Sant Pol de Mar es una de las postales más reconocibles del Maresme: casas blancas, calas pequeñas, barcas varadas, calles que bajan hacia el mar y una primera línea de playa que todavía conserva una escala humana difícil de encontrar en otros puntos de la costa barcelonesa. Pero entre esta imagen bucólica y luminosa se esconde también una memoria más áspera: la de la Guerra Civil, la defensa de la costa y el miedo a los ataques aéreos y navales. En la playa de Can Villar, junto al litoral, se mantiene en pie el fortín de la playa de Sant Pol, un búnker que forma parte del conjunto de construcciones defensivas que se levantaron durante la Guerra Civil española para proteger la costa ante posibles desembarcos o incursiones franquistas. Su singularidad no es solo histórica. También lo es paisajística: pocos espacios de memoria ofrecen una entrada tan directa al pasado con el Mediterráneo delante y una de las fachadas marítimas más bonitas del Maresme como escenario.
El fortín de Can Villar es, por eso, mucho más que un resto de hormigón. Es una pieza incómoda y necesaria del paisaje. Recuerda que este litoral, hoy asociado al baño, al turismo familiar y a las escapadas de fin de semana, también fue un espacio vigilado, fortificado y preparado para la guerra.
Una visita guiada para entender Sant Pol y la Guerra Civil
La Concejalía de Turismo del Ajuntament de Sant Pol de Mar incorporó en el año 2021 las visitas al fortín de la playa de Can Villar dentro de su catálogo de rutas guiadas. El objetivo es recuperar una parte de la memoria histórica de la villa y explicar sobre el terreno cómo la Guerra Civil dejó huella en la línea de costa.
La visita transcurre por el litoral del pueblo y recorre la primera línea de playa mientras se contextualizan los hechos vividos en Sant Pol y en el conjunto de la costa del Maresme durante el conflicto. El punto central es el fortín de Can Villar, una construcción defensiva que permite entender cómo se organizó la vigilancia del litoral y qué papel tuvieron estos búnkeres dentro de la estrategia republicana. La fuerza de la experiencia radica precisamente en el contraste. El visitante camina por un entorno de playa, abierto y aparentemente tranquilo, pero el relato lo sitúa en un momento en que el mar no era solo paisaje: era también amenaza. Desde este punto se puede imaginar la función de control visual que tenían estos espacios, pensados para observar el horizonte y reaccionar ante cualquier movimiento sospechoso.
- Las visitas guiadas al fortín de la playa de Can Villar se realizan durante la temporada 2026 el primer sábado de cada mes por la mañana, con la excepción de los meses de agosto y septiembre, en los que no hay visitas programadas.
- El precio es de 5 euros por persona e incluye un pequeño pica-pica al finalizar la actividad.
- La inscripción previa se puede realizar a través de la Oficina de Turismo de Sant Pol de Mar, llamando al 93 760 45 47 o escribiendo a ofturisme@santpol.cat.
Además, el Ayuntamiento también pone a disposición del público una visita virtual al interior del fortín, una opción especialmente útil para quien quiera conocer el espacio antes de ir o para personas que no puedan acceder fácilmente a la visita presencial.
La costa del Maresme, una línea defensiva todavía visible
El fortín de Sant Pol no es un caso aislado. Durante la Guerra Civil, el Maresme formó parte de una extensa línea defensiva del litoral catalán. La posibilidad de un desembarco franquista y los bombardeos aéreos y navales obligaron a reforzar la costa con nidos de ametralladora, blockhaus, baterías, puestos de observación y refugios.
Esta red defensiva todavía se puede seguir hoy en varios puntos de la comarca. La Ruta de Defensa de la Costa del Maresme conecta diferentes vestigios conservados, algunos visitables y otros solo observables desde el exterior. Entre los puntos destacados se encuentran los blockhaus del Cavaió, en Arenys de Mar, comparables por tipología al fortín de Sant Pol; los nidos de ametralladora de Montgat, el Masnou, Mataró o Santa Susanna; y los restos de baterías de costa en Montgat y Malgrat de Mar.
- En Mataró, por ejemplo, se conservan cinco fortines distribuidos entre la playa del Varador y el torrente de Vallgiró. Construidos en el año 1937, formaban parte de la línea defensiva republicana y estaban pensados para alojar nidos de ametralladoras. Hoy son una de las muestras más claras de cómo la guerra ocupó físicamente el frente marítimo de la comarca.
- Montgat también conserva espacios de un gran interés, especialmente por sus emplazamientos antiaéreos y por la importancia estratégica que tenía su situación, cercana a Barcelona y al corredor litoral. En el otro extremo del Maresme, Malgrat de Mar conserva restos vinculados a la defensa de la desembocadura de la Tordera, un punto considerado sensible durante el conflicto.

Refugios antiaéreos: cuando la defensa también se construyó bajo tierra
La Guerra Civil no solo transformó la fachada marítima. También modificó el subsuelo de muchas poblaciones. La aviación franquista y los bombardeos navales alteraron la vida de retaguardia y obligaron a la población civil a organizarse. A partir de 1937, la Junta de Defensa Pasiva de Catalunya coordinó la construcción de refugios antiaéreos bajo calles y plazas. Estos refugios debían seguir criterios muy concretos: galerías situadas a entre 8 y 10 metros de profundidad, túneles de entre 1,80 y 2,20 metros de altura, accesos en zigzag y capacidad para resistir el impacto de bombas de hasta 100 kilos. En el Maresme se construyeron en municipios como Arenys de Mar, Canet, el Masnou, Mataró, Calella y otras localidades.
El caso más emblemático es el refugio antiaéreo del Parc Dalmau de Calella, hoy visitable e integrado en rutas de memoria. Con una galería principal de 66 metros y tres túneles laterales, este espacio permite entender la otra cara de la defensa: no la vigilancia desde la costa, sino la protección de la población civil ante los bombardeos.
Un patrimonio que combina memoria, paisaje y turismo cultural
La visita al fortín de la playa de Sant Pol encaja en una manera diferente de descubrir el Maresme. No es solo una excursión de playa ni una ruta histórica convencional. Es una experiencia que combina memoria democrática, patrimonio bélico y contemplación del paisaje. Sant Pol ofrece un marco especialmente potente para hacerlo. El fortín se encuentra en un entorno de una belleza indiscutible, pero el relato de la visita evita que el paisaje se convierta solo en postal. Lo convierte en documento. Cada aspillera, cada muro y cada ángulo visual recuerdan que la costa fue un espacio de tensión, vigilancia y supervivencia.
Por eso, el fortín de Can Villar es uno de los vestigios más singulares de la Guerra Civil en el Maresme. Porque se puede visitar, porque conserva una presencia física muy clara y porque obliga a mirar Sant Pol de Mar de otra manera: no solo como una de las localidades de playa más bucólicas y buscadas de la comarca, sino también como un escenario donde la historia contemporánea continúa presente, a flor de agua. Visitarlo una vez al mes es una oportunidad limitada, pero también una manera pausada y respetuosa de acercarse a un patrimonio que no siempre ha sido lo suficientemente visible. En una comarca acostumbrada a mirar el mar como espacio de ocio, el fortín de la playa de Sant Pol nos recuerda que, durante unos años, ese mismo horizonte también fue una frontera de miedo.
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