En el Maresme quedan muchas, de masías. Algunas continúan vinculadas a la actividad agrícola, otras se han convertido en restaurantes, viviendas o equipamientos y las hay que esperan, simplemente, tiempos mejores. Can Llaurador, en Teià, pertenece a aquel grupo especialmente interesante de patrimonio que no solo se ha conservado, sino que ha encontrado una nueva utilidad. Cinco siglos después de los primeros testimonios documentales, la vieja casa de campo continúa llena de gente. Ahora ya no para trabajar la tierra, sino para aprender idiomas, reunirse, consultar documentos, asistir a una actividad cultural o, incluso, ver una película.
La masía es una construcción del siglo XVI protegida como Bien Cultural de Interés Local (BCIL). El fogaje de 1515 ya sitúa a Joan Llauradó en la finca y el de 1533 documenta a Francesc Llauradó, que era alcalde de Teià. A principios del siglo XIX aparece vinculada a Josep Botey, alias Llauradó, y posteriormente la propiedad pasó a la familia Botey, que conservó el nombre.
Es, por lo tanto, una pieza más de aquel paisaje de masías históricas que define buena parte del Baix Maresme. Teià conserva un patrimonio especialmente rico: el catálogo municipal protege más de un centenar de masías, casas señoriales, espacios arqueológicos y elementos naturales. En el mismo entorno de Can Llaurador hay, además, una cruz de término del siglo XVI, que la tradición vincula con la epidemia de peste de 1589.
De masía a equipamiento público
Lo más interesante de Can Llaurador, sin embargo, es que la historia no se ha congelado. En el año 2006, el Ayuntamiento escogió un proyecto de los arquitectos Sergi Godia y Berta Barrio para transformar la finca en un gran ámbito de equipamientos, con parque, biblioteca y rehabilitación de la masía. La Biblioteca de Can Llaurador, situada al lado del edificio histórico, abrió en 2009. La rehabilitación de la masía tuvo un coste final de unos 464.000 euros, después de que la actuación inicial se hubiera presupuestado en 682.000. Buena parte de la financiación provino de la Generalitat y la Diputación.
La apertura definitiva como equipamiento cultural llegó en 2016. Desde entonces, la casa ha ido asumiendo una función difícil de resumir con una sola etiqueta. Hoy tienen sede la Concejalía de Cultura, la Oficina de Catalán y el Archivo Municipal, y el edificio dispone también de salón de actos, espacio polivalente y salas de reunión.
Por sus aulas han pasado cursos de idiomas, informática, fotografía y formación diversa. La programación ha ido evolucionando y este mismo 2026 constan propuestas que van del laboratorio de dibujo y acuarela a la escritura dramática o actividades gastronómicas. Es aquí donde Can Llaurador se convierte en un buen ejemplo de rehabilitación patrimonial: la mejor manera de conservar un edificio es, a menudo, encontrarle una vida.

Una masía que se transforma en cine
Y este octubre llegará una demostración especialmente gráfica. El Transhumant Festival convertirá Can Llaurador en una sala de cine el viernes 9 de octubre, de 19 a 21 h, dentro de su apuesta por llevar el audiovisual fuera de los circuitos convencionales e instalarlo en espacios cargados de historia. La sesión tendrá un aforo de 100 personas e incluirá dos obras relacionadas con la memoria europea del nazismo. Primero se podrá ver Mujer entre abedules, cortometraje de Alberto Márquez Reyes sobre una antigua prisionera de Auschwitz que acaba convertida en auxiliar de las Waffen SS. Después llegará Popel, de Oier Plaza, un documental que sigue la investigación sobre dos deportados y desemboca en la historia de František Suchý y su hijo, que arriesgaron la vida para preservar las cenizas de miles de víctimas del nazismo.
La elección de Can Llaurador encaja con la filosofía de un festival que este 2026 reparte proyecciones por espacios tan diferentes como iglesias, casinos, antiguos balnearios o masías. En Teià, el Transhumant tendrá también otras sesiones en el Casal de la Gent Gran y en la Casa de Cultura La Unió. Por una noche, una casa documentada hace más de quinientos años apagará las luces para que se encienda una pantalla.
Y quizás esta escena resume mejor que ningún inventario qué significa preservar el patrimonio con sentido: conseguir que una masía del siglo XVI no sea solo un lugar donde recordar cómo era Teià, sino también un lugar donde sigan pasando cosas.
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