Manuel Mas firma el artículo de opinión 'Desaparició de l'N-II al Maresme. Pel debat'
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Sin pastores los rebaños se extravían

Manuel Mas Estela reacciona a la polémica por la interpretación del himno nacional español en la Semana Santa de Mataró, poniéndole perspectiva, contexto y análisis de lo que comporta

Estos últimos días he visto por las redes y los medios convencionales muchas imágenes de las celebraciones de la Semana Santa de toda España. Cofrades mil, por millares, hombres, mujeres y criaturas,  con “capirotes” (capucha antigua con falda que caía sobre los hombros. v: Casares) de cucurucho, abombados, solos, o sin; con vestas de todos colores; acompañados por militares armados (legionarios, regulares, paracaidistas, marineros, ...), guardias civiles y policías municipales con uniforme de gala; bandas de músicos vestidos de estreno, timbaleros desfilando encuadrados o llenando calles y plazas; penitentes; armados y armaos, manaies, romanos; Vírgenes y Santos Cristos; turbas borrachas y recogimiento. De Avilés a Algeciras, del Ferrol a Córdoba, de Huesca a Cádiz, de Tudela a Madrid pasando por Úbeda, Astorga, Tarragona, Cartagena, ¡epa! L'Hospitalet,...; evidentemente Sevilla y Málaga. Diversas distinciones de Patrimonio Cultural, de aquí, de allá y de más allá, ... y de interés turístico (importante). Los de Besalú empezaron el Viernes de Dolores, antes de Ramos; algunos han procesionado hasta el Domingo de Pascua de Resurrección ataviados estrafalariamente; en Salamanca celebran para cerrar el ciclo “el Lunes de Aguas”, escatológica y sicalíptica tradición.

Se ha hablado también de Mataró...

No sé si los restos de los primeros ilurenses se removieron mucho de su lugar bajo la basílica de Santa María al oír la “Marcha Real”, el himno nacional español, a la salida de algunos pasos procesionales de la mencionada iglesia este pasado Viernes Santo al ir hacia el desfile.

Lo cierto es que entre algunos de los ilurenses de hoy (tampoco hay tantos que se fijen o les importen estas cosas) ha habido un revuelo notable con los consiguientes gritos por tal hecho. ¡Dónde se ha visto! ¡Intolerable!

Esto ya se había producido con menor intensidad el año pasado y se dijo que se debería reconsiderar. Este año, “Si no quieres caldo, ¡tres tazas!”.

No sé si todavía se estudia Derecho Canónico en las facultades de Derecho (en las públicas lo dudo por la aconfesionalidad del Estado), pero nos encontramos ante un hecho religioso, una manifestación pública de una fe espiritual, que debe estar regida, o dirigida, o controlada, por la correspondiente iglesia que la promueve que tiene fijadas, en este caso, unas antiguas normas de comportamiento.

Ahora bien, mientras la Iglesia Católica está institucional y orgánicamente en horas bajas, las manifestaciones públicas de fe popular van “in crescendo”. Bueno, algunas, y si no hay suficientes pastores para conducir unos crecientes rebaños estos acaban yendo a su aire, descarriados, desorganizados. Pocos presbíteros y diáconos, desbordados por las iniciativas (algunas exuberantes)  de una feligresía que enaltece su fe (sea esta como sea).

Es aquí donde está el problema principal, aunque para la Iglesia institución quizás ya les va bien estas manifestaciones populares y llamativas (tambores y trompetas incluidas) para mantener su presencia en el espacio público.

“Es que en Sevilla se hace así”, dice el Presidente de la Comisión de la Semana Santa, a la vez que la Comisión pide “rigor y respeto”, reivindicando la singularidad de la Semana Santa mataronina. Recordémoslo, declarada patrimonio Cultural de la Ciudad por el Consistorio del mandato 2011-2013.

Todo esto, los ataques y las defensas al hecho, pone de manifiesto algunas cosas de la sociedad catalana de hoy.

  • A pesar de los años transcurridos desde la segunda ola inmigratoria en nuestra casa, terminada más o menos a principios de los años 70 del siglo pasado (más de 50 años, dos generaciones), no se ha producido por lo que se ve una integración en el sentido de adoptar las pautas tradicionales de aquí (no sé cuáles son exactamente estas) y se mantienen y reivindican algunas pautas que trajeron con ellos -en su memoria- los entonces recién llegados. Los hechos inmigratorios no son nuevos en la historia de Cataluña, pero quizás los tiempos y las magnitudes del hecho permitían una más o menos rápida integración o asimilación.
     
  • Tampoco se ha producido en general una síntesis que comportara una nueva cultura que con los elementos tradicionales (reitero, vete a saber cuáles son) y elementos de los recién llegados superara (para mejor o peor, también vete a saber qué quiere decir mejor o peor) la que había hasta aquella segunda ola inmigratoria. Cierto que ha habido mezcla en algunas cosas, la modernidad ha ayudado, pero aún -como se ha puesto de manifiesto en el hecho que origina este escrito- perviven y se quieren mantener con fuerza elementos que hasta ahora eran tradicionales y diferentes de aquí y de allá.
     
  • Nos encontramos, pues, con un fenómeno de multiculturalidad que tampoco nos tiene que sorprender demasiado ya que se ha producido en todas partes y en todos los tiempos en la historia de la Humanidad y que no sé si hay que enfrentarse a él y rechazarlo. Reductos irredentistas ha habido, hay y habrá.

Ahora bien, las personas que escenifican estas manifestaciones y sus dirigentes son en general menores de 50 años, son segundas y terceras generaciones de aquella ola inmigratoria de los años 70 del siglo XX. Estas generaciones -a diferencia de sus progenitores- han sido escolarizados todos, y todos en la escuela catalana, en la escuela de la autonomía catalana implantada en la Constitución Española de 1978 y desarrollada por el Estatuto de Cataluña del año 80. ¿Qué ha pasado? ¿Esta escolarización no ha tenido éxito en la  integración? Este era el propósito al rechazar el establecimiento de una doble línea escolar entre autóctonos y recién llegados. Así, ¿ha fracasado este propósito? No lo creo. Pienso que más allá de la escuela lo han sobrepasado muchas otras cosas.

La intensificación de los sentimientos identitarios se produce en todas partes, no solo aquí, tanto por aborígenes como por inmigrantes. Es producida por el miedo al futuro, por no saber hacia dónde vamos. Los mayores teníamos miedo al pasado, sabíamos de dónde veníamos y queríamos y esperábamos el mañana. Los jóvenes, y no tan jóvenes, tienen miedo al futuro ya que vienen de un presente que nadie les garantiza que continúe esplendoroso como ha sido.

Pero hay también -y creo que es importante- la historia reciente de nuestra colectividad: los años del procés. Ahora recogemos los lodos de aquellas lluvias. Se tensó mucho la sociedad, se tensaron mucho las costuras y ahora revientan. Y alguien es responsable, aquí y allá. En lugar de integrar, en lugar de construir, se ha producido una sociedad dual, los de aquí y los de allá, los descendientes de los de aquí (que vete a saber de dónde eran) y los descendientes de los de allá que todavía se les considera foráneos.

Para terminar, last but not least, estos hechos de la Semana Santa mataronina son la Némesis de la Fiesta Mayor de Les Santes. Pero este es otro zarzal que ahora no toca (Pujol dixit).

Mientras tanto, los que queremos ser de aquí, de allá y de más allá, del futuro, tendremos que convivir (¿conllevar?) con las acciones y reacciones identitarias de unos pasados que querríamos superados, aguantando las consiguientes e inevitables tensiones.

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