La falta de sueño es una de las realidades más habituales de la crianza, especialmente durante los primeros años de vida de los niños. Aunque a menudo se normaliza con frases como “ya dormirás más adelante”, la privación continuada de descanso puede tener consecuencias físicas y emocionales importantes para madres y padres. Según diversos estudios, durante el primer año de vida de un bebé sano, los progenitores pueden llegar a perder unas 700 horas de sueño, además de acumular muchas noches de descanso interrumpido.
El doctor Gonzalo Pin Arboledas, pediatra especialista en medicina del sueño, explica que esta situación responde al hecho de que los bebés y los adultos tienen patrones de sueño completamente diferentes. Durante los primeros años de vida, especialmente entre la madre y el bebé, se crea una relación muy estrecha en la que las necesidades de ambos se influyen mutuamente. A esto se añaden las expectativas irreales sobre cómo deberían dormir las criaturas. De hecho, que un infante se despierte entre una y tres veces cada noche durante los primeros años es considerado normal y no un problema médico.
A pesar de esto, el cansancio acumulado puede llegar a ser muy duro. Cris, madre de dos hijas, vivió una situación extrema con su segunda maternidad. Su hija pequeña se despertaba cada quince o veinte minutos y esto la llevó a un límite físico y emocional muy grave. “Vivía con una niebla mental constante y unas ganas de llorar continuas”, explica. Con el tiempo, empezó a notar irritabilidad, dificultades para concentrarse e incluso pensamientos agresivos provocados por el agotamiento. Finalmente, en una clínica del sueño detectaron que la niña sufría un problema metabólico que alteraba el descanso. Con el tratamiento adecuado, la situación mejoró notablemente.
La falta crónica de sueño afecta directamente la salud
Los expertos alertan que la falta crónica de sueño afecta directamente la salud. Por un lado, altera el control emocional y aumenta la irritabilidad, la ansiedad y la sensación de aislamiento. Por otro lado, también tiene efectos físicos: incrementa los niveles de estrés, altera el metabolismo, aumenta el riesgo de hipertensión y puede favorecer problemas como la obesidad o la diabetes. Además, diversos estudios indican que los progenitores con déficit severo de sueño tienen más dificultades para mantener una crianza afectiva y paciente.
Esta situación todavía es más complicada por la falta de apoyo social e institucional. El modelo de familia actual, más nuclear y menos conectado con el entorno familiar amplio, hace que muchas parejas afronten la crianza casi solas. También influyen las desigualdades de género: las mujeres continúan asumiendo la mayor parte de los cuidados y, por lo tanto, suelen sufrir más intensamente la privación de sueño.
Ante esta realidad, los especialistas recomiendan aceptar que se trata de una etapa transitoria y reducir la autoexigencia. Buscar momentos de descanso, hacer pequeñas siestas, delegar tareas o adaptarse a aquello que funciona mejor para cada familia son estrategias útiles. También es importante evitar expectativas irreales sobre el sueño infantil y entender que cada criatura tiene su propio ritmo madurativo. Cuidarse, al fin y al cabo, es imprescindible para poder cuidar a los demás.
Fuente: www.3cat.cat/3catinfo
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