Hay edificios que son monumentos y los hay que son mucho más que eso: forman parte de la vida cotidiana de una ciudad. El Mercat del Rengle de la plaça Gran de Mataró pertenece a esta segunda categoría. Es una de las obras de Josep Puig i Cadafalch más estimadas de su ciudad natal, seguramente porque, más allá de su belleza arquitectónica, continúa haciendo exactamente aquello para lo que fue concebido: ser un mercado. Ahora, más de 130 años después de su construcción, el Ajuntament de Mataró ha licitado unas obras de conservación y mantenimiento con un presupuesto de 313.074 euros, IVA incluido, para garantizar que esta pequeña joya modernista continúe presidiendo la plaça Gran durante muchos años más.
El Rengle tiene algo especial. Es un edificio pequeño, de solo 107 metros cuadrados, estrecho y alargado, pero con una personalidad enorme. Sus columnas de hierro fundido, los revestimientos de mármol rosado y, sobre todo, la característica cubierta semicilíndrica de cerámica vidriada blanca y azul lo convierten en una pieza inconfundible del patrimonio mataroní. Un mercado que, a diferencia de los grandes equipamientos comerciales, abre sus paradas directamente a la calle y se funde con la plaza que lo rodea.
Un mercado nacido para servir a la ciudad
La historia del Rengle comienza en 1891, cuando el arquitecto municipal Emili Cabanyes proyectó un edificio para instalar de manera permanente los puestos de venta de carne que ocupaban la plaza Gran. El mercado se inauguró en 1892, pero sería al año siguiente cuando el joven Puig i Cadafalch, que acababa de asumir el cargo de arquitecto municipal, le daría su imagen definitiva.

Puig transformó la cubierta original con una bóveda semicilíndrica decorada con azulejos vidriados, ladrillo visto y ornamentación de hierro forjado. Una intervención que convertiría un edificio eminentemente funcional en una pequeña obra maestra del modernismo, sin renunciar a su utilidad.
Desde entonces, el Rengle ha sido testigo de generaciones de vendedores y compradores. La plaza Gran continúa siendo uno de los espacios con más carácter del centro histórico, con puestos de fruta y verdura, comercios de proximidad, terrazas y la actividad que acompaña a los mercados tradicionales. Es patrimonio arquitectónico, pero también patrimonio comercial y social, un lugar para comprar, encontrarse y conversar.

Una restauración para recuperar su esplendor
El paso del tiempo, sin embargo, ha dejado huella sobre el edificio, catalogado como Bien Cultural de Interés Local (BCIL). La última rehabilitación general se realizó en 1982 y, desde entonces, solo se han ejecutado intervenciones puntuales de mantenimiento. El proyecto municipal prevé restaurar completamente los elementos exteriores de la fachada y la cubierta, sustituir los azulejos cerámicos deteriorados por reproducciones de los originales, rehabilitar los elementos metálicos, recuperar los revestimientos de mármol Rojo Alicante y Blanco Carrara, reparar las persianas y renovar los toldos. También se mejorará la impermeabilización de la cubierta.
La actuación tiene un plazo previsto de ocho meses, tres de los cuales se destinarán a preparar y fabricar las piezas cerámicas y cinco a ejecutar los trabajos. Una condición especialmente significativa es que las obras deberán compatibilizarse con la actividad comercial, sin interrumpir el funcionamiento de los cinco puestos actuales.
Porque esta es, precisamente, la gran virtud del Rengle: no es una pieza de museo. Es un edificio que continúa trabajando para la ciudad. Y conservarlo significa proteger a la vez una obra de Puig i Cadafalch, una manera de comprar y uno de los paisajes más entrañables de Mataró.
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