¿Qué debemos hacer con la gran cantidad de personas sin techo que, cada noche, tienen que dormir en la calle? La pregunta es incómoda, pero necesaria. Quizás aún lo es más darnos cuenta de que, poco a poco, nos estamos acostumbrando. El sinhogarismo ya no nos sorprende tanto como antes. Y eso, en una sociedad que se cree digna, es profundamente preocupante.
No hablamos solo de personas que duermen, en un banco, en un portal o bajo un puente. El sinhogarismo también incluye a aquellos que viven en condiciones indignas: barracas, coches abandonados o habitaciones insalubres. Es una realidad invisible para muchos, pero bien presente para quien la sufre. Y también para quien, como yo, la ha podido conocer de cerca como voluntario del Hospital de campaña de la parroquia de Santa Ana de Barcelona.

Ante esta situación, a menudo la respuesta institucional parece ir más dirigida a esconder el problema que a resolverlo. Se retiran bancos, se destruyen asentamientos o se ponen obstáculos para que nadie pueda dormir. Pero, ¿realmente, esta es la solución? Evitar que alguien duerma en un determinado banco no hace desaparecer su situación, solo la desplaza escondiéndola para unos cuantos. ¿Por qué no dedicamos los mismos esfuerzos a atacar la raíz del problema? Por ejemplo destinando más profesionales como psiquiatras, psicólogos, graduados sociales, etc.
Hay entidades y fundaciones que sí lo hacen. Trabajan desde la proximidad, escuchando, acompañando y ofreciendo alternativas reales. ¿Por qué las administraciones no siguen este ejemplo con más decisión? No se trata solo de gestionar recursos, sino de tener voluntad política y, sobre todo, humana.
El caso de Mataró es un ejemplo claro. Con solo 21 plazas en elalbergue de Can Solaret, y con estancias limitadas, la respuesta es claramente insuficiente. Es difícil no calificarlo de lamentable. Cuando el sistema no ofrece salidas dignas, condena a muchas personas a cronificar su situación.

Y es que llegar a vivir en la calle no es fruto de una sola causa. A menudo confluyen pérdidas, problemas económicos, rupturas familiares o trastornos de salud mental. En este contexto, es fácil caer en adicciones, que no hacen sino agravar aún más la situación. Nadie está completamente exento de encontrarse en ella. Hoy son otros, pero mañana podríamos ser nosotros.
A todo esto se suma otro fenómeno preocupante: el aumento de la aporofobia, el rechazo hacia las personas pobres. Cada vez es más habitual ver actitudes de desprecio, miedo o indiferencia. Y en algunos casos pasa a la agresión física. Nos incomodan, sí, pero quizás lo que nos incomoda de verdad es lo que representan: la fragilidad de un sistema que no garantiza lo mínimo para todos.

Por eso, el sinhogarismo no puede ser solo un problema de unos cuantos. Debe ser una preocupación compartida. Es necesaria la implicación de las instituciones, pero también de la ciudadanía. No podemos delegarlo todo. Hay gestos que son sencillos pero esenciales: mirar sin juzgar, escuchar con respeto, ayudar sin condiciones y practicar la empatía.
No se trata de grandes heroicidades, sino de recuperar una mirada humana. Porque, al final, lo que está en juego no es solo la dignidad de quien duerme en la calle, sino la de toda la sociedad. Si aceptamos que alguien viva entre cartones o dentro de un coche como si fuera normal, estamos renunciando a una parte de lo que nos hace ser comunidad.
Dormir en la calle no puede ser nunca una opción aceptable. Y aún menos, una realidad normalizada.

Lluís Rugama Espasa
Fotoperiodista amateur. Apasionado por la fotografía solidaria, social y de protesta.
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