El móvil se ha integrado hasta tal punto en la vida cotidiana que resulta difícil separar los usos necesarios de los puramente automáticos. Sirve para trabajar, informarse, mantener el contacto con otras personas, comprar, orientarse u organizar la agenda, pero también ocupa cada vez más los espacios que antes quedaban libres de estímulos: los trayectos en tren, los ratos de espera, las comidas, el sofá o los minutos previos a ir a dormir. La cuestión ya no es tanto cuántas horas se pasa delante de una pantalla como hasta qué punto este uso interfiere en otras dimensiones de la vida.
Entre los adolescentes, esta preocupación ha ido ganando peso en los últimos años. La OMS detectó en el estudio europeo HBSC que el uso problemático de las redes sociales había pasado del 7% de los adolescentes en 2018 al 11% en 2022. El concepto, sin embargo, no equivale simplemente a acumular muchas horas de conexión. Se refiere sobre todo a la dificultad para controlar su uso, al abandono de otras actividades y a la aparición de consecuencias negativas sobre la vida cotidiana. La misma organización advierte, además, que la relación entre tecnología y salud mental es compleja y puede funcionar en ambas direcciones: determinados malestares pueden favorecer un uso más intensivo de las redes y este uso puede, a su vez, agravar algunos problemas.
Esta perspectiva permite huir de las recetas basadas exclusivamente en contar minutos. Un adolescente que dedica un rato largo a jugar en línea y relacionarse con los amigos no tiene necesariamente una relación problemática con la tecnología. En cambio, puede ser más significativo que una persona sea incapaz de dejar el teléfono mientras estudia, come o intenta dormir, aunque el cómputo total de horas sea inferior. Los profesionales de la salud mental tienden por ello a observar las consecuencias: pérdida de sueño, dificultades de concentración, irritabilidad, abandono del deporte o de las aficiones, reducción de las relaciones presenciales o conflictos familiares.
La Asociación Americana de Psicología ha relacionado el consumo excesivo de contenidos audiovisuales con problemas de sueño, irritabilidad, distracción y malestar psicológico, entre otros factores. También hay un efecto menos visible pero igualmente relevante: el tiempo que ocupa la pantalla deja de dedicarse a otras actividades beneficiosas, desde el descanso hasta el movimiento físico, la lectura o las relaciones cara a cara. Por eso, las medidas preventivas suelen ser más efectivas cuando modifican los hábitos y el entorno que cuando dependen exclusivamente de la fuerza de voluntad.
Los primeros pasos que podemos dar
Desactivar notificaciones innecesarias, evitar tener el móvil al lado de la cama, recuperar un despertador convencional, establecer comidas sin pantallas o reservar algunas franjas de la tarde sin redes sociales son estrategias sencillas que reducen la disponibilidad permanente del dispositivo. En las familias con adolescentes, esta regulación resulta más coherente cuando afecta también a los adultos. Difícilmente se puede exigir a los hijos que dejen el teléfono durante la cena si los padres siguen respondiendo mensajes de trabajo o consultando las redes. Más que prohibiciones puntuales, los especialistas suelen defender rutinas compartidas que permitan normalizar momentos sin conexión.
Hay situaciones, sin embargo, en las que estos ajustes no son suficientes. Cuando el uso digital va acompañado de ansiedad intensa, insomnio persistente, aislamiento, una bajada importante del rendimiento, conflictos familiares constantes o síntomas depresivos, puede ser conveniente recurrir a profesionales de la psicología o la psiquiatría. El objetivo no es simplemente retirar el dispositivo, sino entender qué función está cumpliendo ese uso excesivo. Detrás puede haber ansiedad social, problemas de autoestima, TDAH, depresión, acoso o dificultades familiares, entre otros factores.
La desconexión digital, por lo tanto, no pasa por imaginar un regreso a una vida sin tecnología, una posibilidad poco realista en una sociedad plenamente digitalizada. El reto es más concreto: recuperar la capacidad de decidir cuándo utilizamos las pantallas y evitar que sean ellas las que organicen automáticamente una parte creciente de nuestro tiempo.
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