Si te paras a pensarlo, aquí estaba Paco, un bar de copas y la pizzería además del horno. Nada más. Incluso era como más oscura de noche, la plaza. Ahora es otra cosa y si quieres sentarte en una terraza en viernes o sábado ya puedes darte prisa en reservar". Enric es cliente habitual de la zona de la Plaça Xica de Mataró, una plaza que de hecho es poca plaza —el topónimo no existe como tal— y que está a punto de completar una metamorfosis completa para convertirse en referencia. A rebufo y a continuación de la eclosión de la Plaça Gran, que en cierto modo se inspiró en el ejemplo de la zona de la plaza y la calle de Cuba. El Centre de Mataró vive de sus plazas y la hostelería es un sector cada vez más fuerte.
En la Plaça Xica, de toda la vida, quedan pocos negocios. La bacaladería de La Montserratina —cal morro tallat—, La Confianza, la carnicería Raventós y para de contar. Estaba la Farmacia pero ya cerró y, de hecho, en su local abre ahora la conocida Pizzeria Lluís, después de tantos años en Les Escaletes. No será la única pizzería de la zona, ni mucho menos. Abre otra —de pizzas para llevar— en el local de la esquina con la calle d'en Pujol que durante años ha ido abriendo y bajando. En la parte de arriba el horno de pan, además, se ha ido especializando. La tienda de tés y café funciona. El Celestún ya hace tiempo que ocupó el lugar de la antigua Tavola y es el mexicano de referencia del Centre.
En la parte de abajo l'Altre hace 15 años —abrió como Públic— y enfrente ya hace tiempo que el Molta Malta congrega la parroquia de la cerveza artesana. La catedral local es el Drunk Monk, pero en esta sede eclesial del paladar cervecero nunca faltan fieles. Hace una década y pico que el Tapavins abrió con un nombre que no engaña, como elevando el listón de todo. Es un local que funciona que ha visto abrir Le Robot, enfrente, y hace poco la Vicaria, en la esquina con la calle d'en Xammar. Queda una esquina para comer cosas de calidad y beber también fijándose. Locales de nivel. Segmento medio-alto.

La coincidencia de locales en un espacio tan pequeño ha acabado generando un nuevo hábito urbano: cada vez hay más gente que ya no queda en un establecimiento concreto, sino que queda directamente en la Plaça Xica y, una vez allí, decide dónde entra, dónde toma la primera copa o dónde acaba cenando. Esta concentración ha creado un efecto llamada que beneficia al conjunto: el movimiento de un local alimenta el del lado, la terraza llena da ganas de quedarse, y la plaza funciona como una especie de pequeño ecosistema gastronómico en el que todos los establecimientos se refuerzan entre ellos. Pero este despertar también ha tenido derivadas menos amables. A ojos —y sobre todo a oídos— de algunos vecinos, la nueva vitalidad de la zona ha comportado ruidos, conversaciones a deshoras y comportamientos poco cuidadosos cuando ya no toca hacer jaleo. Por eso hay quien alza la voz contra aquellos que no respetan, ni siempre hacen respetar, el descanso vecinal cuando la plaza ya debería volver a ser plaza y no prolongación nocturna de la fiesta.
La historia se repite
Todo esto ha pasado en la Plaça Xica, repitiendo en cierta manera y a través de la gastronomía la propia historia del lugar. Y es que la Plaça Xica siempre ha tenido algo de hermana pequeña de la Plaça Gran. No en el sentido de ser menos importante, sino en ese papel discreto y necesario de vuelta, de rincón que completa el latido principal del centro viejo de Mataró. Si la Plaça Gran era el espacio grande —el nombre ya lo dice todo—, el lugar del mercado, del ajetreo, de los puestos, de las conversaciones de mañana y de la vida comercial que se ha ido sedimentando durante siglos, la Plaça Xica ha sido a menudo la continuación natural, el repliegue más íntimo, el respiro cerca del bullicio. Allí donde la ciudad hacía compra, intercambiaba palabras y reconocía las caras de siempre, la Plaça Xica aparecía como una especie de contrapunto: más pequeña, más recogida, pero igualmente ligada a esta manera tan mataronina de entender el centro como un lugar donde pasan cosas, donde la piedra, las tiendas y la gente acaban haciendo comunidad.
Ahora, de alguna manera, aquella lógica antigua parece que se vuelve a reproducir. Lo que durante mucho tiempo pasó en clave de mercado y vida comercial se reactiva hoy en clave gastronómica, con una Plaça Xica que se despierta, que gana presencia y que empieza a concentrar locales, terrazas y propuestas con personalidad. La pequeña vuelta de la Plaça Gran vuelve a hacer de vuelta, pero con un lenguaje nuevo: el del vermut, la cena informal, la copa compartida y el descubrimiento de lugares que corren de boca en boca. La Plaça Xica se está poniendo de moda precisamente porque conserva esta escala humana que la hace especial: no quiere competir con la Plaça Gran, sino dialogar con ella, alargar su vida, convertirse en una segunda escena del mismo relato urbano. El centro de Mataró, que siempre ha girado alrededor del comercio, encuentra aquí una nueva manera de continuar siendo punto de encuentro.
Ya no es propiamente Plaça Xica, pero en la plaça d’en Xammar está la Lola con una de las terrazas que van buscadas. Tampoco es ya este espacio para ir abajo conectas con la plaça de la Peixateria, pequeñita y con el Petit Racó guardando la esquina y el buen gusto popular. El punto de encuentro. Si tomas la calle de Barcelona te vas a la plaça de Santa Anna -con toda aquella oferta como medio cosmopolita de pueblo y dominio de franquicias- y después te puedes ir hacia la zona de la plaça de Cuba. El conocido como ‘circuito de plazas’ que los políticos y urbanistas siempre mencionan como la clave de bóveda para el resurgimiento del Centro se convierte poco a poco en realidad a partir de la hostelería ya que -en medio de las idas y venidas- parece que este es de los sectores que más están apuntalando la economía local.
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