El Maresme vivió la Guerra Civil Española desde un lugar aparentemente seguro: la retaguardia republicana. Pero el tiempo demostró que ningún territorio quedaría al margen de un conflicto total. Lejos del frente inmediato, la comarca se convirtió en centro logístico, sanitario, industrial y humanitario, y sufrió bombardeos, revolución social y un intenso movimiento de tropas, refugiados y material de guerra. Hoy, el rastro de aquellos años puede leerse en refugios antiaéreos, antiguos hospitales, iglesias heridas y fábricas reconvertidas, que conforman un patrimonio histórico vivo y visitable.
Los primeros días del conflicto situaron al Regimiento de Artillería Ligera nº 8 de Mataró en el centro de la historia: se sublevó y se unió al golpe militar, pero fracasó como el conjunto del alzamiento en Cataluña. Paralelamente, la revolución social incendió edificios religiosos y confiscó propiedades, en un contexto de justicia revolucionaria improvisada.
Pese a estar lejos del frente principal, el Maresme envió milicianos y soldados que se incorporaron a operaciones como el frente de Aragón, el frente del Segre o la Batalla del Ebro, y también a la operación republicana sobre Baleares. La retaguardia no era sinónimo de pasividad: era logística, apoyo y producción.
Hospitales, Brigadas Internacionales y un territorio de acogida
Los combates y el volumen de heridos obligaron a crear una red sanitaria republicana, clasificada según la distancia al frente. Los hospitales del Maresme actuaban como centros de retaguardia, especializados en recuperación y patologías específicas. En Mataró, dos escuelas se reconvirtieron en hospitales: los Salesianos, para las Brigadas Internacionales, y los Maristas, para el nuevo Ejército Popular de la República. La comarca fue también territorio de acogida de refugiados, especialmente niños procedentes de Madrid y Andalucía, alojados en colonias habilitadas en fincas confiscadas en Argentona, Premià de Mar o Premià de Dalt. Este flujo demográfico dejó huella en la vida cotidiana de muchos pueblos.

Industrias de guerra: fábricas que se convierten en objetivo militar
La falta de industria bélica llevó a la Generalitat a crear la Comisión de Industrias de Guerra (CIG) en 1937. A raíz de colectivizaciones y confiscaciones, talleres y fábricas del Maresme cambiaron su producción para fabricar munición, equipamiento o componentes.
Esta reconversión los convirtió en objetivos de bombardeo. Uno de los casos documentados más significativos es la Fábrica Llobet-Guri de Calella, que fue bombardeada el 4 de abril de 1937, provocando daños materiales considerables. Este preludio anunció que la retaguardia tampoco sería un espacio exento de guerra.
Iglesias entre el fuego revolucionario y el frente
Las iglesias del Maresme vivieron dos guerras simultáneas: la guerra revolucionaria de los primeros meses —con quemas y destrucción patrimonial destacadas en Premià de Mar y Vilassar de Dalt— y, casi al final del conflicto, la guerra convencional, cuando las tropas italianas avanzaron por la costa en enero de 1939. En Sant Vicenç de Montalt, un proyectil todavía incrustado en la fachada de la iglesia recuerda aquel episodio.
Refugios antiaéreos: la respuesta civil al bombardeo moderno
La aviación franquista y los bombardeos navales alteraron la estrategia de retaguardia. La respuesta fue la defensa pasiva, coordinada por la Junta de Defensa Pasiva de Cataluña a partir de 1937. La población civil excavó refugios antiaéreos bajo calles y plazas, siguiendo instrucciones muy precisas: galerías de 8 a 10 metros de profundidad, túneles de 1,80 a 2,20 metros de altura, accesos en zigzag y capacidad para resistir bombas de 100 kg.
Se construyeron refugios en Arenys de Mar, Canet, El Masnou, Mataró, Calella y otros municipios. El más emblemático es el refugio del Parc Dalmau de Calella, con 66 metros de galería principal y tres túneles laterales, hoy visitable e integrado en rutas de memoria.
De la memoria al patrimonio: una ruta que sigue viva
El conjunto de estos elementos forma una auténtica ruta de memoria histórica, que permite conectar retaguardia y frente sin salir de la comarca: desde los Salesianos de Mataró hasta las minas de Malgrat, pasando por el proyectil de Sant Vicenç, el refugio de Calella, las fincas de Argentona o los rastros industriales de Calella. Son testigos que explican cómo se vive una guerra sin estar en el frente.
Hoy, cuando la memoria histórica se reivindica como herramienta de comprensión democrática, el Maresme conserva un patrimonio de guerra y retaguardia que sigue siendo historia viva. Y que, con la mirada del presente, recuerda que la guerra no solo se combate en los frentes: también se cocina, se atiende, se fabrica y se sobrevive en la retaguardia.
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