Mataró ya hace horas que vive bajo el dominio del agosto avanzado, de esa especie de Cuaresma vital que se avecina cuando finalmente se baja el telón y Les Santes terminan en el momento justo en que cada mataroní se descabalga de ellas. Como todo es repetido y redundante, también la jornada del pásenlo bien y hasta el año que viene distribuye tantas posibilidades de despedida como se quiera: si Les Santes fueran una escuela, todo el 29 sería 'zona del beso y adiós'. Este 2026, además, el 29 ha sido de nota altísima gracias a tres elementos que conviene enumerar antes de cerrar el chiringuito: el regreso del Parc Central 'viejo' para el Espetec, la buena idea de hacer el Enfigura't en la Riera y a la sombra y sobre todo lo que pasó a medianoche en el Parc Nou, con toda la ciudad como caja de resonancia.
Vale la pena, para la ocasión, ser categóricos. La Tronada de fin de fiesta que se vio y vivió en la explanada del Parc Central Nou merece la medalla de la mejor que ha disparado nunca la Pirotècnia Tomás. Y eso emocionalmente valió por dos: por el acto en sí porque el estruendo fue superior a todos los antecedentes y de una intensidad y explosividad de muchísima importancia y por venir de donde se venía con el tema pirotécnico. La Tomás de Benicarló es una empresa que se gana la vida con espectáculos de fuegos artificiales pero, aparte de lo que diga el NIF y la contabilidad, son un equipo de personas humanas implicadísimas con la Festa Major de Mataró. Hace 20 años pusieron la pata por primera vez en el Maresme asumiendo el envite desmesurado de lo que es sostener los Focs, la Tronada y todos los montajes de Les Santes. Y durante dos décadas no han dejado de esforzarse en que cada año la ciudad los haya abrazado y agradecido el gran trabajo. Por el fondo y por las formas. Por el qué y por el cómo.
Que el día 27 abajo en el mar la máquina fallara y el error del dispositivo estropeara los Focs de Les Santes no quita —no puede quitar— lo que la Pirotècnia Tomás ha hecho, hace y esperamos que haga tiempo por Les Santes. Y por si acaso este 29 se vio. La mejor Tronada, con aires de redención. Un derroche de pólvora, artificios y explosiones. Unos minutos candidatos a mejor corto de estas Santes. Un lazo para envolver el 29 de julio para llevárselo de recuerdo durante la travesía emocional, entre cuaresmas y otros períodos, a través de todo un año hasta Les Santes.
Tenía que ser la Riera, tenía que ser el Parc 'viejo'
El 29 es quizás la receta con menos ingredientes de todas las que se cocinan para Les Santes pero tiene la virtud de que si el género es bueno, se nota. Y este 2026 todo fue mejor, especialmente que un año atrás. El Vermut de Bastons va haciéndose un hueco, como último 'saca-tapus' de la Fiesta Mayor. Por la tarde el Enfigura't mejoró sustancialmente con las figuras dispuestas con más espacio y a la sombra a lo largo de la Riera, y no condenadas al sol y el apiñamiento de la plaza del Ayuntamiento. Muy buena decisión. Tenía que ser la Riera, la que solucionara la ecuación de este acto. El año que viene ya nos pensaremos que se ha hecho toda la vida.
El Anem a tancar es el último ejercicio cívico de Les Santes: desembarazar el desorden de los últimos días y ordenar el armario de las herramientas para la próxima vez que nos tengamos que poner. La multitud en todo el recorrido era buena muestra de que es el mejor 'beso y adiós' posible.
En la Llar Cabanellas y gracias al aprecio mutuo, al habitual buen maridaje entre la Agrupació Musical del Maresme y el grupo invitado —en este caso nuestros Partidaris— se sumaba que el repertorio era de los que eriza la piel de recuerdos, letras y motivos para la lista musical de muchas vidas. Un concierto emocionante para cerrar un espacio con magia propia. Una X que marca el tesoro en el mapa de Les Santes. ¡Una matrícula de honor para la Banda y también para Partidaris!

Y finalmente, después de la mejor Tronada, el 29 por la noche volvió a ser el 29 por la noche. El Parc Central 'viejo', el de toda la vida, con las galas necesarias para el último oficio colectivo. Barra a ambos lados —que de por sí ya hace fiesta—, dos orquestas de nivel y esta vez vaciándose —el año pasado en el desastre del Parc Nou, los dos grupos tampoco acompañaron— y la enésima muestra de arquitectura popular a base de castillos de sillas plegables, con hasta siete torres diferentes alrededor de la pista. Una estampa muy mataronina que algunos operarios ya recogían cuando todavía la Albada estaba bajando las escaleras del Parc y encarando Riera abajo. Eran bastantes cientos los resistentes que acompañaban a Los Labradores cuando ya llevábamos más de seis horas de 30 de julio usado como prórroga sentimental de un 29 para el recuerdo.
Se han acabado las locuras y la excepción. Vuelve la norma. Que —reconozcámoslo— también le conviene a Mataró.

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