La Torre Barceló ha sido objeto de polémica durante muchos años, ya cuando solo era un borrador sobre plano, pero desde el momento en que empezó a alzarse frente al mar, transformando radicalmente el perfil urbano de Mataró, ha generado todo tipo de debates y controversias. Un gigante de 26 plantas y 84 metros de altura, visible desde buena parte de la ciudad: para algunos, símbolo de la transformación del frente marítimo; para otros, muestra de los excesos del modelo urbanístico local. Popularmente, incluso se la ha llegado a bautizar como "el monstruo".
Pero el complejo ya no es solo un icono polémico: desde hace meses hay gente que vive allí. Son los vecinos que han convertido las 192 viviendas del techo del Maresme en su hogar. ¿Qué fueron a buscar? ¿Qué han encontrado finalmente? ¿Cómo es la vida en 26 pisos sobre el nivel de la calle cuando un edificio residencial tan particular y sofisticado todavía se está ajustando?
Para responder a estas preguntas, entramos en la Torre Barceló acompañados de tres residentes: Vincent Cartier, Juan Carlos Henao y Juan Eslava. Tres trayectorias diferentes que coinciden en una misma certeza: detrás de la fachada que la ciudad observa todavía con cierta incredulidad desde fuera, hoy ya se articula una comunidad de vecinos que intenta hacer vida normal y convertirla en un verdadero hogar. Algo que están consiguiendo a pesar de la serie de problemas y trabas que han encontrado.

Torre Barceló. Foto: V. B.
"Las vistas son espectaculares"
Para Vincent Cartier, de nacionalidad francesa, comprar una vivienda en la Torre Barceló fue una elección del todo consciente. Él y su pareja buscaban piso en Mataró, después de conocer la ciudad, ya que la combinación de mar, ciudad y proximidad con Barcelona les convenció.
"Nos ha encantado la zona, el paisaje es increíble y la ciudad ofrece muchas cosas", detalla. Encontraron "excelentes conexiones con la capital catalana", un núcleo histórico atractivo, un centro comercial cercano y un puerto que también valoraban positivamente. Al cruzar por primera vez el umbral de la torre, la panorámica y la distribución de los pisos frente al mar acabaron de decantar la balanza. Después de meses residiendo allí, el principal atractivo continúa intacto: "Es increíble vivir frente al mar y tan cerca de Barcelona".
Juan Carlos Henao ha llegado desde una trayectoria diferente. Colombiano, jubilado y con descendencia en España, hacía años que conocía el país. Vendió su piso en Barcelona y empezó la búsqueda de un nuevo hogar en la costa del Maresme.

Mataró, visto desde la azotea de la Torre Barceló. Foto: V. B.
"Hace unos 20 años que vengo a España; desde siempre lo he hecho encantado", apunta. Al conocer la Torre Barceló, el proyecto le pareció "espectacular". Vive allí desde hace ocho meses y enfatiza sobre todo la ubicación y la proximidad con el litoral, así como la facilidad para llegar al centro histórico, a los servicios sanitarios, supermercados y transporte público. "Tenemos al lado la línea de Renfe y las líneas de autobús, es muy práctico en este sentido", resume.
Una ciudad vertical
El inmueble ofrece una característica difícil de encontrar en cualquier otro punto de la ciudad: la posibilidad de vivir literalmente como si se sobrevolara la trama urbana. El mar se extiende delante, pero también todo el perfil costero, la ciudad y la sierra Litoral como telón de fondo.
La experiencia, sin embargo, no se limita al paisaje y a la perspectiva. La misma configuración del edificio es uno de los puntos más apreciados. Henao destaca la piscina y las zonas comunes, mientras que Juan Eslava, otro de los residentes que conoce de cerca el funcionamiento comunitario, lo sintetiza sin rodeos: "Tiene todo lo que hoy en día puede pedir un propietario: salas polivalentes, piscina, servicios, instalaciones... Es la repera."

Piscina comunitaria de la Torre Barceló. Foto: R.Gallofré
En el interior se despliega otra realidad menos visible desde la calle: la convivencia multicultural. "Residimos personas de más de 35 nacionalidades", señala Cartier, que remarca que es uno de los factores que más valora: "Se aprende mucho de la cultura de los otros países y de los idiomas, es algo que me gusta bastante." Este rascacielos en Mataró se ha convertido así en una pequeña comunidad internacional integrada verticalmente frente a la costa, que se ha ido articulando poco a poco.
"Nos hemos tenido que ir adaptando"
En este proceso de ocupación progresiva reside una de las claves para comprender las incidencias de los primeros meses. Los vecinos no accedieron de golpe; a medida que se llenaban los pisos de nueva construcción, se ponían en marcha los diferentes servicios.
"Como hemos ido llegando de manera escalonada, nos hemos tenido que ir adaptando a todo prácticamente piso por piso", remarca Eslava. La complejidad técnica de la torre supera con creces la de un bloque residencial convencional: detectores de humo, rociadores sprinklers, alarmas, cámaras, control de accesos, interfonos de emergencia y zonas de ocio requieren un ajustado calibrado.

Vincent Cartier, residente en la Torre Barceló, con Mataró al fondo
Una de las cuestiones que llama más la atención es la seguridad antiincendios. Los vehículos del parque de Bomberos de Mataró disponen de escaleras que llegan como máximo a la octava planta; por eso, el edificio cuenta con varias salas estancas especialmente preparadas y con protección ignífuga, donde los residentes deben refugiarse en caso de incendio hasta que este esté controlado.
Según el vecindario, todo este sistema tan complejo ha necesitado tiempo para rodar. "Hemos tenido problemas importantes. básicamente con las instalaciones y servicios", puntualiza Eslava. Henao lo enmarca en una perspectiva habitual: como en cualquier edificio nuevo, ha habido cuestiones de postventa y desajustes que han requerido paciencia. Cartier recalca que todavía se están gestionando temas pendientes de la entrega del proyecto con la promotora, y lamenta que se están "tardando en resolver".
Sin embargo, la incidencia que más alteró la convivencia inicialmente tuvo nombre propio: la alarma.

Torre Barceló. Foto: V. B.
La torre que parpadeaba de madrugada
Durante meses, la iluminación nocturna de la Torre Barceló llamó la atención de la ciudad. De repente, el enorme edificio podía empezar a parpadear —a la vista de todos los mataronenses— y las sirenas resonaban en el entorno.
El origen se encontraba en el error en la configuración del sistema de detección de incendios. Los sensores podían activarse por acciones cotidianas: una pizza quemada en el horno, una tostadora, humo de cigarrillos, incienso o vapor de agua. "Cosas muy básicas del día a día", matiza Eslava.
El conflicto surgía cuando se concatenaban varias detecciones. Una primera incidencia quedaba registrada y, si posteriormente otro sensor detectaba humo en cualquier otro punto, la suma de ambos señales disparaba la alarma general y todas las señales lumínicas.
Entonces se iniciaba el espectáculo: no solo sonaban las sirenas, sino que los detectores activaban las bases estroboscópicas, que emitían flashes continuos en los habitáculos. "Cuando esto empieza a estallar con sonido y luces, todo el mundo enloquecía: bebés, adultos, mascotas...", relata Eslava. Episodios que se produjeron a cualquier hora: "A las tres de la madrugada, a las diez de la noche o a mediodía... alarma de incendios a todo trapo".

Juan Carlos Henao, vecino de la Torre Barceló
Hacer comunidad para resolver el problema
La singularidad del caso fue que parte de la resolución de estos avisos la asumió el mismo vecindario. Henao explica que se conformó un grupo de primeros auxilios integrado por voluntarios de la comunidad. Cuando saltaba un aviso, fuera a la hora que fuera, comprobaban el origen, se desplazaban a la vivienda indicada y verificaban que no hubiera ninguna emergencia real.
Si se trataba de una falsa alarma, como solía ser el caso en la inmensa mayoría de ocasiones, bajaban a la centralita y reiniciaban el sistema. "Nos afectó a todos", reconoce Henao. Paralelamente, crearon un canal interno de WhatsApp vecinal para informar en tiempo real de los avisos y las actuaciones: "Ayudó mucho a tranquilizar los ánimos".
Esta situación, sin embargo, ha quedado atrás. Durante el mes de agosto se modificó definitivamente la configuración del software del sistema. Ahora, la alarma general solo se activa si se detectan incidencias simultáneas en la misma planta, evitando que dos señales distantes —por ejemplo, en la planta 14 y en la 3— desencadenen la alerta global. Con esta intervención, el problema ha quedado completamente resuelto y la tranquilidad ha retornado al edificio.

El puerto y la vía del tren, visto desde la azotea de la Torre Barceló. Foto: V. B.
Un edificio casi terminado por dentro, una ciudad todavía por hacer por fuera
Si la alarma fue el dolor de cabeza interior ya resuelto, el entorno inmediato constituye el principal conflicto externo actual. Eslava, que vive allí desde hace un año, lamenta que, a pesar de estar los pisos ocupados, el exterior continúe empantanado: "Hace demasiado que estamos así: cerrados con vallas, con desechos, ratas e insectos. Este es el día a día".
El vecindario ha reclamado intervenciones para limpiar la zona y erradicar las plagas en los espacios no urbanizados, como los alrededores de la harinera Ylla i Aliberch (futura sede de los archivos de la ciudad). La situación responde a una compleja trama administrativa: la urbanización de la ronda Barceló y la integración del entorno de la torre arrastran un largo historial urbanístico.
Aunque el Ayuntamiento de Mataró ha trasladado a los vecinos que el proyecto de urbanización está previsto, la realidad inmediata son vallas y espacios pendientes. "Me faltan un montón de obras", resume Eslava. Como ejemplo paradójico, señala que en julio de 2026 todavía se estaba ejecutando un sifón para evacuar las aguas pluviales del edificio hacia la calle: "Es inaudito", constata. También recuerda que la torre funcionó durante meses con generadores eléctricos exteriores y que todavía queda pendiente retirar una caseta provisional de obra.

Entornos de la Torre Barceló, pendientes de urbanizar. Foto: V. B.
Una torre que acumulaba un cuarto de siglo de espera
Para comprender el momento actual hay que mirar atrás. La Torre Barceló no es una idea reciente: la idea de levantar un hito vertical en este lugar data de finales de los años noventa. El planeamiento urbanístico de 1996 ya proyectaba esta franja del frente marítimo como una nueva centralidad, y el concurso de ideas de 1998 proponía un volumen de 20 plantas como eje de la fachada marítima de Mataró.
El proyecto, sin embargo, encalló durante décadas entre la crisis inmobiliaria, la quiebra de promotores, cambios de planeamiento y litigios por cargas urbanísticas. La propuesta fue mutando: de las 20 plantas iniciales se pasó a 22 y, finalmente, a las 26 actuales aprobadas en 2020, diseñadas con un volumen fragmentado y escalonado que se retira a medida que gana altura.
Durante el proceso, el bloque fue objeto de debate por su impacto visual, la altura y el modelo de ciudad, así como por el cambio de uso: concebido inicialmente para viviendas de alquiler, acabó convertido en una promoción de 192 viviendas de venta.

Interior de una de las 192 viviendas de la torre. Foto: R.Gallofré
Entre la polémica y la vida cotidiana
La paradoja de la Torre Barceló es la convivencia de dos realidades paralelas. Desde fuera, mantiene el estatus de edificio controvertido; su impacto en el horizonte urbano es indudable y el debate sobre su gestión forma parte de la historia urbanística de Mataró.
Desde dentro, en cambio, Cartier habla de las incomparables vistas al mar y de la convivencia internacional; Henao destaca la ubicación y los servicios, y el mismo Eslava, el más crítico con los desajustes, lo resume sin ambigüedades: "El edificio, a pesar de todo, es fantástico". Para él, la torre "será en un futuro un referente" —y considera que ya lo es en buena parte—. El problema no es el inmueble que han adquirido ni los desajustes internos pendientes de resolver, sino todo aquello que todavía no acaba de funcionar a su alrededor.
Después de casi tres décadas para tocar el cielo de Mataró, al gigante marítimo le toca ahora otra etapa: convertirse definitivamente en hogar, en comunidad y en una pieza integrada en la ciudad. Sus habitantes, más allá del debate que les ha acompañado, ya están aprendiendo a vivir en él. Habrá que ver si los mataroneses finalmente aceptan, más o menos a regañadientes, la convivencia con el edificio.


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