Opinión Marta Moya
Opinión Marta Moya

Cuando las mujeres dejaron de pedir permiso: el espíritu de las Jornadas del 76

Marta Moya, concejala de Juventud, Solidaridad y Cooperación. Tenencia responsable y Bienestar Animal. Diversidad Ciudadana e Igualdad: Políticas de género, feminismos y LGTBI+ del Ayuntamiento de Mataró hace memoria con motivo del 8M

Hay momentos de la historia que no aparecen en los libros de texto, pero lo cambian todo. En mayo de 1976, apenas medio año después de la muerte de Franco, más de cuatro mil mujeres se reunieron en Barcelona para hablar de sus vidas sin pedir permiso. Las Jornadas Catalanas de la Mujer fueron un punto de no retorno.

Hasta entonces, el papel de las mujeres lo habían decidido los hombres. La dictadura las había reducido a madres, esposas o trabajadoras invisibles, sin autonomía legal ni social. Aquellas jornadas rompieron este esquema. Por primera vez, miles de mujeres debatieron públicamente sobre trabajo, sexualidad, familia, educación o participación política, temas que hasta entonces apenas se podían decir en voz alta.

Pero lo más importante no fue solo lo que se dijo, sino quién lo decía. Obreras, amas de casa, estudiantes, profesionales, militantes clandestinas o vecinas sin ninguna etiqueta compartieron espacio y experiencias. Muchas descubrieron que lo que les pasaba no era un problema individual, sino colectivo. Y cuando lo que es personal se vuelve político, las cosas empiezan a cambiar.

Aquellas mujeres no esperaron que nadie les regalara derechos sino que los exigieron. En un país donde aún no existía el divorcio legal, donde los anticonceptivos eran ilegales y donde la discriminación laboral era habitual, hablar ya era un acto de valentía. Hoy se consideran el inicio del feminismo contemporáneo en Cataluña y uno de los primeros grandes ejercicios de participación ciudadana de la Transición.

Desde Mataró, muchas mujeres vivieron aquel momento con la sensación de que algo también empezaba a moverse en sus barrios. La ciudad, con una fuerte tradición obrera, vio cómo muchas vecinas vinculadas al movimiento asociativo y al socialismo participaban activamente en la construcción de la democracia local, a menudo sin hacer ruido. No salían en los periódicos ni ocupaban grandes cargos, pero impulsaban asociaciones de barrio, reclamaban escuelas, transporte o servicios básicos y abrían espacios de participación donde antes solo había silencio. Aquel trabajo discreto fue clave para que la igualdad avanzara también fuera de las grandes capitales.

Medio siglo después, la Generalitat conmemora aquellas jornadas. Es un gesto necesario, pero también hace pensar, ¿qué queda de aquel impulso? La igualdad legal ha avanzado mucho, pero la precariedad laboral con rostro de mujer, las brechas salariales o el peso desigual de los cuidados siguen siendo realidades cotidianas. La historia nos recuerda que los derechos no desaparecen de golpe, sino que se van debilitando con el tiempo.

Quizás la gran lección de 1976 es que el cambio no vino de arriba, sino de abajo. De asociaciones de barrio, grupos de mujeres, sindicatos y redes informales que decidieron organizarse. Muchas de estas estructuras también existían en Mataró, donde el movimiento vecinal tuvo un papel muy importante durante la Transición.

En tiempos de debates crispados y eslóganes fáciles, conviene recordar que aquellas mujeres no pensaban todas igual ni seguían una sola ideología. Lo que las unía era la voluntad de vivir con dignidad y autonomía. Quizás por eso su legado todavía incomoda, porque obliga a reconocer que la igualdad no es un regalo de las instituciones, sino una conquista social.

Por suerte, en Mataró todavía hay un movimiento feminista vivo que recuerda el espíritu de aquellas jornadas. Teixit de Dones, que agrupa asociaciones muy diversas, reúne a mujeres con ideas, edades y realidades diferentes pero con una preocupación compartida, avanzar hacia una sociedad más justa. Cada día 25 se concentran para leer los nombres de las mujeres asesinadas por violencia machista en el Estado español, pero también trabajan durante todo el año para visibilizar desigualdades y crear red. Es la prueba de que, a pesar de las diferencias, hay causas capaces de unir.

Conmemorar las Jornadas Catalanas de la Mujer no debería ser solo mirar atrás con nostalgia. Debería servir para preguntarnos qué significa hoy ser mujer en una sociedad que se considera igualitaria, pero que aún mantiene muchas desigualdades. Y también para recordar que ningún avance es definitivo.

Hace cincuenta años, miles de mujeres dejaron de pedir permiso. Quizás el mejor homenaje es no volver a hacerlo.

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