Ya ha llegado aquel momento del año. En Mataró, la Pentecostés, la Segunda Pascua o la Pascua Granada quizás no son nombres que levanten grandes pasiones populares. En la capital del Maresme, a este fin de semana largo con lunes festivo se le llama, simplemente, la Feria de Mataró. A secas. La Feria. El lunes de Feria. El inicio de la Feria.
La Feria de Mataró son las atracciones, las casetas, las luces, los gritos, las músicas que se superponen, las carcajadas, el barullo y aquella alegría un poco desordenada que nos encanta. Pero también es una manera muy concreta de comer y beber. Porque hay productos que, aunque se podrían encontrar en otros lugares y momentos del año, solo tienen sentido de verdad dentro del contexto de la Feria.
No es que sean exclusivos, pero casi. Se puede comer bocadillo de bacalao cualquier mes, comprar coco en otros puestos o beber un vino dulce similar fuera del recinto ferial. Sí. Pero no es lo mismo. Hay clásicos que necesitan el ruido de fondo, la cola, la luz de las atracciones y el ambiente de primavera para desplegar todo su encanto. Son comidas que se toman una vez al año y gracias. Cuando es Feria y para de contar.
El bocadillo de bacalao, el gran objeto de peregrinación
Si hay una comida que simboliza la gastronomía de la Feria de Mataró, este es el bocadillo de bacalao. El de Can Barbena es mucho más que un bocadillo: es una pequeña peregrinación anual. Un señor bocadillo, de ración generosa, con bacalao de Islandia desalado, buen pan y aquella danza de sabores de color rojo intenso que lo convierten en una auténtica cita obligada.
Es de aquellos productos que se hacen pagar, sí, pero también de los que justifican la repetición. Difícilmente quien va un día no acaba volviendo. Con una cervecita al lado, culmina uno de aquellos pequeños milagros anuales que solo pasan en la Feria

El Montroy, vino dulce y liturgia popular
El Montroy es otro clásico de clásicos. Un vino dulce del País Valencià, rojizo, intenso y servido con aquella escenografía campestre que ya forma parte del paisaje ferial. El chato de Montroy, acompañado de una tapa humilde de pan, embutido y oliva, es uno de los grandes rituales adultos de la Feria.
Sus puestos son puntos de encuentro, de conversación y de repetición. Un vino de alegría y para adentro, que conviene tomar con buen uso y no con abuso, porque su apariencia amable esconde una peligrosidad intrínseca a la borrachera alcohólica.

Algodón de azúcar: el reclamo infantil infalible
El algodón de azúcar, también conocido como nube de azúcar, es el rey de los caprichos infantiles de la Feria. Casi siempre de color rosa, inmenso, vaporoso y pegajoso, es una especie de atentado dulce que los pequeños quieren sí o sí.
Primero los entretiene, después los dispara como si hubieran tomado algo más fuerte. Y al final, a menudo, acaban siendo los padres quienes tienen que rematar aquella bola de azúcar deshilachada que ensucia dedos, mejillas y dignidades familiares con una eficacia admirable.
Chufas y altramuces, el entretenimiento más ferial
Las chufas son la materia prima de la horchata, pero en la Feria cogen vida propia en vasitos frescos y compartibles. Se roen, se exprimen con paciencia y dejan aquel rastro gustativo tan particular que, una vez terminado, lleva a muchos a una conclusión bastante unánime: quizás su mejor destino sigue siendo la horchata.
Al lado encontramos los altramuces, este entretenimiento salado que nunca sabes bien bien si te gusta o no, pero que siempre sigues comiendo. No está claro que entusiasmen, pero tampoco han hecho nunca daño a nadie. Y eso, en la Feria, ya es suficiente argumento.

Manzanas caramelizadas, el golpe de estado de la sacarosa
Las manzanas caramelizadas son otro monumento a la sacarosa. Hay quien, con presunta finura, las llama pommes d’amour, pero a pie de Feria son lo que son: una manzana cubierta de una capa roja y brillante de caramelo duro, dulce y pegajoso.
Parecen un chupachups gigante, de aquellos que reclaman voluntad, dientes fuertes y una cierta despreocupación estética. Porque lo más normal es acabar con los morros embadurnados y las manos dando un poco de pena. Pero también forma parte del juego.
Trozos de coco, el mito del chorrito constante
El coco de la Feria tiene una mística especial. No diremos que solo se coma estos días, porque abrir un coco en casa a golpes de martillo también tiene su ritual. Pero en ningún lugar tiene el encanto rupestre de aquellos trozos expuestos en fresco, bajo un chorrito constante que los mantiene vivos, brillantes y tentadores.
Es verlos y quererlos. Hay leyendas negras que dicen que los trozos van de feria en feria hasta que "salen". Ni caso. Ningún coco es como el de la Feria de Mataró, ni que sea por mítico. Y, si hay suerte y buena puntería, incluso se puede ganar uno entero en el tiro.
La Feria de Mataró no se explica solo por las atracciones. También se explica por sus sabores, por sus rituales y por estas comidas que quizás no son únicas en el mundo, pero sí únicas en el recuerdo compartido de la ciudad. El bocadillo de bacalao, el Montroy, el algodón de azúcar, las manzanas caramelizadas, las chufas, los altramuces y el coco son parte del mismo imaginario. Son productos que hacen la boca agua solo de pensarlo. Y que, por mucho que alguien diga que se pueden comer cualquier otro día, todos sabemos que no. Solo saben a Feria cuando es Feria.
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