El Fanalet de Mataró se apaga. Una de las pizzerías más míticas, antiguas e históricas de la capital del Maresme sirve hoy viernes y mañana sábado sus últimas comidas y cenas, con la lista de reservas a rebosar. Lluís Álvarez, el alma de El Fanalet, se jubila y después de darle vueltas durante tiempo ahora ha llegado el momento. Se acaba la historia de una pizzería de cercanía y trato personal. Un local con ángel y una carta inconfundible. Muchísimos mataronenses se quedan sin su pizzería de cabecera, siempre en la calle de Sant Cristòfol, junto a la plaça Xica y la plaça de la Peixateria, donde luce erguido el farol monumental que inspiró el nombre de un restaurante histórico.
La gente más joven quizás no es consciente pero de pizzas, en Mataró, no hace tanto no se podían hacer prácticamente en todas partes como ocurre ahora. A caballo de los 80 del siglo pasado se contaban con los dedos de una mano los restaurantes que se atrevían con la cosa italiana. El Caminetto —todavía abierto— y el Gattopardo —ya cerrado— solían decir que habían sido los primeros en hacerlas. El Tramvia, en Cerdanyola, y el Niu, en la calle de Argentona, fueron los siguientes. Y precisamente en este último, el Niu, nació un dúo gastronómico que acertó y acabó abriendo sus propios restaurantes. Primero la Pizzeria Lluís, en les Escaletes, y ahora a punto de abrir en la antigua farmacia de la Plaça Xica, y después, en 1992, el Fanalet. Con un Lluís al frente que no es Lluís de la Pizzería homónima. El Lluís de El Fanalet es Lluís Álvarez.
Lluís Álvarez es un trabajador de piedra picada con la jubilación merecida, ganada y meritada más de una vez. Desde los 14 años trabaja en la cocina y estos últimos días, desde que ha anunciado el cierre de El Fanalet, lo admite abiertamente, está blando de emociones. "Son muchos años, es mucha gente y es mucha historia". Este jueves por la noche todo el mundo que se marchaba de El Fanalet lo abrazaba. La clientela, lógicamente, agradece la singladura de una pizzería como esta. En muchos casos, la pizzería de su vida. Lluís bajará la persiana el sábado cuando termine con el turno de cenas y entonces se habrá acabado la historia de El Fanalet. Seguirá trabajando hasta entonces con el ritmo ajetreado y la bonhomía de trato que lo ha hecho todos estos 34 años. Y aunque hace meses que iba diciendo que la cosa era inminente y la despedida la ha podido hacer casi todo el mundo —aunque no lo supiera— resopla cuando ve la cantidad de gente que ahora quiere correr a despedirse de la mesa puesta y la carta de El Fanalet.
Una carta mítica
La gran gracia de El Fanalet ha sido la persistencia en una misma idea de cocina. El valor de conservar lo que vale, para que siga haciéndolo. Cuando abrió en el año 1992 el restaurante ya tenía pizzas que no ha dejado de tener. Pizzas que se convierten en leyenda como la Reina, la Capri, la Fanalet, la Lluís o la clásica, entre otras. También postres, acompañantes. El Fanalet toca las pizzas y Lluís, admite, lo hace tal como lo mamó y aprendió en El Niu. Si algo funciona, no lo toques demasiado. En El Fanalet sabías lo que pedías y exactamente cómo saldría. De los entrantes a la sangría de cava —golosa como pocas— o los postres. La carne a la brasa, excelsa. De los pocos locales donde todavía hay Tobago —nombre mataroní y postre a conservar— o el globet a la brasa con helado de vainilla, que siempre le han seguido llamando xuxo, por cierto. Se echará de menos aquel local de toda la vida donde grupos, parejas y familias convivían.
Las pizzas del Fanalet no son italianas. Que se entienda. Ahora que abren y están de moda, con los ingredientes provenientes o citados con lengua transalpina. No. En el Fanalet la pizza es pizza a la catalana. Con ingredientes y apuestas de temporada. En tiempo de calçots, pizza de calçots. La Corpus, con bacalao y samfaina; nombres como la Drac, Nivell o Figueretes. Míticas como la Pedraforca, virguerías como la Carlos. La carta por un lado y las recomendaciones por el otro. Todo un ritual único a dos y tres turnos. Una cocina de aquellas que muchas veces —y aún más en fechas señaladas como Les Santes o Navidad— tardaba en cerrar. Decenas de trabajadores se han vaciado, literalmente. A la manera marcada por Lluís: a trabajar y a hacerlo bien.
Del fanal monumental de la Plaça de la Peixateria —que dice la leyenda que se plantó tan grande para hacer olvidar los escalones del edificio patrimonial que la reforma eliminó— al Fanalet como nombre que hizo fortuna y que siempre suscitará una sonrisa de agradecimiento y buen recuerdo a quien lo tuvo como restaurante en estima. Lluís Álvarez, que dice que es hombre de pocas palabras, quiere mantener el trato humano con tanta gente a quien ha alimentado sin el ajetreo del trabajo, de todos estos años. Por lo tanto, si sois fanaleteros, cuando lo veáis, dadle las gracias por todo.
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