Este verano hay Mundial de fútbol y eso significa que aquellos estados que tienen una selección oficial y una ley que obliga a los jugadores de minorías nacionales a jugar bajo otra bandera nos dirán, hipócritamente, que, por encima de todas las cosas, no mezclemos deporte con política. Por suerte, son muchos los momentos históricos que hacen tambalear este tópico y algunos, como el papel de Maradona en el mundial de 1990, nos pueden dar alguna lección.
Aquel lejano 1990 el mundial se jugó en Italia, donde la fractura social y económica entre el norte y el sur del estado había dado el salto al fútbol ya en 1984, cuando el astro argentino por excelencia, Diego Armando Maradona, había elegido jugar en el Nápoles, un modesto equipo del sur, y no en ninguna de las ricas potencias deportivas del norte. Aquel hecho, sumado a una buena apuesta deportiva y una renovada dosis de moral, llevó al equipo meridional a proclamarse campeón de liga y a cuestionar la hegemonía de las grandes áreas industriales, desatando una nueva ola de racismo hacia el sur. Cabe recordar que los equipos del norte recibían al Nápoles en su casa con pancartas de "bienvenidos a Italia", un hecho muy significativo y quizás lo más amable que les decían.
En este contexto, la selección argentina fue víctima de un odio especial durante toda la fase de grupos, donde los aficionados italianos silbaban el himno y, en especial, abucheaban a Maradona. Aun así, se clasificó y, más tarde, le tocó jugar la semifinal contra los italianos, que parecían tenerlo todo a favor. Sin embargo, Italia había jugado todos sus partidos hasta el momento en Roma, pero la semifinal se tenía que jugar en Nápoles: en el estadio del club de la ciudad, el equipo de Maradona.
Y la reacción del argentino no se hizo esperar, en rueda de prensa respondió a todos aquellos que pedían que la capital de la Campania actuara como el resto de ciudades y silbara y abucheara a los rivales. Maradona apeló a los napolitanos, recordándoles que el resto del país les exigía ser italianos únicamente por una noche, mientras que el resto del año los llamaban "terroni". Un insulto con el que históricamente algunos se han referido a los habitantes del sur como gente pobre y sin cultura, extranjeros para ellos.
El resultado fue muy claro, no solo no se silbó clamorosamente el himno argentino, sino que por primera vez durante aquel mundial se escucharon algunos silbidos al himno italiano. Argentina ganó la eliminatoria.
Esta, sin embargo, es una historia que no solo nos muestra cuán fuerte es el vínculo entre la política y el deporte —como lo es con cualquier otra actividad social de masas—, también es un buen ejemplo para entender el uso que se está haciendo de la ley de barrios y a qué responden los grandes anuncios por Cerdanyola de este último año del mandato.
Desde la CUP siempre hemos defendido que la ley de barrios es importante, pero solo si las inversiones necesarias para transformar los barrios de Mataró estamos dispuestos a hacerlas aunque este dinero no venga de fuera. Porque no nos tocará cada año recibir esta subvención, porque hay más barrios que necesitan este mismo plan y porque sin continuidad este dinero solo levantará nuevas fronteras dentro de nuestra ciudad. Desafortunadamente, la realidad es que los anuncios se suceden, pero los cambios no se prevén a largo plazo ni se presupuesta el mantenimiento necesario para que mientras arreglamos una cosa el resto no caiga a pedazos.
Si celebramos la anilla verde, sacada adelante solo con fondos europeos, perdemos la piscina municipal; si se anuncia la voluntad de reforzar los ciclos formativos, tenemos que cerrar centros porque se caen al suelo; si hablamos de la reforma del puerto, perdemos referentes históricos como la Escola Menéndez i Pelayo o Ca la Madrona... Este mandato hemos aprendido que cualquier equipamiento, por necesario que sea y aunque actúe de nexo para unir toda la ciudad, está en riesgo. De la misma forma que estos equipamientos no llegan a todas partes por igual: ¿os acordáis de la última vez que Cerdanyola tuvo un teatro o un cine? ¿O de la biblioteca prometida en el triángulo de Cirera-Molins?
Pero quien día pasa, año empuja y ya estamos a doce meses de las elecciones municipales. Desde el gobierno del PSC intentarán hacer que las promesas suenen más grandilocuentes aún para que parezca que los barrios cuentan cada día y no tan solo el último año del mandato. Aunque esto solo puede demostrarse con hechos y, en estos cuatro años, quizás habría que preguntarse si han mejorado lo suficiente las cosas para confiar de nuevo en quien se pasea por los barrios muy a menudo, pero aleja los proyectos y las inversiones clave.