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La perrera de los 10 años, el hito de la ciudad del bienestar animal

Cugat Comas FOTO PORTADA: DSC 2171

Mataró, que en 2015 se planteó dejar de tener centro de protección animal propio, estrena ahora un equipamiento de referencia y destina muchos más recursos

Hay una contradicción de base en cualquier inauguración de un nuevo centro de protección de animales. Se puede celebrar que el equipamiento sea nuevo, que los boxes sean mejores, que los perros tengan más patios, que los gatos dispongan de un espacio específico, que haya clínica veterinaria, quirófano, zonas de cuarentena, una sala para formaciones o que los trabajadores puedan dejar atrás los barracones en los que han tenido que desarrollar parte del trabajo durante años. Todo esto es una buena noticia y, en el caso de Mataró, lo es especialmente después de una década de provisionalidad y de una espera que parecía no acabarse nunca. Pero una perrera existe porque antes ha pasado algo que no ha ido bien. Porque un animal se ha perdido y nadie lo puede localizar, porque alguien lo ha abandonado, porque una familia ya no se puede hacer cargo de él, porque ha habido un decomiso por maltrato o porque un perro con problemas de conducta no tiene, de momento, ningún otro lugar donde ir. La inauguración del nuevo Centro de Protección de Animales de Compañía el próximo 18 de octubre es, por lo tanto, un hito importante para Mataró, pero también obliga a mirar de cara esta otra realidad menos amable que es la que explica por qué un equipamiento como este sigue siendo necesario.

El nuevo Centro de Protección de Animales de Compañía abrirá el 18 de octubre

Es una buena manera de entender el cambio experimentado por la ciudad en los últimos diez años. Mataró abrirá una perrera mucho mejor que la que tenía, pero la política que quiere desplegar no consiste en llenarla ni en presumir de capacidad, sino precisamente en conseguir que los animales entren lo menos posible y que, cuando lo hagan, salgan deprisa. "Nosotros no queremos que los animales estén aquí", explican desde el servicio municipal de Bienestar Animal cuando repasan la evolución de los últimos años. Pueden tener buenas instalaciones, voluntarios que los pasean, seguimiento veterinario, alimentación, profesionales que trabajan su conducta y espacios de recreo, pero siguen sin tener una familia, una persona de referencia y una casa. Esta es, probablemente, la idea más importante de todas: la mejor instalación posible no deja de ser una perrera.

El estreno del nuevo centro llega, además, en un momento político y ciudadano bastante significativo. Mataró inicia el curso 2026-2027, el de las elecciones municipales cerrando una de las carpetas de los últimos mandatos. La perrera ha sido una especie de canción del enfado local.

Y lo más interesante es que el desenlace es casi lo opuesto al punto de partida. En 2015 Mataró se planteaba ser una ciudad sin CAAD propio. En 2026 estrena un equipamiento que el propio Ajuntament presenta como referente, construido específicamente para el bienestar animal, con una inversión superior al millón y medio de euros y acompañado de un nuevo contrato de servicio que incrementa de manera muy notable los recursos destinados a la recogida, la acogida, la asistencia veterinaria y la adoptabilidad. Entre una cosa y la otra hay diez años en los que ha cambiado la normativa, ha cambiado la sensibilidad social, ha crecido la presencia de los animales de compañía en los hogares y, sobre todo, ha cambiado la manera como el propio Ajuntament entiende esta política.

Una realidad que no desaparece

Los datos ayudan a aterrizar el debate. Durante el 2025, en Mataró se recogieron 190 perros y 278 gatos. No todos estos animales son estrictamente abandonos en el sentido popular del término, porque dentro de la misma estadística conviven animales perdidos, ejemplares decomisados, renuncias de propietarios, situaciones de maltrato y otras casuísticas, pero el volumen permite entender por qué la ciudad necesita un servicio estable. De media, cada pocos días entra un nuevo perro o gato en el circuito municipal y, a partir de aquel momento, se activa toda una cadena que puede acabar con el regreso a casa en cuestión de horas o convertirse en una estancia de meses, y en los casos más complicados incluso de años.

El patio de olores, uno de los espacios de la instalación | R. G.
El patio de olores, uno de los espacios de la instalación | R. G.

 

En los perros, la tasa de recuperación se sitúa en el 41% y el porcentaje de animales identificados es del 35,26%. Los que pueden ser devueltos pasan de media 11 días en el centro; cuando la salida es una adopción, la estancia se eleva hasta los 77 días. En los gatos las cifras son todavía más elocuentes: solo un 8,9% llegan identificados y el porcentaje de recuperación es del 18,7%. Cuando aparece la familia, el gato pasa de media siete días en el centro; cuando hay que buscarle una adopción, son 56.

Estos datos explican buena parte de la insistencia municipal en la identificación. El microchip no resuelve el abandono, pero reduce drásticamente el tiempo necesario para saber de dónde proviene un animal y también hace mucho más difícil que alguien pueda desentenderse sin dejar rastro.

El nuevo CPA abrirá el 18 de octubre con una jornada de puertas abiertas, con inscripción previa

Donde ha habido una evolución especialmente positiva es en el tiempo global de estancia. En 2019, según los datos municipales, un perro podía pasar una media de 240 días en el centro, independientemente de si después era adoptado o recuperado. En 2025 la media había bajado hasta los 44 días. Con los gatos se ha pasado de 120 a 31,5 días. Es una bajada muy importante que no responde a una única política, sino a la suma de muchas cosas: más identificación, más difusión de los animales disponibles, campañas de adopción, redes sociales, trabajo etológico y una labor específica sobre la adoptabilidad que ha ido ganando peso con los años.

Aquí es donde la Fundació Daina ha adquirido un papel especialmente relevante. Los responsables municipales destacan sus programas de socialización y tratamiento conductual, necesarios para que muchos de los animales que entran en el centro no son precisamente los que una familia adopta en cinco minutos. La memoria de la misma Fundació Daina permite entender hasta qué punto este es hoy uno de los grandes retos de los refugios. Aproximadamente uno de cada cuatro animales que atiende presenta dificultades especiales para ser adoptado y, en estos casos, las estancias ya no se cuentan en días ni en semanas, sino en meses y años. El problema de una perrera, por lo tanto, no es únicamente cuántos animales entran, sino también cuáles entran y durante cuánto tiempo pueden quedar atrapados dentro del sistema.

Esta es una de las razones por las cuales la nueva instalación no aumenta sustancialmente la capacidad respecto de Cal Pilé. Continuará preparada para unos 70 perros y 40 gatos y 4 hurones. No se trata de hacer una perrera más grande para que pueda almacenar más animales, sino de conseguir que el circuito funcione mejor. El reto no es acumular plazas, sino disminuir estancias, trabajar mejor cada caso y evitar, siempre que sea posible, que el ingreso sea la única solución.

Abandonar no es tan sencillo

La palabra abandono tiene una carga moral muy clara y, en muchos casos, perfectamente justificada. Hay personas que dejan un animal porque se han cansado, porque ya no les conviene o porque no pensaron lo suficiente qué significaba incorporarlo a su vida. Pero la realidad que llega al servicio municipal también obliga a huir de las explicaciones demasiado fáciles. Hay renuncias que nacen de situaciones sociales límite, y una política de bienestar animal madura también debe entenderlas.

La gossera
La perrera

Las responsables de la Oficina de Bienestar Animal explican casos de familias que tienen que dejar el piso y encuentran una nueva vivienda donde no se les permite entrar con el perro o el gato, personas que ingresan en centros residenciales o de salud mental y no tienen a nadie que se haga cargo del animal, u hogares que sencillamente han perdido los recursos económicos necesarios para mantenerlo. Son casos que obligan a entender el centro también como un extremo de la red social. El Ayuntamiento estudia individualmente las renuncias y aquellas que llegan derivadas de Bienestar Social pueden quedar exentas de tasa. El resto no se aceptan automáticamente. Se mira la situación, se pregunta qué se ha intentado antes y se valora si hay alternativas. En problemas de conducta, por ejemplo, se pregunta si se ha recurrido a un profesional o si se ha hecho trabajo etológico. En otras situaciones se busca mantener el vínculo entre la persona y el animal. El objetivo, remarcan, es que la renuncia sea la última medida.

El bienestar animal se va mezclando así con vivienda, vulnerabilidad, salud mental, personas mayores y políticas sociales. Ya no es aquel apartado municipal reducido a recoger perros de la calle y controlar licencias. Es una política transversal porque el animal de compañía ocupa hoy un lugar emocional y práctico muy diferente dentro de miles de familias. Y Mataró es un buen ejemplo.

La ciudad de los perros

Hace años que las estadísticas sitúan Mataró entre las grandes ciudades catalanas con una presencia proporcionalmente más elevada de perros. Datos del Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya publicadas en 2021 estimaban que en la ciudad había 16.338 perros, aproximadamente uno por cada 7,93 habitantes, la proporción más alta entre las ciudades de más de 100.000 habitantes del entorno barcelonés.

Aquel dato siempre ha tenido una lectura atractiva, casi de ciudad especialmente amante de los animales, pero también una cara menos simpática. El registro veterinario y el censo municipal no coincidían ni de lejos. Mataró podía tener más de 16.000 perros estimados y solo una pequeña parte constaban formalmente en el registro local. Todavía hoy la distancia sigue existiendo. El censo actual contabiliza 5.890 animales, de los cuales 5.421 son perros y 462 gatos, y desde 2019 ha crecido un 53%. Es una evolución que el consistorio valora positivamente, pero que no permite dar el trabajo por hecho.

Uno de los perros acogidos
Uno de los perros acogidos

 

De hecho, los responsables municipales calculan que solo aproximadamente la mitad de los perros reales están censados. Con los gatos, la distancia es aún mayor. No es una cuestión estrictamente burocrática: un animal identificado y censado vuelve mucho antes a casa cuando se pierde y ocupa menos tiempo una plaza en el centro. En el caso de los gatos, con solo un 8,9% de identificación entre los animales recogidos, el margen de mejora es inmenso.

Pero tener muchos perros no solo afecta a la perrera. Afecta a la ciudad entera. Obliga a planificar zonas de libre circulación, espacios recreativos, playas, normas de convivencia, limpieza, licencias, campañas de civismo y una relación no siempre sencilla entre las personas que conviven con animales y las que no. La concejala de Bienestar Animal, Marta Moya, lo resume desde una posición que quiere evitar precisamente esta división. Se siente orgullosa de que Mataró aparezca a la cabeza de los indicadores de presencia de perros, pero al mismo tiempo recuerda que tenerlos implica responsabilidades: recoger excrementos, limpiar los orines, evitar que ensucien fachadas, respetar las obligaciones sobre bozal o correa y entender que el espacio público es compartido. “También debe haber un poco de responsabilidad de las personas que eligen tener un animal, que hay una serie de obligaciones y se deben mantener”, señala.

Por eso la nueva perrera adquiere una dimensión superior a la de un simple equipamiento. Mataró ha ido asumiendo que gestionar su elevada población animal forma parte de la planificación urbana, igual que lo son otras realidades que afectan a decenas de miles de ciudadanos. El bienestar animal ha ido entrando en el diseño del espacio público, en los servicios sociales, en la educación, en la normativa y en el presupuesto. Y, curiosamente, el origen de este giro se puede situar en el momento en que la ciudad planteó hacer exactamente lo contrario.

La protesta que cambió el guion

Manifestació al 2016
Manifestación en 2016

 

Hay que volver a finales de 2015. La antigua perrera municipal de la calle Galícia, en la Llàntia, había envejecido mal y ya no reunía las condiciones necesarias ni para los animales ni para los trabajadores. En este diagnóstico había poca discusión. El edificio había quedado obsoleto y tocaba actuar. Lo que encendió el conflicto fue la solución escogida inicialmente por el gobierno municipal de PSC y CiU: dejar de tener centro propio y derivar el servicio al CAAD Maresme de Argentona. La decisión subestimó la tradición proteccionista de la ciudad y, sobre todo, la capacidad de movilización de la Societat Protectora d’Animals de Mataró. En enero de 2016 unas 500 personas salieron a la calle, muchas acompañadas de sus perros, para rechazar el cierre. Aquella movilización fue una demostración de fuerza insólita en una cuestión que unos años antes difícilmente habría ocupado el centro del debate municipal. Y funcionó.

El gobierno rectificó, aceptó mantener el servicio en Mataró y apostó por trasladarlo provisionalmente a Cal Pilé, donde la protectora ya disponía de instalaciones. La solución de Cal Pilé debía servir para ganar tiempo. Y ha durado casi diez años.

Una perrera diseñada desde cero

Sala d’actes del propi centre, ideal per a visites, escoles o reunions | R. G
Sala de actos del propio centro, ideal para visitas, escuelas o reuniones | R. G

 

El nuevo Centro de Protección de Animales de Compañía vuelve, de alguna manera, a los orígenes geográficos. Se sitúa de nuevo en el entorno de la calle Galícia, entre el túnel de la autopista y la deixalleria, en el ámbito de la carretera de Cirera. Pero poco tiene que ver con el antiguo equipamiento que se clausuró.

El conjunto ocupa una parcela de 2.175,85 metros cuadrados, a la que se añaden 446,46 metros cuadrados de taludes y aceras exteriores urbanizadas. Dispone de 289,30 metros cuadrados de superficie interior construida, 613 metros cuadrados de superficies cubiertas, 400,20 metros cuadrados bajo pérgola y 872,78 metros cuadrados de patios. No es una macroinstalación y tampoco lo pretende. Mantiene una capacidad similar a la de Cal Pilé pero cambia completamente la organización del espacio. El proyecto adopta una forma de peine. Un edificio longitudinal hace fachada a la calle Galícia y concentra las dependencias de recepción, administración, servicios y atención clínica. Desde este eje principal salen transversalmente los diferentes sectores de boxes, de manera que la misma edificación actúa también de protección entre los animales y la calle. La orientación se ha trabajado pensando en el confort climático y el impacto sobre el vecindario, y el perímetro combina una valla acústica con vegetación para generar un cojín visual y sonoro.

El acceso principal da paso a un vestíbulo amplio, con zona de información, administración y un aula polivalente destinada a formaciones, reuniones y actividades. Es un espacio que dice mucho sobre las aspiraciones del nuevo centro, porque la perrera no quiere ser solo el lugar donde la policía lleva un animal encontrado o donde una familia va a adoptarlo. El Ayuntamiento quiere que pueda recibir escuelas, acoger actividades de sensibilización y reforzar la relación con la Llàntia y el resto de la ciudad. Cal Pilé ya recibía visitas educativas, pero ahora esta función queda incorporada al mismo diseño.

También mejoran de manera muy evidente las condiciones de trabajo. Hay comedor, lavabos y vestuarios específicos, y los profesionales dejan atrás los barracones. Puede parecer secundario en una obra pensada para los animales, pero no lo es. Una política de bienestar animal también depende de las condiciones de las personas que tienen que cuidarlos cada día, limpiar boxes, administrar medicaciones, hacer traslados, recibir ciudadanos, evaluar conductas o gestionar situaciones que a menudo tienen una fuerte carga emocional.

En la cara norte del edificio principal se sitúa una de las grandes novedades: el área clínica, con sala de curas preparada para intervenciones, hospitalización y dispensario veterinario. Durante la visita previa a la apertura, los responsables municipales lo comparaban con el funcionamiento de un pequeño centro hospitalario: cuando un animal llega se puede revisar, hacer un primer cribado, decidir si necesita cuarentena, atención inmediata, observación o derivación a especialistas. Es una diferencia sustancial respecto de Cal Pilé y también una pista de hacia dónde se dirige el modelo.

Más dinero y más servicio

Les instal·lacions sanitàries del propi centre d’atenció animal | R. G
Las instalaciones sanitarias del propio centro de atención animal | R. G

 

La inauguración del equipamiento coincidirá con otra transformación menos visible pero igualmente importante: el nuevo contrato para gestionarlo. La licitación publicada este septiembre tiene un presupuesto base de 818.973 euros sin IVA para dos años, muy por encima de los 478.049 euros del contrato anterior. La diferencia ronda los 341.000 euros en dos años, unos 170.000 euros anuales más, un incremento que supera de largo el 70%.

Se quiere disponer de más capacidad para afrontar urgencias, traumatología, oftalmología y otras especialidades cuando sean necesarias, e integrar la nueva clínica en una red veterinaria mucho más completa. También se quiere reforzar la parte conductual. Una de las incorporaciones importantes es la figura del etólogo, porque en una perrera moderna la adoptabilidad no se puede dejar exclusivamente a la buena voluntad de quien mira fotografías en las redes. Hay animales que entran con miedos, conductas reactivas, falta de socialización o historias de maltrato que los hacen mucho más difíciles de encajar en una familia. Sin un trabajo específico pueden convertirse en residentes de larga duración; con intervención profesional, algunos de estos comportamientos se pueden reconducir. Es aquí donde el nuevo presupuesto se convierte en una parte central del proyecto. La perrera es el edificio, pero el bienestar animal es el servicio que se presta. Sin personal, veterinaria, programas de socialización, voluntariado y red de adopciones, los 2.000 metros cuadrados no resolverían casi nada.

La Fundación Daina, la clave

Instal·lacions
Instalaciones

 

Cuesta explicar cualquier etapa de la protección animal en Mataró sin encontrar a la SPAM o la Fundació Daina. La Societat Protectora d’Animals de Mataró acumula más de medio siglo de trayectoria y forma parte de aquella red de entidades que empezaron a trabajar mucho antes de que las administraciones dispusieran de departamentos específicos, normativas complejas o presupuestos de bienestar animal. La movilización de 2016 dejó claro que este capital social era real. Pero la importancia de la entidad no se ha limitado a la capacidad de protesta. Durante décadas ha construido conocimiento sobre adopción, voluntariado, acogida, comportamiento, veterinaria y gestión de refugios.

Los responsables de Bienestar Animal no esconden que este prestigio beneficia a Mataró. “Tenemos la gran suerte de que tenemos la Fundació Daina, que tiene un prestigio y viene gente de toda España adoptando animales”, explican. Esta capacidad de atraer adoptantes más allá de la ciudad es especialmente importante cuando se trata de perros que pueden necesitar un perfil muy concreto de familia.

Se busca una gran complicidad y conexión entre la Llàntia y el nuevo equipamiento

La contrapartida es curiosa y casi perversa: que un refugio tenga buena fama también puede hacer que alguien se convenza de que abandonarle un animal es menos grave. Los servicios municipales explican que esta situación existe desde hace años: personas que dejan un perro cerca de la protectora pensando que “allí estará bien” o que abandonan un gato en una colonia felina porque saben que hay alimentadores y control municipal. “Históricamente hemos tenido la SPAM y tienen fama de que cuidan bien a los animales”, reconocen.

Daina es la actual gestora y se espera que vuelva a optar a la nueva licitación, pero el contrato sigue el procedimiento administrativo correspondiente. Paralelamente, la entidad trabaja en su propio proyecto de futuro. El nuevo centro municipal da respuesta al servicio público obligatorio, mientras que la SPAM y Daina mantienen una actividad propia de protección animal que va más allá de las competencias municipales y para la cual se plantean instalaciones diferenciadas.

Un equipamiento de ciudad

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La sala polivalente del nuevo centro debe servir para formaciones y reuniones, pero también simboliza otra voluntad: hacer que la perrera deje de ser percibida como un espacio periférico que solo interesa cuando alguien pierde un animal. El Ayuntamiento participa en grupos de trabajo con otros municipios y centros, entre ellos Barcelona, Terrassa, Sant Boi o Granollers, para compartir modelos de acogida y buscar mejoras conjuntas. El nuevo equipamiento quiere formar parte de esta red y los responsables municipales aseguran que el proyecto arquitectónico ya ha despertado consultas de otras administraciones. "Necesitábamos que la capital del Maresme fuera un referente en dar este servicio", defiende la concejala de Equipamientos, Elisabeth Ruiz, cuando explica una inversión que hace diez años habría parecido difícil de imaginar en este mismo ámbito.

La idea de referencia debe entenderse, sin embargo, con cierta prudencia. No porque Mataró haya resuelto todos los problemas, sino porque ha hecho un cambio de planteamiento. El centro no solo recoge animales: incorpora veterinaria, conducta, educación, espacios de interacción, formación, voluntariado y conexión con el barrio. La ciudad quiere participar en la definición de los nuevos modelos de acogida en un momento en que muchos municipios están revisando sus instalaciones.

Mataró es referente en bienestar animal a nivel de todo el estado

La inauguración oficial llegará el 18 de octubre, pero el centro ya funciona parcialmente. Los primeros perros comenzaron a trasladarse a principios de mes y la operación se está haciendo de manera progresiva porque un cambio de estas características, aunque sea para ir a un lugar mejor, puede generar mucho estrés. A mediados de septiembre ya había una decena larga de perros ocupando los nuevos boxes. Los gatos se incorporarán gradualmente. Es una mudanza que no se puede plantear como el traslado de un despacho: cada animal reacciona diferente, algunos tienen problemas de conducta, otros sufren especialmente los cambios de entorno y hay que garantizar que el nuevo espacio se convierta en una mejora y no en una nueva fuente de angustia.

Cuando termine el traslado, Cal Pilé dejará finalmente de prestar el servicio municipal después de casi una década. Hay prevista una partida de unos 50.000 euros para su derribo parcial, y con ello se cerrará físicamente aquella etapa provisional que ha marcado toda la política animalista reciente. Es inevitable que el momento tenga un punto simbólico.

Aquí es donde se cierra definitivamente el círculo iniciado aquel invierno de 2015. La ciudad que estuvo a punto de quedarse sin perrera ha acabado decidiendo que el bienestar animal merece equipamiento, presupuesto, profesionales, planificación urbana y política propia. El nuevo centro de protección animal es la materialización de este cambio. Y también la constatación de que todavía queda trabajo. Porque mientras haya un perro, gato o hurón abandonados tendrá que haber quien lo atienda. Y el común lo tiene que posibilitar.