Hay productos que son mucho más que un ingrediente. En Caldes d’Estrac, el guisante —especialmente el guisante de la floreta— es identidad, paisaje, economía local y memoria colectiva. A las puertas de la 32ª Pesolada, que arranca el 20 de marzo y se alargará hasta que se acaben los guisantes, el municipio vuelve a reivindicarse como el pueblo de la Pesolada. Pero este año la cita gastronómica llega con un reto mayúsculo: cada vez hay menos guisante propio.
La Pesolada no es solo una ruta de menús en los restaurantes de la villa. Es una declaración de amor al producto de proximidad, un escaparate del talento culinario local y una herramienta de resistencia ante los efectos del cambio climático y la transformación del modelo agrario del Maresme.
El agricultor del Maresme Dídac Valera lo explica sin rodeos: “El cambio climático trastoca el guisante, como con otras frutas y verduras de temporada”. El problema no es menor. El guisante tradicional del territorio —como el garrofal de Llavaneres o el de la floreta— se cultiva al aire libre y depende de un equilibrio delicado entre frío, lluvia y suavidad primaveral. “Nos encontramos con que los otoños son demasiado cálidos, más cálidos de lo que eran y eso hace que las plantas crezcan demasiado cuando no sería época de hacerlo”, detalla Valera. Y añade: “La tónica es que el otoño, el invierno y la primavera se ha vuelto más seca y cálida de lo que eran y eso hace que el guisante, cuando debería nacer y crecer suave, lo haga de forma demasiado acelerada”.
Este crecimiento precipitado acorta la temporada y altera la calidad. Si hace demasiado calor, la planta se espiga antes; si el frío llega fuera de lugar, también afecta la floración. El resultado es claro: menos producción y menos regularidad.
Mientras tanto, en invernadero se pueden trabajar variedades como el utrillo, hoy mayoritaria en el mercado. Pero Valera lo subraya: “Es una variedad diferente al garrofal. Es un guisante fuera de temporada, que no es de aquí”. El guisante de floreta de Cabrera prácticamente se ha perdido y del de Llavaneres quedan pocos productores. El modelo tradicional es, hoy, casi una excepción.
La Pesolada, más necesaria que nunca
En este contexto, la Pesolada de Caldes de Estrac se convierte en una herramienta clave para poner en valor el producto autóctono. Desde 1994, cuando la Unión de Comerciantes y Hoteleros impulsó aquella primera edición con la idea de “hacer una pesolada”, el certamen ha crecido hasta convertirse en uno de los grandes reclamos gastronómicos del Maresme. Cada primavera, los restauradores locales elaboran menús degustación donde el guisante de la floreta es el ingrediente estrella. La originalidad y la maestría de los cocineros han situado Caldes en el mapa culinario catalán. Pero ahora la fiesta tiene también un componente reivindicativo: defender el guisante propio ante la presión climática y el cambio de modelo productivo.
Militar en la Pesolada —ir, reservar mesa, invitar a familia y amigos— es una manera directa de apoyar a los agricultores y restauradores que apuestan por el producto local.
La 32ª edición no es solo gastronomía. Además de los menús en los restaurantes participantes, Caldes ofrece un amplio programa de actividades culturales y lúdicas. Hay exposiciones en la Fundación Palau, la 36ª Carrera Popular de Caldes d’Estrac 3 Viles el 22 de marzo con vermut musical en la pérgola de Can Muntanyà, gincana turística digital, itinerarios autoguiados, la Diada de Sant Jordi y el atractivo del balneario termal.
Además, la zona azul es gratuita de 13 a 16 h para incentivar el comercio y la restauración local. Todo invita a pasar el día, a pasear por la villa, a disfrutar del mar y a probar platos donde el guisante es protagonista: salteados suaves, cremas delicadas, arroces marineros o combinaciones innovadoras.
De la tierra a la mesa, un modelo a preservar
La gastronomía del Maresme ha estado históricamente marcada por dos grandes rutas: de la tierra a la mesa y del mar a la mesa. El guisante de la floreta forma parte de este relato agrícola que incluye fresas, tomates, cerezas o vinos de la DO Alella. Pero sin agricultores no hay relato posible. Sin consumo consciente, el producto propio desaparece. La reducción de productores y la pérdida de variedades tradicionales es una señal de alerta.
La Pesolada es, pues, mucho más que una fiesta gastronómica: es una llamada a defender un modelo alimentario arraigado al territorio. Este año, más que nunca, hay que hacer grande la Pesolada. Llenar restaurantes, compartir menús en redes, hablar del guisante de Caldes, explicar de dónde viene y por qué es diferente. Convertir la cita en un acto colectivo de apoyo al producto local.
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