El sábado pasado en la platea del Monumental se vieron más calvas de lo habitual. Seguramente la meteorología, fría y ventosa, y la coincidencia con actos del Carnaval influyeron en la disminución de asistencia. Quien ocupaba la escena era Pepa Plana con la obra ‘A cada pas’, dirigida por Roger Julià.
Referente internacional
Pepa Plana es una actriz y payasa catalana nacida en Valls en 1965. Formada en arte dramático, clown, teatro físico y circo, su largo itinerario profesional la avala como una de las principales figuras europeas en cuanto a clown femenina. Con los espectáculos que ha creado, dirigidos principalmente a un público adulto y con recorrido internacional, ha conseguido visualizar el papel de la mujer payasa en un ámbito artístico tradicionalmente ceñido a arquetipos masculinos. La crítica especializada le reconoce el mérito de haber engendrado un lenguaje propio e innovador, que huye de encasillamientos, con una mirada lúcida que sabe explorar las emociones humanas. Complementariamente, con Payasos Sin Fronteras ha participado en diversas expediciones solidarias en África, América Latina y Oriente Medio. Su trayectoria ha sido honrada con numerosas distinciones, entre las cuales el Premio Nacional de Cultura y la Creu de Sant Jordi, otorgados por la Generalitat de Catalunya.
Evocación enigmática
‘A cada pas’ es una propuesta estrenada formalmente en mayo del año pasado en el Teatre Fortuny de Reus dentro de la Fira Trapezi, el certamen de circo de expresión contemporánea más importante del estado español. Se diría que quiere sugerir un viaje poético e inverosímil a través del redescubrimiento del mundo, que toma como pretexto de salida la evocación de Winnie, la enigmática figura femenina de ‘Los días felices’ de Samuel Beckett.
Poeta, novelista y dramaturgo irlandés ganador del Premio Nobel de Literatura en 1969, Samuel Beckett (1906-1989), fue uno de los principales referentes del llamado teatro del absurdo, un género dramático practicado por unos cuantos escritores europeos y americanos entre los años cuarenta y sesenta del siglo XX. Influenciadas por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, sus obras rompieron radicalmente con las fórmulas del teatro vigente hasta entonces y estuvieron marcadas por el pesimismo y por la denuncia de la insensatez de un mundo deshumanizado.
En ‘Los días felices’, que se estrenó en Nueva York en 1961, Beckett presenta una Winnie en un paisaje desértico y de hierba quemada. No hay referencias de lugar ni de tiempo. Ella está atrapada en un montículo, hundida primero hasta la cintura y después hasta el cuello. Cada vez más inmóvil y casi como un autómata, va declamando repetidamente la bondad de los días que transcurren. Es una ironía amarga, entrecortada por silencios: una rutina que denota que el tiempo pasa y que la muerte se acerca. Fatalmente.
Deriva
Por el contrario, la Winnie de ‘A cada paso’ es un trasto. Aunque, por lo visto, también esté en un lugar adverso y en una situación peligrosa, el montículo no la captura. Este se ha convertido en una falda abombada que ella usa arriba y abajo y que, además, abandona así que quiere para ponerse a explorar el entorno. Claro que ya no denota fatalidad, sino resiliencia. Si bien al principio sí que maneja unos cuantos objetos cotidianos, incluida una pistola, como hacía su homónima de Beckett, ahora se trata más de un juego que de un presagio funesto.
Con muy pocas palabras, que solo son interjecciones para hacer reaccionar al público, a medida que avanza la función van desapareciendo las reminiscencias de la obra del dramaturgo irlandés y deriva de medio a medio hacia el protagonismo absoluto de Pepa Plana como payasa. Winnie es ella, ya no la original.
El cambio de cliché hace que en adelante el espectáculo no tenga otro nexo que un rosario reiterado de entradas, de gags y de otras peripecias en un remolino constante de evoluciones en el escenario y en el patio de butacas. Es una expresividad muy suya que el espectador solo puede captar satisfactoriamente en la distancia corta, pero que en el Monumental topó con el inconveniente del tamaño del teatro y con la insuficiencia de una iluminación mal medida.
Todo junto un poco alargado para llegar a cumplir la horita que se supone que es la duración mínima convencional de una propuesta escénica.

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