Las Santas de este año han estado marcadas por la polémica del uso del catalán. Durante la Crida, desde el ventanal del Grupo Municipal de Esquerra Republicana en el Ayuntamiento se desplegaba un damasco que rezaba: "¡Las Santas, en catalán!". Desde días antes, sin embargo, numerosas organizaciones sociales y políticas difundían por redes sociales y encarteladas mensajes similares. A pesar de la sencillez del mensaje y la inequívoca defensa inicial de cualquier catalanista, sorprende la falta de profundización de la cuestión; porque no nos engañemos, el dilema trasciende del incumplimiento de la normativa lingüística en las barras de la edición anterior. Este caso, que sirvió para caracterizar Les Santes 2026 con este eslogan aparentemente benévolo, sin reflexión previa puede derivar hacia una retórica hostil. Sí, puede ser peligroso, y esta meditación no pretende en absoluto desvirtuar la promoción de nuestra querida lengua, en ningún caso.
Puede parecer inocuo promover el catalán en nuestra fiesta mayor, e insisto, todo catalanista se suma a esta reclama. La duda surge en su trasfondo y la falta de perspectiva de esta.
En Mataró viven personas de más de 100 nacionalidades que hablan más de 120 lenguas diferentes. Nuestra ciudad se ha configurado como un interesante punto de encuentro de ciudadanos de diversas procedencias, siendo una gran oportunidad todavía ahora para descubrir e incluir en el programa de Les Santes. Tenemos trayectorias vitales vividas en tantas lenguas diferentes, que ojalá todas fueran escuchadas en nuestra fiesta mayor. En el máximo momento de encuentro que tenemos los mataronenses, es necesario más que nunca incluir perspectivas interculturales e inclusivas donde celebrarnos como ciudad diversa sea el mejor antídoto para combatir a quien sueña con una Mataró que no existe: homogénea y monocultural.
Es un reto dejar atrás el universalismo cultural y empezar a entender la interculturalidad como un proceso interactivo de convivencia en la diversidad, con participación plena y de intercambio de todos los integrantes, más allá de la coexistencia. El asimilacionismo tampoco es una opción. No hay nada ontológico en el concepto de diferencia, solo en la forma como la interpretamos y socializamos con ella, y Les Santes son una oportunidad para asumir el reto. El elevado patrimonio lingüístico mataronense no es una amenaza para el catalán, sino una oportunidad para aplicar estos preceptos.
Si alguien se pregunta cómo se materializa, le animo a descubrir iniciativas como el 'Maig Intercultural' o el 'Dia de la Llengua Materna', proyectos de ciudad con el objetivo de romper la hegemonía cultural autóctona y los discursos de odio con el objetivo de visibilizar el mosaico cultural mataroní.
Si la cultura popular es la expresión de un pueblo, este no puede renegar de su composición, que es ineludiblemente diversa y, solo reconociéndola y celebrándola permitirá no avergonzarnos de quiénes somos, de dónde venimos y cómo y qué hablamos. Si no, es fácil caer en la trampa de los discursos racistas cada vez más prolíficos y con siglas políticas bien conocidas. Las fuerzas catalanistas y la sociedad en general viven en el peligro constante de comprar el marco discursivo de quien no comprende su pueblo, tan diverso como es.
El uso y la promoción de la lengua y cultura catalanas (en Les Santes y en todas partes) debe ir de la mano con prácticas interculturales que abracen la diversidad que conforma la población mataronina. De esta forma, y a través del catalán como eje vertebrador, todas las lenguas habladas en nuestra ciudad se sentirán invitadas a vivir, sentir y participar en Les Santes como todo mataroní merece.
Javier Páez Jiménez
Estudiante de final de grado de Sociología en la UAB

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