El Museo de Llavaneres ha incorporado una pieza excepcional: un piano Erard de 1880 que perteneció al pintor Nicolás Alfaro Brieva. La donación, realizada por la familia Rocha —últimos habitantes de la casa que el artista se hizo construir en el municipio—, no es solo la llegada de un instrumento histórico. Es también la puerta de entrada a una historia que conecta arte, paisaje y memoria local.
El piano, que conserva también una pintura realizada por el propio Alfaro, es una pieza de gran valor patrimonial. Pero, sobre todo, simboliza el vínculo profundo entre el artista canario y Sant Andreu de Llavaneres, donde encontró inspiración y donde dejó una huella arquitectónica y cultural que todavía hoy perdura. Nicolás Alfaro Brieva nació en Tenerife en el siglo XIX y murió en Barcelona en 1905. Pintor de temática histórica y paisajística, vivió muchos años en la capital catalana y viajó por Europa, asimilando diversas influencias. Este bagaje se reflejaría después en su residencia de Llavaneres.
A finales del siglo XIX, Alfaro se instala temporalmente en el municipio, atraído por el paisaje y por aquel fenómeno emergente que marcaría la identidad local: el veraneo. Llavaneres se consolidaba como destino de segunda residencia para familias acomodadas, sobre todo barcelonesas, que llegaban en tren a partir de junio y se quedaban hasta el otoño.
En este contexto, Alfaro no se limita a pasar temporadas: decide arraigar allí parte de su proyecto vital. Hacia 1880 compra terrenos e impulsa la construcción de su finca: la futura Ca l’Alfaro. No era una casa cualquiera. Alfaro diseña una casa-torre de estilo suizo, con líneas nórdicas poco habituales en la comarca, acompañada de la casa del masovero, una torre de aguas y un jardín romántico.
El interior estaba ricamente decorado. Las paredes lucían murales pintados por él mismo, a menudo paisajes con animales. El comedor combinaba artesonados de madera y vigas decorativas; el salón se dividía con columnas salomónicas; había un pequeño oratorio con vidrieras de colores y una ventana de aire arabesco. El estudio del artista se ubicaba en la parte superior de la torre.
En la fachada exterior todavía destaca un panel vegetal moldurado y una inscripción bíblica: “Si el Señor no hubiese edificado la casa, en vano habrían trabajado los que la edifican.” Una frase que revela la dimensión simbólica que Alfaro otorgaba a su hogar.
De herencia privada a patrimonio público
Tras la muerte del pintor, la finca pasa por diferentes manos. Un siglo más tarde, en 1986, el último propietario la vende a una promotora que quería construir casi 200 viviendas. El proyecto, sin embargo, no prospera. En 1988, el Ayuntamiento de Llavaneres adquiere el espacio y lo convierte en el actual parque de Ca l’Alfaro. La casa monumental se ha destinado desde entonces a usos municipales, con sala de actos y exposiciones, integrándose en la vida cultural del pueblo. Del jardín romántico original solo queda el recuerdo, pero la torre sigue siendo un referente visual e histórico.
El piano como hilo de memoria
La donación del piano cierra, en cierto modo, un círculo. El instrumento devuelve simbólicamente a la comunidad una parte de la historia de aquel artista que contribuyó a definir el paisaje cultural de Llavaneres. Más allá de su valor material, el piano recuerda que detrás de muchos espacios patrimoniales hay historias personales, miradas artísticas y decisiones vitales que han acabado modelando el territorio.
El legado de Nicolás Alfaro no es solo pictórico ni arquitectónico. Es también el de una manera de habitar el paisaje, de dialogar con el entorno y de dejar huella. Y hoy, gracias a un piano centenario, esta historia vuelve a sonar.
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