pensando que quizás esto es exactamente vivir.
Hay fuego, tambores, gente que corre, gente que mira y gente que dice que ya no tiene edad mientras se implica más que los adolescentes. Está la Momerota, el Drac, el Dragalió, las Diablesses, el Àliga, los Nans y esa liturgia popular que no necesita grandes explicaciones porque se te pega sola. Como la purpurina, pero con más pólvora y menos dignidad capilar.
Y cuando piensas que quizás dormirás, pobre criatura inocente, llegan Les Matinades. En Mataró el día no empieza: te estalla en la ventana con grallas y voladores. Abres un ojo, intentas recordar quién eres y dónde vives, y entonces lo entiendes: ¡es Fiesta Mayor! Aquí incluso despertarse es un acto colectivo, ruidoso y ligeramente temerario.
Lo más bonito no es la fiesta como espectáculo. Es ver Mataró en la calle, quejándose del calor, de las aglomeraciones y de todo lo que haga falta, pero con esa lealtad absoluta de quien protesta mientras no se perdería nada por nada del mundo. Somos así: gruñones profesionales y devotos sin remedio.
Las Santas te hacen sentir parte de algo, incluso cuando intentas cruzar una plaza llena y tu único objetivo vital es llegar al otro lado con las dos sandalias y una mínima noción de quién eres. Te hacen reír, sudar, cantar, mirar a los gigantes con ojos de criatura y recordar que una ciudad también se construye con rituales compartidos, música, fuego, agua y gente volviendo a casa tardísimo jurando que "nunca más" con la credibilidad de un político en campaña.
Si eres de fuera, ven. Pero ven sabiendo que no vienes a ver una fiesta mayor. Vienes a entrar en una obsesión colectiva muy bien iluminada, con banda sonora propia y una capacidad admirable para convertir el cansancio en patrimonio emocional.
Las Santas no se hacen. Las Santas te arrastran, te despeinan, te dejan el cuerpo en estado de denuncia y el alma extrañamente contenta. Y cuando llega el "¡No n'hi ha prou!", Mataró no está pidiendo un bis: está firmando un contrato con el caos, con el fuego, con el agua y con esa alegría tan nuestra de no saber marcharse cuando toca. Somos una ciudad cansada, feliz y absolutamente ingobernable durante cinco días. Y mira, que dure.